¿Cuál es el lugar más importante de la casa familiar? ¿Dónde se reúne la familia? ¿Cuánto tiempo se pasa en él? ¿Dónde se comunican con más facilidad los integrantes de la familia?
Estas preguntas tienen, para la gente de hoy, muy diversas respuestas. Algunos piensan que es la sala de la casa el lugar más importante, donde se encuentran todos…sin embargo, al explicar, dicen: “es que ahí está la tv…”, allí nos encontramos, allí comemos…
Otros, se quejan de que en realidad no se comunican, no hay un espacio, no hay un momento. La comida la hace cada quien a diferente hora por sus ocupaciones…
Otros más tienen la tv en su recámara y, cuando llegan a casa se encierran, e incluso llevan su comida allí.
El lugar más importante, alrededor del cual se diseñaba lo demás, en una casa-habitación, era el comedor. El espacio amplio, la mesa grande, suficientes sillas para la familia. Esto se ha perdido en mucho. Y, junto con esto, el encuentro y la comunicación entre las personas que viven en el mismo hogar.
Lo práctico, lo cómodo, lo utilitario… hace que cada uno coma como pueda y donde pueda. Y si le añadimos el atractivo-adicción a la televisión, resulta en no mostrar y, lo más grave, no tener ningún interés en lo que vive, piensa, siente o le preocupa a mi hermano. Vivimos juntos pero yuxtapuestos, como extraños.
Al disminuir los encuentros personales, la plática, el interés en lo que cada uno hace, piensa o siente, se vive una aparente tranquilidad, una paz que no es fruto de una buena relación sino de una no-relación humana.
El problema es que el crecimiento, el desarrollo, el enriquecimiento de nuestra manera de sentir, la seguridad que nos da el sentirnos aceptados, amados, protegidos, pertenecientes… se va difuminando. Nuestra manera de pensar se ¿enriquece? Solamente con lo que oímos de la televisión en telenovelas, noticiarios o programas “para formar opinión” que inducen y manipulan a quienes se abandonan totalmente a su influencia.
Naturalmente, esto nos lleva a una falta de ambiente acogedor, de cariño y amor, en la familia; el ambiente se torna frío, devaluando a los demás, tomándolos en cuenta sólo cuando sirven a los fines personales: “tráeme agua, dame tal cosa de comer, haz esto…” o cuando estorban a nuestra concentración en lo que nos interesa: “cállate, no te metas conmigo, deja de hacer ruido…etc.”.
La comida familiar es cada vez más rara… Esa comida que es factor de comunidad, esa comida en la que la comunicación enriquece y acerca, esa comida en la que se crean y fortalecen los lazos de afecto y cariño, esa comida en la que se discute y pelea, sí, pero también se acepta, valora, respeta y perdona al otro.
Esa comida en la que se crece personalmente, se aprenden maneras de pensar, de sentir y de actuar. Esa comida en la que se aprende a amar. Esa comida que crea ambiente, familia, comunidad.
Las ocupaciones del trabajo y del estudio, los compromisos sociales, condicionan la posibilidad de reunirnos a comer regularmente. La televisión se ha convertido en el intruso del que dependen conciencias, educación, opinión, directrices para la acción. En estas condiciones, si queremos salvar la familia, darle oportunidad a ser lo que debe ser, una comunidad de vida y amor, una escuela de amor, hemos de “programar” los encuentros, hemos de determinar momentos, por obligación o compromiso personal, en los que los miembros de la familia estemos dispuestos a participar. Cuando menos una vez por semana…
¡Es importante!
Ya hace mucho tiempo que en la Iglesia Católica se ha tenido que recurrir a la “obligación” para lograr el mínimo de encuentro con Dios y con los hermanos en la Misa Dominical. Se habla de libertad, de “tener ganas”, de “cuando me nace”; pero habría que hablar de lo importante y necesario de estas “experiencias comunitarias” y estar dispuesto a vivir con congruencia la fe. Si quiero vivir como hijo de Dios y hermano de los demás en la comunidad eclesial, debo participar, cuando menos una vez a la semana, por una hora, en esta experiencia comunitaria. Si no lo hago, si no soy capaz de renunciar a mi comodidad, a mis ganas, por Dios y la comunidad, no manifiesto mucha fe… ¿no crees?
Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila
Vicario Episcopal de Pastoral
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El ACCESO A LA PERSONA DE JESÚS
“El Papa Pablo VI, comentando el texto bíblico (Ef 5, 34), explicaba que el sacramento del matrimonio es un gran misterio, en cuanto que la unión del hombre y la mujer, vivificada por el Espíritu Santo, significa, contiene e irradia el misterio de la unión de Cristo con la Iglesia (Disc. 4.5.1970). Los cristianos deberían ser conscientes de que el matrimonio es un misterio, es decir, una realidad humana y divina. Ante todo, es un proyecto y una iniciativa de Dios: es Él que crea al hombre y a la mujer; es Él que con la diferencia de los dos sexos escribe el amor altruista en el alma y en el cuerpo; es Él quién posibilita el encuentro entre los esposos, la donación del uno para el otro y los une (cfr. Mt 19, 6). Con la fe y el sacramento, el Señor Jesús comunica a los cónyuges la capacidad de amar en modo similar a como Él mismo ama la Iglesia, con un amor que es una dedicación y no solo deseo, dedicación para siempre…”