Aprender a vivir

 

La violencia que estamos viviendo en el ámbito nacional es sumamente preocupante, pero la violencia que estamos viviendo en la familia es alarmante.  El virus de la violencia familiar es altamente contaminante y nos damos cuenta, lo respiramos y lo practicamos en todas sus modalidades y con muchas variantes que nos hemos acostumbrado a los gritos, a las malas caras, al desprecio, a la presión psicológica, emocional, al chantaje de los hijos, del esposo, de la mamá.  Abundan las malas caras y los desacuerdos, la violencia sin golpes, la violencia silenciosa que se refleja en la intolerancia de las relaciones familiares, o por el contrario con la permisividad de las actitudes, de los actos y conductas discordantes de casi todos los miembros de la familia, hijos que arremeten contra los padres a gritos, a críticas desmesuradas y sin razón.  Padres que se amparan en el estrés del trabajo, de los quehaceres domésticos, etc.  Olvidándonos de la persona, de dar el lugar a la comprensión, al entendimiento a los valores humanos y cristianos, disminuyendo el potencial de desarrollo de la persona, de los hijos, de los padres, del cónyuge, de los abuelos.  Invalidando el valor de la familia que está llamada a la unidad, a la felicidad y a la realización plena de todos sus integrantes en la armonía y el amor.

 

No debemos permitir que nada ni nadie entorpezca o mutile este derecho a la vida en familia, al amor y al desarrollo pleno de todos sus integrantes.  Una familia que propicia, permite, sufre, padece la violencia en cualquiera de sus tipos, abandono, violencia física, psicológica o sexual, debe detenerse a reflexionar, darse cuenta, tomar consciencia para reconocer que esta no es la voluntad de Dios, de la iglesia, de la sociedad, que estamos perdiendo la verdadera razón de la vida.  Conductas y actitudes que vemos en nosotros como normales y, son práctica común en nuestros hogares.  Gritos, regaños, malas caras, amenazas, castigos, miradas que matan, desprecios, abandono emocional, represión de sentimientos, lo único que hacen en lanzar a los integrantes de la familia a la calle en busca de comprensión y evasiones que llenen el vacío que en la familia se está destruyendo.  Edificar familia, construir buenas y sanas relaciones, educar para el amor no incluye la violencia de ningún tipo, no es método de aprendizaje en destrucción de la persona.  Nadie está exento de este virus que ataca sutilmente disfrazado de sarcasmo, de crítica, de lección magistral, de castigo bien merecido.

 

Vivimos un ritmo de vida veloz y de muchas carencias y necesidades, pero la fe, la esperanza y el amor deben sostenernos para enfrentar todos estas realidades y encauzar a nuestra familia hacia el gozo de vivir con pleno respeto de la dignidad humana y de hijos de Dios, abriendo las puertas del diálogo, la comprensión, el entendimiento hacia el amor digno de hijos de Dios llamados a la plenitud, y como padres ser ejemplo de bien y de armonía, constructores de una familia en el amor.  Me dirijo en especial a los hombres que somos la constante agresiva, estadística y real, en la familia.  Tomemos consciencia del valor que tiene nuestra esposa, nuestros hijos, y el deber que nos corresponde como esposos de procurar toda clase de bienes materiales y espirituales para nuestra familia.  Templemos nuestro carácter, no seamos autopermisivos, no nos desbordemos en las emociones y frustraciones, en las neurosis, en querer tener siempre la razón, no nos creamos supermanes y si es necesario busquemos ayuda para controlar nuestro carácter.

 

En nuestras manos está construir una familia de bien, donde reine el amor, la comprensión, la fe y la esperanza de un hogar lleno de Dios.  Por una vida sin violencia en la familia.

Por Rodolfo G. Huerta.

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