Contrafuerte
Siempre me han llamado la atención aquellas personas que nos sirven en los supermercados, en las tiendas departamentales o plazas comerciales, siempre sonrientes y alegres, dispuestas a servirte en lo que necesites, prontas a darte la información adecuada, no podemos negar que te hacen sentir bien con sus atenciones al hacer tus compras en tal o cual lugar. Sin embargo, esto normalmente concluye con su horario y están más que motivadas por la remuneración.
Pero existen otros servidores, que viven un mayor espíritu de servicio, cuya “paga” es la misma oportunidad de servir, de darse a los demás. Éste, es el servicio propio de los Cristianos, que siguiendo al Maestro “no han venido a ser servidos, sino a servir” (cf. Mc 10, 45). Un verdadero servidor es aquel que mira con realidad las necesidades de las gentes y compadeciéndose de ellas, se anima a servirles sin mayor interés que el bien de aquellas. Como Jesús, el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11), y no como el “asalariado” que ante todo busca su beneficio.
Los servidores públicos y comunitarios, han de tener este profundo espíritu de servicio, lejos de intereses puramente partidistas, grupales y cerrados. Los servidores públicos o comunitarios han recibido la encomienda de velar por el bien de toda la comunidad, y no solo de unos cuantos. Sus intereses no deben fijarse en el poder como dominio, sino en el poder como servicio. No entiendo del todo aquellos servidores públicos que sin terminar una encomienda pública, ya van por otra, pues pareciese que se procuran más una “carrera” sea política o económica, que de verdadero servicio.
Edición 145
Popularity: 2% [?]

“El Papa Pablo VI, comentando el texto bíblico (Ef 5, 34), explicaba que el sacramento del matrimonio es un gran misterio, en cuanto que la unión del hombre y la mujer, vivificada por el Espíritu Santo, significa, contiene e irradia el misterio de la unión de Cristo con la Iglesia (Disc. 4.5.1970). Los cristianos deberían ser conscientes de que el matrimonio es un misterio, es decir, una realidad humana y divina. Ante todo, es un proyecto y una iniciativa de Dios: es Él que crea al hombre y a la mujer; es Él que con la diferencia de los dos sexos escribe el amor altruista en el alma y en el cuerpo; es Él quién posibilita el encuentro entre los esposos, la donación del uno para el otro y los une (cfr. Mt 19, 6). Con la fe y el sacramento, el Señor Jesús comunica a los cónyuges la capacidad de amar en modo similar a como Él mismo ama la Iglesia, con un amor que es una dedicación y no solo deseo, dedicación para siempre…”





