¿Qué significa caminar a Ichmul?

La Iglesia católica en Yucatán camina a ICHMUL en este año pastoral 2010-2011.

 

¿Por qué? ¿Qué significa esto?

 

  • La comunidad de creyentes en Jesucristo que ha recibido el Bautismo en la Iglesia Católica, guiados por el Arzobispo S. E. Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, con la colaboración de su auxiliar, S. E. Mons. José Rafael Palma Capetillo y de todos los Presbíteros y Diáconos, integramos la Iglesia Particular o Local de Yucatán.

 

  • Cuando decimos que la Iglesia Católica camina a Ichmul queremos decir que el Arzobispo, el Obispo auxiliar y el Presbiterio, como un solo Pastor, convocan a todos los bautizados a realizar este camino.

 

  • El “camino a Ichmul” es un camino espiritual, es decir, teniendo en cuenta que Ichmul es el pueblo donde nació la devoción al Santo Cristo de las Ampollas, cuya imagen se encuentra en la S. I. Catedral de Mérida, y en la historia de Yucatán ha sido una devoción importante y significativa en la integración de la comunidad católica de Yucatán, se ha querido proponer como un signo que guíe un proceso espiritual que atraiga e impulse los esfuerzos de todos los bautizados para vivir la reconciliación, es decir, conocernos, encontrarnos, relacionarnos, aceptarnos, tolerarnos y perdonarnos.  Son pasos en un itinerario hacia la comunión, a formar una auténtica comunidad que se manifieste unida en el amor.

 

  • Este proceso incluye varias acciones, reuniones y celebraciones: la fiesta de la amistad, la quema del huano, la celebración de la ceniza, los viacrucis comunitarios en la Cuaresma, Celebraciones y pláticas penitenciales, etc.  Todos quieren ser momentos de encuentro con Dios y con los hermanos, experiencias comunitarias, en las que se vaya fortaleciendo la relación comunitaria, realizando concretamente la reconciliación, la armonía, la paz y la unidad.

 

  • Este camino espiritual se concretiza y culmina con la celebración de la PEREGRINACIÓN AL PUEBLO DE ICHMUL, EL SÁBADO 2 DE ABRIL, a la cual se invita a todos.  Cada parroquia y rectoría procurará organizar su representación, para que realmente se experimente que la Iglesia Diocesana se encuentra con Cristo y en Él, con todos los hermanos.  El viacrucis iniciará a las 9 A. M., la misa, presidida por el Sr. Arzobispo, será a las 10 A. M.  Aunque seguramente habrá venta de comida y bebidas, ante la imposibilidad de calcular lo necesario para todos los participantes, se recomienda llevar algo para comer y compartir.

 

  • Esta Iglesia local de Yucatán está en comunión con otras que conforman la Provincia: Campeche, Tabasco y la Prelatura de Cancún-Chetumal.  Esta Provincia está preparando un ENCUENTRO PROVINCIAL DE JÓVENES (EJUPRO) 5, 6 y 7 de agosto en Cancún.  Con este motivo, una CRUZ está recorriendo los decanatos de nuestra Arquidiócesis, convocando a los jóvenes a reunirse para diversas actividades.  Es importante que, convocados por la misma cruz de Cristo, también los jóvenes se sientan parte de esa Iglesia católica de Yucatán en camino a Ichmul.

 

  • Recordemos también que, como Iglesia Latinoamericana, estamos llamados a vivir la MISIÓN CONTINENTAL, es decir, hacer de nuestra comunidad diocesana una Iglesia de discípulos-misioneros. Avanzar en la reconciliación, fortalecer nuestra unidad, nos hará acercarnos a Jesús y a los hermanos, hacernos auténticamente discípulos y, por tanto, testigos y misioneros de Cristo.

 

¡Ven, vive y convive! Participa con tus vecinos en el caminar del Pueblo de Dios.

Por Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

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Estar en camino… Ser Peregrino

Muchas veces oímos hablar de peregrinaciones a diversos Santuarios locales o de otras partes del país o del mundo.  Tal vez muchos hayan vivido la experiencia de una peregrinación.

¿Cuál es la motivación inicial? El saber de una manifestación especial de Dios en un lugar, como Tierra Santa, Roma, Compostela o, más cercanamente, el Tepeyac, San Juan de los Lagos, o incluso en nuestra propia tierra, San Cristóbal, Ichmul, Izamal, constituye para muchos creyentes una invitación a ir a encontrarse con Dios en ese lugar.  Y hablamos de Dios, porque aún cuando el Santuario esté dedicado a María Santísima, Ella se hace presente como embajadora de Dios, Ella nos lleva necesariamente a un encuentro con Dios.

¿Qué esperamos encontrar? Salvación, bendición abundante, respuesta a nuestras necesidades, curación de enfermedades, etc.  En la Sagrada Escritura se describe la peregrinación del Pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida.  En el Nuevo Testamento, desde los principios de la Iglesia, se habla de la vida cristiana como un “Camino” cuyo destino final es el cielo, la patria eterna, la Casa del Padre.

¿Qué exigencias previas al viaje hay que tener en cuenta?  Conocer el destino, el itinerario a seguir, las condiciones del camino.  Hay que disponer lo que somos y tenemos para poder dejar compromisos arreglados, personas y bienes, para poder avanzar sin preocupaciones.  Es necesario determinar si iremos solos o acompañados, ya que ir solos implica mayores riesgos, ir acompañados, en grupo, significa apoyarse unos en otros, animarse y compartir el camino.  Sabiéndonos pertenecientes al Nuevo Pueblo de Dios, un Pueblo Peregrino hacia la Casa del Padre, no se entiende el caminar en solitario; la fraternidad y la solidaridad son esenciales al Camino cristiano.  Ciertamente, el Camino tendrá sus inconvenientes, pero en la experiencia de muchos está que caminar juntos hace más fácil el camino, más agradable y, en el mismo camino, se establecen relaciones de amistad muy significativas.

En fin, cuando la Iglesia de Yucatán anuncia que este Año Pastoral 2010-2011 se insistirá en que somos un “PUEBLO DE DIOS EN CAMINO”, se quiere decir eso, que estamos en peregrinación a la Casa del Padre, que hemos de dejar formas de pensar, de actuar, de vivir, acostumbradas, para vivir experiencias nuevas que nos hagan transformarnos cada vez más en auténtico Pueblo de Dios y, anhelando la Casa del Padre, el lugar del descanso y la recompensa, vivamos el Camino en la esperanza y la alegría, fuertes en la fe, confiados en la Promesa que nos ha hecho el Señor Jesús.

Se nos proponen tres centros de peregrinación como signos de los pasos a dar en nuestro camino anual: Guadalupe, Ichmul, Izamal.  Cada paso exigirá diferentes experiencias de Iglesia, en la Diócesis, en el Decanato, en la Parroquia, en el Centro Pastoral, en las Pequeñas Comunidades que irán surgiendo en el caminar y en la familia “Iglesia doméstica”.

Además de la peregrinación concreta de muchos de nosotros a esos lugares en las fechas acordadas, para que realmente sea el Pueblo de Dios que peregrina en Yucatán el que se haga presente en esos lugares, es necesario que todos los católicos nos dispongamos, en las actividades comunitarias precedentes, a vivir esa misma experiencia, aunque tal vez no todos podamos estar presentes en el lugar.

Así, caminar a Guadalupe, significa para toda la Iglesia de Yucatán, en septiembre iniciar alegremente el camino, en octubre vivir una experiencia familiar en la Semana de la Familia, en noviembre promover encuentros de matrimonios, para que en diciembre, surjan las Pequeñas Comunidades Parroquiales.  Es un Pueblo, que al mismo tiempo que vive experiencias de relación, de encuentro, de reflexión de la Palabra de Dios, decide organizarse en Pequeñas Comunidades para vivir un camino de conversión a la voluntad de Dios.

Caminar a Ichmul, cuna de la devoción al Santo Cristo de las Ampollas, tan significativo para nuestro pueblo de Yucatán, significará, en diciembre, encontrarnos en familia alrededor del Nacimiento para descubrir que Cristo viene a reconciliarnos con Dios y entre nosotros, a hacer de nosotros auténtica familia de Dios.  

En enero, la Rosca vivida en los Centros Pastorales y en las Parroquias, será el encuentro de las diferencias alrededor del Niño, quien las recibe uniéndonos con lo que cada quien aporta a la vida comunitaria.  En febrero, prepararemos la ceniza reconociendo que hay mucho que “quemar” en nosotros, para poder hacernos uno en Cristo, es decir, reconciliarnos en Él.  En marzo, los viacrucis nos harán salir a las calles para llamar a quienes están alejados y son indiferentes, a quienes no se sienten parte de la peregrinación del Pueblo de Dios.  En la Peregrinación a Ichmul se hará presente así, la Iglesia de Yucatán ante el Santo Cristo, para compartir con Él el camino de la pasión y de la reconciliación.

Mayo nos reúne de nuevo en familia alrededor de nuestras madres y, especialmente, de nuestra Madre María, en Izamal. En junio, Pentecostés significará para la Iglesia de Yucatán un nuevo nacimiento, una nueva expresión de la Comunidad de Comunidades y en julio, la celebración del Sagrado Corazón de Jesús, sellará en el amor misericordioso de Cristo, la realidad de un Pueblo de Dios que se expresa en comunidad de amor, o sea, de solidaridad, fraternidad, reconciliación y esperanza.

¡Ven, vive y convive! ¡Anímate y disponte a caminar con el Pueblo de Dios! El Señor nos espera.

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

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Pueblo de Dios en camino

¿POR QUÉ Y PARA QUÉ VIVIR?

¡Yo no pedí vivir! Grito lastimero del adolescente, que a la confusión natural que produce el crecimiento y las experiencias contradictorias de la vida cotidiana, añade la influencia aplastante, deprimente, de una cultura ofrece motivos muy pobres, pasajeros, débiles y mezquinos, para asumir la vida como algo importante, que vale la pena, que entusiasma y motiva para el esfuerzo y la lucha de cada día.

Y hablo de adolescente no como una edad natural, comprendida entre los 13 y los 20 años, sino también de aquellos, que teniendo varios años más, no han descubierto una razón fuerte, profunda, que responda a las preguntas que planteamos en el título de esta reflexión y motive la alegría de vivir hoy y la esperanza de lo que será el mañana.

Quien ha conocido a Jesucristo, su vida y su mensaje, descubre en Él un EVANGELIO, una BUENA NOTICIA.  Su vida y su palabra describen la realidad concreta de un ser humano, como cualquiera de nosotros, que, desde su adolescencia se descubre enviado para una misión y tiene que “ocuparse de las cosas de su Padre” (Lc. 2, 41-52) y a los 30 años, aproximadamente, inicia su misión, con seguridad de lo que tiene que hacer, de lo que da sentido a cada una de sus acciones, para llevar esa vida hasta sus últimas consecuencias y aceptar la pasión y la muerte voluntaria y libremente, dando la vida, “es mi cuerpo entregado, es mi sangre derramada por ustedes” y triunfando sobre la muerte, con una resurrección que se convierte en el fundamento de la fe y la esperanza de millones de seres humanos a lo largo de más de XX siglos en el mundo entero.

Claro, en Él, en su nacimiento, vida, pasión, muerte y resurrección narrada por los evangelistas reconocemos que no se trata de un ser humano cualquiera, sino del Hijo de Dios, que se ha hecho hombre para dar al hombre el sentido más profundo de su existencia. En Él encontramos la importancia de ser hombres, de vivir esta vida concreta como un camino.  De hecho, el Evangelio de Lucas nos describe la vida de Jesucristo como un camino hacia Jerusalén, hacia la Pascua, hacia la muerte y resurrección.

Por eso hoy, los creyentes en Cristo, que hemos escuchado su llamado-convocación, “el quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga”, conformamos una comunidad, el nuevo Pueblo de Dios, que lo sigue por el camino hacia la Pascua eterna, definitiva y plena.

Y esto es lo que la Iglesia Católica en Yucatán, esta porción del Pueblo de Dios, quiere acentuar, expresar, vivir y celebrar, en este AÑO PASTORAL 2010-2011.  Somos el PUEBLO DE DIOS EN CAMINO en medio de la sociedad yucateca.

En la publicación anterior describíamos el itinerario a recorrer este año, marcado por las tres grandes peregrinaciones a Guadalupe, Ichmul e Izamal.  Hoy sólo quiero recordar que ¡HEMOS INICIADO EL CAMINO!  El 5 de septiembre pasado, en la celebración de las 6:20 P. M. en la Catedral de Mérida, se ha proclamado este inicio y, a las 12 del día, en todas las parroquias, se ha señalado este inicio festivo con un repique de campanas; se ha proclamado el inicio en todas las misas de ese domingo y se ha invitado a las familias a celebrarlo en un momento especial de oración.

¿Por qué hacer tanto escándalo?  ¿Qué pretendemos anunciar?  Que somos un Pueblo de creyentes en Jesucristo; que encontramos un por qué a vivir en la alegría y la esperanza en medio de las dificultades, tristezas y problemas de este mundo; que vale la pena la vida cuando la consideramos como regalo de Dios y creemos en sus promesas; que vivimos en la esperanza de un triunfo, de un éxito definitivo, de una realidad que, fundada en la resurrección de Cristo, nos da seguridad, paz y entusiasmo.

Y lo anunciamos, lo gritamos, porque nos interesan todos y cada uno de nuestros hermanos que sufren a nuestro lado, que no encuentran sentido y orientación para su vidas, que viven en el desánimo, el desaliento, la depresión y la frustración, buscando inútilmente una felicidad que muchos ofrecen y que, a fin de cuentas, termina escapándose como el agua entre las manos.

Lo anunciamos porque sentimos desde lo más profundo de nuestro ser el compromiso y la urgencia de ser testigos, de EVANGELIZAR, de hacer realidad esa BUENA NOTICIA en la vida de cada uno de nuestros hermanos.  Nos sabemos discípulos, seguidores, aprendices de hijos de Dios, centrando nuestra vida y nuestra mirada en Jesucristo y, siguiendo sus palabras, nos sentimos enviados a todos para decirles que en Él está la salvación.

Somos el Pueblo de Dios en camino, que en medio de la sociedad de Yucatán, anuncia una promesa y da esperanza; da sentido y orientación a la vida personal y comunitaria; atrae, motiva e impulsa a vivir, en Pequeñas Comunidades Parroquiales, la experiencia de Jesucristo, del Evangelio.

¡Ven, vive y convive! Únete a la comunidad cristiana; participa, experimenta el amor de Dios, transfórmate en auténtico hijo de Dios, transparenta su amor a todos.

Por Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

 

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Experiencia y Conocimiento

 

Cuando recibimos una explicación, oral o escrita, de una actividad o de una situación, naturalmente nuestra mente tiene a “hacerse una idea”, a “imaginarse” la actividad o la situación a partir de los datos que aporta la explicación.

Sin embargo, es sin duda, la experiencia de la actividad o la situación, en lo concreto, en un lugar y momento determinados, lo que deja en claro el significado de la explicación recibida.

Puede tratarse de una receta de cocina o de la dirección de un domicilio, la descripción de un animal prehistórico o la acción de votar en una casilla electoral. La explicación siempre queda mejor entendida cuando se vive la experiencia o, cuando menos se tiene la imagen de lo que se ha descrito.

Por esto en la evolución de la teoría pedagógica se tiende hoy a la experiencia, personal y concreta, de lo que se quiere enseñar. Se procura poner las condiciones y crear las oportunidades para vivir la experiencia que confirme la explicación.

Es decir, el proceso de aprendizaje se realiza sobre todo en la experiencia, aunque no pueda prescindir de la transmisión de conceptos.

Cuando se trata del Evangelio, la Buena Noticia de nuestra salvación, se intenta transmitir la verdad de que “Dios nos ama en Jesucristo” y dar a conocer al mismo Jesucristo, nuestro Señor. Este conocimiento se transmite, desde luego, a través de la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia en sus documentos magisteriales; se transmite también en su predicación, en sus cursos, en libros y folletos de divulgación, etc.

Sin embargo, es conveniente tener en cuenta dos aspectos:

El primero es que, para recibir la enseñanza a través de la predicación o de cursos sistemáticos, es necesario haber despertado el interés del posible oyente con alguna experiencia motivante. La invitación de un amigo, la alegría y paz, la honestidad, responsabilidad y, en general, coherencia, que expresa (testimonio de vida) quien o quienes invitan y la oportunidad concreta de percibir la presencia y la acción de Jesucristo vivo en medio de una comunidad. Por esto, en la Iglesia siempre se ha hablado de la necesidad de proclamar el “Kerigma”, en un primer momento y hoy se procura esta proclamación en un contexto muy vivencial.

El segundo es que, naturalmente, una exposición sistemática de la verdad sobre Dios y sobre Cristo, sobre la Iglesia y los diversos aspectos de la vida cristiana, será siempre una profundización (catequesis) de la experiencia anterior; servirá de mucho a unos oídos y un corazón abiertos, receptivos, disponibles. Normalmente, quien se acerca a estas oportunidades de aprender lo hace motivado por un deseo de conocer más, de profundizar, lo que ya ha pregustado, intuido, detrás de la experiencia vivida. Al realizar esta profundización, por otra parte, se provoca una nueva experiencia más plena y así se progresa en el camino hacia una intimidad cada vez mayor con el Señor.

El Plan Diocesano de Pastoral de la Arquidiócesis de Yucatán tiene como criterio fundamental, expresado en los Documentos del III Sinodo, dirigir la acción pastoral hacia el conjunto de los bautizados; es decir, tener en cuenta a todos los bautizados.

La realidad, lamentablemente, es que la inmensa mayoría de los bautizados se encuentra alejada de la vida y de la actividad de la Iglesia. Se reconocen católicos, pero no participan, se manifiestan indiferentes y poco dispuestos a seguir el camino de Jesucristo y las enseñanzas de su Iglesia.

Por esto, el Plan tiene que orientar la acción, en esta PRIMERA ETAPA, a despertar el interés convocando a actividades que den oportunidad y procuren un primer encuentro con Jesucristo, muy cercano y vivencial, sin mucho contenido teórico. Es decir, es necesario DOSIFICAR el contenido doctrinal para que sea muy atractiva la actividad que se propone y se realice un primer contacto con quien está alejado y es indiferente.

Es claro que mientras esto se va dando en toda la Arquidiócesis, en sus diferentes Parroquias; mientras va llegando y motivando a cada persona, algunos van respondiendo y buscan la profundización. Es a ellos a quienes es necesario ofrecerla a través de cursos, convivencias y diversos eventos que, sistemáticamente, les hagan mantener la experiencia vivida y profundizarla. Por otra parte, en tanto se van formando las Pequeñas Comunidades Parroquiales que serán el ámbito adecuado para mantener el interés y profundizar la relación experiencial con Cristo y los demás, es posible que este otro tipo de experiencias motive y alimente la búsqueda de vivir más auténticamente la vida cristiana y capacite a personas para ofrecer servicios en los diversos ámbitos de la actiivida parroquial.

Por de pronto, el Plan Diocesano de Pastoral, propone la creación y consolidación de las estructuras de comunicación y participación: crear un sistema de comunicación, a través de una carta, con mensajeros que la repartan mensualmente de casa en casa, para llegar y entrar en comunicación con todos y cada uno de los bautizados que forman parte de esta Iglesia de Yucatán. La carta ofrece a cada uno la oportunidad de sentirse pertenecer a la comunidad católica e invitado a participar. Los Centros Pastorales, por otro lado, ofrecen la oportunidad real de esa participación con una actividad mensual a la que se convoca a todos para encontrarse en comunidad cerca de su casa, construyendo la comunidad entre los vecinos, la “Iglesia entre las casas de la gente”.

De estos encuentros surgirá con más facilidad, la necesidad de formar grupos, pequeñas comunidades, en las que se reflexione el Evangelio, se comparta la vida y la experiencia, se viva el amor de Dios.                                             

     Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila Vicario Episcopal de Pastoral

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Pueblo de Dios en camino

CAMINO COMUNITARIO

 La Iglesia Católica de Yucatán, formada por todos los bautizados, creyentes y seguidores de Jesucristo, discípulos de Él, sabe que Jesús ha convocado, por medio de sus Apóstoles, a formar un nuevo Pueblo de Dios.

Nombrando a 12 y encomendándole a Simón-Pedro la tarea de “pastorear las ovejas” (Jn 21, 15-17), enviándolos a enseñar y bautizar a todas las naciones con la promesa de que estará con ellos (Mt 28, 18-20), manifiesta que el Pueblo de Israel, el de las 12 tribus, se continúa en un nuevo Pueblo de Dios integrado, ya no sólo por quienes se guían por la “ley de Moisés”.  Se inicia en Jesús una “Nueva Alianza en su sangre” (Lc 22, 20), con cuantos creen en Él y se hacen discípulos suyos por el Bautismo.

Este “Nuevo Pueblo” tiene en Israel su “tipo y su figura”, es decir, los elementos de la historia de salvación obrada por Dios en el Pueblo de Israel se convierten en necesaria referencia para el “Nuevo Pueblo de Dios”.  Como aquél, éste ha sido “sacado de la esclavitud” (Egipto-Pecado), por la sangre (cordero-Cristo), con el poder de Dios a través del agua (mar rojo-bautismo); ha hecho alianza con Dios (Sinaí-Calvario), cuyo signo es la Fiesta de Pascua (cena al salir de Egipto-última cena de Jesús); aquél fue conducido por Dios, a través del desierto, hacia la tierra prometida como este nuevo pueblo es conducido por Jesucristo, nuevo Moisés, hacia el encuentro definitivo “en la casa del Padre”, al “banquete de bodas del Cordero”.

Por esto decimos, que el Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia de Jesucristo, la comunidad de discípulos, es PEREGRINO, está en permanente camino, hacia la Casa del Padre.

Es muy importante descubrir que la predicación de los Apóstoles es “CONVOCACIÓN”, es decir, es llamada a seguir a Jesús pero no solos, aislados, cada quien por su lado; es llamada a formar pueblo, iglesia, comunidad.  Desde la predicación de Pedro, después del acontecimiento de Pentecostés, se dice que “aquel día se incorporaron unas tres mil personas” (Hch 2, 41) e, inmediatamente, se describe la vida de esa comunidad: “se reunían frecuentemente para escuchar la enseñanza de los Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones… Los creyentes estaban todos unidos y poseían todo en común.  Vendían bienes y posesiones y las repartían según la necesidad de cada uno.  A diario acudían fielmente e íntimamente unidos al templo; en sus casas partían el pan, compartían la comida con alegría y sencillez sincera. Alababan a Dios y todo el mundo los estimaba.  El Señor iba incorporando a la comunidad a cuantos se iban salvando” (Hch 2, 42-47).

Es claro, pues, que la fe en Jesucristo se vive en comunidad.  La oración y la enseñanza, la misma fracción del pan (Eucaristía), se viven unidos y llevan a expresar esa unidad en la caridad-amor, servicio, reconciliación permanente, solidaridad entre todos, especialmente con los más necesitados.  Esta es la Iglesia naciente de la fe en el Evangelio, de la respuesta a la Buena Nueva y del Bautismo, de la identificación con la muerte y resurrección de Jesucristo.

Es más, el Bautismo, como dirá San Pablo, nos hace hijos de Dios, “nos hace hijos en el Hijo” porque “nos injerta en Jesucristo”, nos hace “miembros de su cuerpo”, nos identifica con Él.  Por eso somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros, somos “Familia de Dios”.  Alimentados por su Cuerpo y su Sangre, nos hacemos un solo cuerpo.  Por la obediencia a su Palabra, permanecemos en Él y Él en nosotros…

El único mandamiento de ese nuevo pueblo (LG 9), de esa familia de Dios, es el que Jesús dio a sus discípulos en la última cena: “un nuevo mandamiento les doy: que se amen los unos a los otros como Yo les he amado”.  Iluminado y alimentado por la Palabra y la Eucaristía, el nuevo Pueblo de Dios,  se expresa en la caridad-amor de los hermanos.

 Pero, “mi Reino no es de este mundo”; ellos están en el mundo pero “no son del mundo” (Jn 17, 14); “no te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal” (Jn 17, 15).  “Padre, quiero que los que me confiaste, esté conmigo, donde estoy yo” (Jn 17, 24); “en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, voy a prepararles un lugar”…  Ese Pueblo de Dios, germen del Reino de Dios, del Reino de los cielos, presente en el mundo, no tiene en él su lugar permanente, su patria.  Es, por su misma naturaleza, llamado a caminar, a ser peregrino en el mundo, en la historia de la humanidad, convocando a todos los que se han de salvar.

Ese Pueblo de Dios se realiza hoy en Yucatán, en esa comunidad formada por el Bautismo y la fe, en comunión con todas las otras Iglesia Particulares, Locales, guiadas por un sucesor de los Apóstoles en comunión con Pedro.  Se realiza organizada en Parroquias y Rectorías, en Centros Pastorales y Pequeñas Comunidades Parroquiales, en Familias cristianas que hacen realidad la “Iglesia doméstica”, como escuelas de la fe y del amor de Cristo.

Por esto, la Iglesia Católica en Yucatán, pastoreada por el sucesor de los Apóstoles, S.E. Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, con la colaboración de su Presbiterio, se propone este año: Septiembre 2010-Agosto 2011, tomar conciencia de ser “Pueblo de Dios en camino” y expresarse así en cada uno de los ámbitos de su vida y acción.

4 momentos marcan el Itinerario de ese Pueblo de Dios para este Año Pastoral 2010-2011: LA CELEBRACIÓN DE INICIO el 5 de septiembre; el CAMINO A GUADALUPE, acentuando la vida comunitaria, en la familia y la comunidad parroquial, para finalizar el 5 de diciembre; el CAMINO A ICHMUL, 3 de mayo, acentuando la necesidad de la reconciliación permanente como dinamismo propio y esencial de la vida comunitaria, para finalizar el 3 de diciembre y el CAMINO DESDE IZAMAL, 29 de mayo, acentuando la expresión de la Iglesia en Pequeñas Comunidades Parroquiales, que nace en Pentecostés y se continúa, fortaleciéndose, en Corpus Cristi y la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, 1 de julio del 2011.

Queremos ser, real y claramente, un Pueblo en camino, que anuncie, por su palabra y su testimonio de vida en la unidad y el amor, el Reino de Cristo; ese Reino que “ya está entre nosotros”, que va aconteciendo entre “las alegrías y esperanzas de los hombres”, que todavía no llega a su plenitud, a la “Casa del Padre”, al “Banquete de bodas”, para el cual ha sido convocado. Este Pueblo es un signo, una primicia, un germen, de ese Reino eterno y universal, prometido por Jesús, en el que se vivirá plena y definitivamente la justicia y el amor, la paz y la verdad, la santidad y la gracia.

“Ven, vive y convive, en Pequeña Comunidad Parroquial”; ¡vamos juntos, como Pueblo de Dios en Camino, hacia la patria eterna!

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

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La comida familiar

 

¿Cuál es el lugar más importante de la casa familiar?  ¿Dónde se reúne la familia?  ¿Cuánto tiempo se pasa en él?  ¿Dónde se comunican con más facilidad los integrantes de la familia?

 Estas preguntas tienen, para la gente de hoy, muy diversas respuestas.  Algunos piensan que es la sala de la casa el lugar más importante, donde se encuentran todos…sin embargo, al explicar, dicen: “es que ahí está la tv…”, allí nos encontramos, allí comemos…

 Otros, se quejan de que en realidad no se comunican, no hay un espacio, no hay un momento.  La comida la hace cada quien a diferente hora por sus ocupaciones…

 Otros más tienen la tv en su recámara y, cuando llegan a casa se encierran, e incluso llevan su comida allí.

 El lugar más importante, alrededor del cual se diseñaba lo demás, en una casa-habitación, era el comedor.  El espacio amplio, la mesa grande, suficientes sillas para la familia.  Esto se ha perdido en mucho.  Y, junto con esto, el encuentro y la comunicación entre las personas que viven en el mismo hogar.

 Lo práctico, lo cómodo, lo utilitario… hace que cada uno coma como pueda y donde pueda.  Y si le añadimos el atractivo-adicción a la televisión, resulta en no mostrar y, lo más grave, no tener ningún interés en lo que vive, piensa, siente o le preocupa a mi hermano.  Vivimos juntos pero yuxtapuestos, como extraños.

 Al disminuir los encuentros personales, la plática, el interés en lo que cada uno hace, piensa o siente, se vive una aparente tranquilidad, una paz que no es fruto de una buena relación sino de una no-relación humana.

 El problema es que el crecimiento, el desarrollo, el enriquecimiento de nuestra manera de sentir, la seguridad que nos da el sentirnos aceptados, amados, protegidos, pertenecientes… se va difuminando.  Nuestra manera de pensar se ¿enriquece?  Solamente con lo que oímos de la televisión en telenovelas, noticiarios o programas “para formar opinión” que inducen y manipulan a quienes se abandonan totalmente a su influencia.

 Naturalmente, esto nos lleva a una falta de ambiente acogedor, de cariño y amor, en la familia; el ambiente se torna frío, devaluando a los demás, tomándolos en cuenta sólo cuando sirven a los fines personales: “tráeme agua, dame tal cosa de comer, haz esto…” o cuando estorban a nuestra concentración en lo que nos interesa: “cállate, no te metas conmigo, deja de hacer ruido…etc.”.

 La comida familiar es cada vez más rara…  Esa comida que es factor de comunidad, esa comida en la que la comunicación enriquece y acerca, esa comida en la que se crean y fortalecen los lazos de afecto y cariño, esa comida en la que se discute y pelea, sí, pero también se acepta, valora, respeta y perdona al otro.

 Esa comida en la que se crece personalmente, se aprenden maneras de pensar, de sentir y de actuar.  Esa comida en la que se aprende a amar.  Esa comida que crea ambiente, familia, comunidad.

 Las ocupaciones del trabajo y del estudio, los compromisos sociales, condicionan la posibilidad de reunirnos a comer regularmente.  La televisión se ha convertido en el intruso del que dependen conciencias, educación, opinión, directrices para la acción.  En estas condiciones, si queremos salvar la familia, darle oportunidad a ser lo que debe ser, una comunidad de vida y amor, una escuela de amor, hemos de “programar” los encuentros, hemos de determinar momentos, por obligación o compromiso personal, en los que los miembros de la familia estemos dispuestos a participar.  Cuando menos una vez por semana…

 ¡Es importante!

 Ya hace mucho tiempo que en la Iglesia Católica se ha tenido que recurrir a la “obligación” para lograr el mínimo de encuentro con Dios y con los hermanos en la Misa Dominical.  Se habla de libertad, de “tener ganas”, de “cuando me nace”; pero habría que hablar de lo importante y necesario de estas “experiencias comunitarias” y estar dispuesto a vivir con congruencia la fe. Si quiero vivir como hijo de Dios y hermano de los demás en la comunidad eclesial, debo participar, cuando menos una vez a la semana, por una hora, en esta experiencia comunitaria. Si no lo hago, si no soy capaz de renunciar a mi comodidad, a mis ganas, por Dios y la comunidad, no manifiesto mucha fe… ¿no crees?

 Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

 

 

 

 

 

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Experiencias Comunitarias

A veces, yendo solos en el autobús o en la combi, sucede algo con los demás pasajeros o con el chofer.  Una broma, un comentario, una discusión, un frenón, una persona que sube a cantar o, simplemente a pedir limosna; en fin, algo llama nuestra atención y observamos, escuchamos y, en ocasiones, intervenimos.  Esto mismo sucede cuando vamos a un espectáculo deportivo o musical, o a veces hasta caminando por la calle.

 Esto que sucede nos saca de nuestro aislamiento, de nuestros pensamientos, y concentra nuestra atención.  El hecho puede ser positivo, alegre, agradable; o puede ser desagradable, molesto, incluso despertar nuestra ira.  Al participar, con nuestra escucha y observación en un primer momento, pero más al intervenir, con nuestra palabra, o incluso con nuestra acción, entramos en relación con las otras personas.  Dejamos de permanecer en nuestra soledad y asilamiento y empezamos a vivir una experiencia comunitaria.

 Desde luego, estas experiencias son pasajeras; duran lo que dura el viaje o el partido, o el show… pero, ¿no son así las experiencias comunitarias en la vida familiar?  Allí vivimos constantemente en relación y las experiencias se suceden, con distinta intensidad, algunas serias y profundas, otras triviales y breves, pero se realizan entre las mismas personas y se acumulan, entrelazan, unas son causa o consecuencia de otras, se convierten en procesos que van haciendo un “ambiente”, positivo o negativo, en el que se desarrolla la vida familiar.

 Si lo pensamos, podríamos descubrir que la calidad de estas experiencias comunitarias es la que va configurando el estilo de la vida familiar.  Y son la comunicación y la participación de cada uno las que le hacen sentir mayor o menor relación e intimidad con los demás, sentirse en familia, dar importancia a “su familia” en los momentos en los que no está con ella.  Podríamos decir que, esas experiencias comunitarias, repetidas con frecuencia, con suficiente intensidad, van configurando la comunidad familiar.

 Cuando hablamos de la comunidad cristiana, de manera parecida, pensamos que son las experiencias comunitarias las que van haciéndola, configurándola como auténtica comunidad.  Y, como en la vida familiar, hay experiencias que se dan espontáneamente, pero hay otras que se organizan, se provocan. ¿O no es verdad que cuando organizamos una fiesta, un cumpleaños o un aniversario, en la familia, pensamos en la música, la comida, y en muchos detalles, para que estemos contentos; y cuando termina la fiesta, las exclamaciones y los sentimientos: ¡qué bonita fiesta!  Sale uno con la alegría de haberse encontrado con la familia y los amigos…

 La Pastoral de la Iglesia de Yucatán pretende hacer de todos los bautizados una comunidad, la familia de Dios, el Pueblo de Dios. Y esto se hace con experiencias comunitarias.  La principal tendría que ser nuestra Misa Dominical, en la que nos encontramos todos los hijos-hermanos con nuestro Padre Dios.  Nuestras misas son expresión de cómo está nuestra comunidad.  Cuando vemos a la gente cercana al altar, cantando, orando, atentos a la Palabra, participando en la comunión, pensamos, ¡qué bonita comunidad!  Se nota que no se sienten extraños unos de otros, que participan como hermanos.  Claro que también vemos, en ocasiones, misas frías, muy formales, donde cada uno se sienta lo más lejos que puede de los demás y del altar.  Donde se asiste por “cumplir”, como obligación.  Pero cuando se entiende el significado y se participa, al salir se siente que se ha tenido una “experiencia de Dios” y nos sentimos parte de su familia, capaces de amarnos como hermanos.

 Por eso la acción pastoral busca crear otras oportunidades de vivir estas “experiencias comunitarias”: reuniones de grupo, oración en familia, en grupo, con amigos, con vecinos, estudio de la Biblia, reflexiones comunes, convivencias, retiros, etc.

 En nuestro Plan de Pastoral buscamos esas ocasiones que naturalmente convocan a la gente como el día de la amistad, de la madre, los difuntos o Navidad, la rosca de reyes, etc. e invitamos a la comunidad a reunirse en la parroquia o en el Centro Pastoral con ese motivo, pero buscando tener una experiencia comunitaria que fortalezca la comunidad, que haga crecer la confianza, la aceptación, el amor entre todos.

 La Vigilia de Pentecostés ha sido una de esas ocasiones; ojalá que, reunidos como hermanos, en oración con la Santísima Virgen, hayamos experimentado la presencia del Espíritu Santo.  En los próximos días tendremos también otras oportunidades de “hacer comunidad”: Corpus Christi, el día del padre, el Sagrado Corazón… y, también espontáneamente, podemos organizar algo con motivo del fin de cursos, baby shower, despedidas, etc., que ojalá resultaran más para crecer en el amor familiar y comunitario.

 Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario de Pastoral

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CON LA FUERZA DEL ESPÍRITU

RENOVAR LA ACCIÓN DE LA IGLESIA

Juanito cumplía sus nueve años y su mamá le dijo: no podemos hacer una fiesta e invitar a todos tus amigos.  Así que vamos a ir de paseo este domingo a la playa.  Invita a tu mejor amigo para que venga con nosotros.  Juanito invitó a Miguelito y pasaron un día muy contentos.  Los papás de Juanito jugaron con ellos, les compraron golosinas y se divirtieron mucho, de tal manera que cuando terminó el paseo Miguelito le comentó a Juanito: ¡cómo me gustaría tener unos papás como los tuyos!  No se pelean, no te están regañando por cualquier cosa, juegan contigo, te compran helado, ¡me gustó mucho el día!

 

Los días siguientes, Miguelito pensaba mucho en este paseo.  En su casa había tenido problemas porque sacó malas calificaciones y su papá le dio un buen regaño sin querer escuchar sus explicaciones; había roto un vaso con su pelota y su mamá lo castigó con no ver tele ese día; su papá llegó borracho y empezó a gritar a todos, especialmente a su mamá y terminaron con un gran pleito.  Para colmo, sus hermanitos ¡cómo lo fastidiaban!  No había podido ver su programa favorito porque Jorgito de 6 años quería ver sus caricaturas y, como su mamá lo prefería… Miguelito pensaba: me quiero ir de aquí, ya no soporto.  Si Juanito me invitara a vivir en su casa ¡cómo nos divertiríamos!  ¡Todo estaría bien!  ¡Sus papás son tan buenos!  ¡Allí sería feliz!

 

Al terminar la evaluación de la acción pastoral de la Iglesia de Yucatán durante el año 2009-2010, los presbíteros reunidos en asamblea, escuchamos del Sr. Arzobispo, Don Emilio Carlos Berlie, un ejemplo semejante.  Ante el análisis de nuestra vida y trabajo de este año descubrimos carencias, deficiencias, errores… junto con situaciones positivas de crecimiento, de mejoría.  Esto manifestó que, entre algunos había un clima de cansancio, desánimo, desaliento que parecía decir: “con este Plan Diocesano no hay nada que hacer”, “no podemos trabajar unidos”…

 

El Arzobispo nos dijo: “aunque, en ocasiones, hemos tenido diferencias fuertes con nuestros padres y hermanos y tal vez en nuestra niñez o adolescencia llegamos a pensar que sería mejor vivir en la casa de nuestros amigos, haber tenido un papá o una mamá, o unos hermanos como los de nuestros amigos, sin embargo, llegada la madurez no se nos ha ocurrido llegar a decir: renuncio a mi familia, no hay nada que hacer.  El amor nos ha hecho permanecer, esperar, tolerar, buscar otras maneras de enfrentar las situaciones una y otra vez.  Por el amor permanecemos en la familia, a pesar de los problemas”.

 

La ilusión de que “estaríamos mejor si… las circunstancias fueran otras, si viviéramos en otros tiempos, si las personas con las que convivimos y trabajamos fueran otras…” es propia de una visión infantil que no ha llegado a la madurez.  Es ésta la que nos lleva a la visión realista, a descubrir el valor de lo que se tiene y de lo que se es y a enfrentar la vida y la acción con estos recursos.

 

Los católicos de la Iglesia de Yucatán, el Arzobispo y el Obispo Auxiliar, los presbíteros y diáconos, los religiosos y religiosas, laicos y laicas, todos, estamos hoy aquí formando la Iglesia de Cristo, con nuestras virtudes y pecados, cualidades y defectos.  Hoy y aquí nos ha llamado Jesucristo a seguirlo, a ser sus discípulos, a aprender de Él.  Nos ha concedido su Espíritu que nos injerta en Él y nos hace hijos del Padre, familia suya, hermanos todos.

 

La vida cristiana es un camino hacia la plenitud.  El Pueblo de Dios es peregrino, todavía no llega a la plenitud.  Sin embargo, aunque el camino se ve largo, lento, penoso, como camino de pasión y cruz, el final es seguro: la resurrección, la plenitud.  “Me voy a prepararles un lugar, para que donde Yo esté, estén también ustedes” (Jn 14, 2).

 

El mismo Espíritu que llevó a Jesucristo hasta la cruz y la resurrección es el que nos ha regalado en Pentecostés.  Ese Espíritu Santo, Dios personal, vive en nosotros y nos comunica la vida divina, nos anima e impulsa desde el interior a seguir a Jesús, a identificarnos con Él, a vivir el amor en obediencia al Padre hasta el extremo de morir por los demás.  “Les he dicho esto para que gracias a mí tengan paz. En el mundo pasarán aflicción; pero tengan valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

 

Esa Iglesia real y concreta que formamos los bautizados hoy, en este año 2010, y aquí en Yucatán, ha reflexionado en la oración y ha descubierto un camino, su Plan Diocesano, que quiere llamar a todos a sentirse parte activa en la comunidad; quiere recordar que, por encima de las diferencias y conflictos, está el Amor que se nos ha regalado en Cristo; que somos familia, hermanos, y hemos de volver a intentarlo, una y otra vez, buscando siempre nuevas formas, para superar los problemas y continuar el camino, construir una comunidad de paz, justicia, amor y verdad, el Reino de Dios entre nosotros.

 

Es necesario superar la ilusión infantil irresponsable y, con la madurez y la fuerza que da el Espíritu Santo, permanecer fieles al Padre, a la familia, en el amor.  Esto implica conocernos, encontrarnos, valorarnos y respetarnos, dialogar sobre lo mejor posible para nuestra comunidad, buscar juntos los caminos, tolerarnos, soportarnos, no rechazarnos, discriminarnos o excluirnos; participar activamente en la transformación de nuestra vida comunitaria en el hoy y aquí, con estas personas, en estas circunstancias.

 

No podemos excusarnos de la responsabilidad señalando las deficiencias de los demás, pensando que nuestra fidelidad y compromiso dependen de que los otros sean mejores o de que las circunstancias sean otras.  Hoy y aquí el Señor nos pide ser fieles, no mañana, no con otros, no en otras circunstancias.

 

Hemos de entusiasmarnos por el trabajo pastoral.  No porque sea perfecto nuestro Plan Diocesano.  No porque sea fácil.  No porque contemos con todos los recursos humanos y materiales necesarios.  El motivo de nuestro entusiasmo es porque el Señor ha querido asociarnos a su acción salvadora, nos ha invitado a colaborar con Él y, en las débiles y frágiles condiciones humanas en las que estamos, podemos ofrecer lo que somos y tenemos.  Él hará lo demás.

 

Sabiendo que la obra es de Dios, no demos, pues, cabida al desaliento, al desánimo, a la renuncia.  Renovemos nuestro entusiasmo fincados en nuestro amor a Dios. Cuando escuchamos las palabras que el Señor dice sobre el pan y el vino, oímos también: “hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).  Sabemos lo que significa el que Cristo entregue su Cuerpo y su Sangre: el amor extremo que lo lleva a obedecer la voluntad del Padre hasta dar la vida por nosotros.  ¡Hagamos esto en memoria suya!  ¡Aceptemos totalmente la voluntad del Padre en las condiciones y circunstancias de nuestra realidad diocesana!  “¡Vamos a morir con Él!” (Jn 11, 16).

 

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

 

 

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Mensaje de los Sacerdotes con motivo de las elecciones en Yucatán

 

“La democracia no se sustenta sin la verdad.  Verdad y libertad, o bien van juntas o juntas perecen miserablemente” (Juan  Pablo II).

 

Los Sacerdotes Católicos del Decanato “Virgen de la Estrella” saludamos con esperanza a los hombres y mujeres de buena voluntad que viven en el Sur del Estado.

 

En este tiempo privilegiado que nos toca vivir y en el cual tenemos qué elegir a los diputados que integrarán el Congreso del Estado y a quiénes gobernarán nuestros municipios en los próximos años; como ciudadanos tenemos que ser consientes y responsables al decidir por quién votaremos.  Por esto ponemos a su consideración los siguientes puntos.

 

UN CIUDADANO RESPONSABLE VOTA ASÍ:

 

  1. I.                    ENSEÑANZA DE LA IGLESIA

La Iglesia católica no tiene partido.  Como institución, la Iglesia acoge a todos los bautizados y no apoya a ningún partido político; más aún, acepta que una misma fe puede inspirar opciones políticas diversas.

 

Los fieles católicos pueden afiliarse y votar libremente por el partido político y por el candidato que, sin contradecir sus convicciones morales y religiosas, mejor responda al bien común de los ciudadanos.

 

La jerarquía de la Iglesia, es decir, los diáconos, presbíteros y Obispos, no pueden afiliarse a ningún partido político, ni apoyar públicamente a un candidato en particular.  Es su derecho y deber proponer los principios morales que deben regir el orden social y, en privado, votar por quien quieran.

 

Los fieles católicos están obligados a ser coherentes con su fe en público y en privado; no deben, por tanto, sin traicionarse a sí mismos, adherirse o votar por un partido o por un candidato contrario a sus convicciones religiosas y a sus exigencias morales.

 

  1. II.                   POR TANTO, UN CATÓLICO:

No debe votar por un partido o por un candidato que esté en contra del respeto absoluto que se debe a la vida humana desde la concepción hasta su desenlace natural, como serían los que propician el aborto, la eutanasia o la manipulación de los embriones.

 

No debe votar por un partido o por un candidato que no respete la dignidad de la persona humana, según el plan de Dios, como serían: los que defienden o promueven la prostitución, las uniones homosexuales, los anticonceptivos físicos o químicos, la pornografía especialmente la infantil, la clonación humana, la venta indiscriminada de alcohol, el machismo, la discriminación étnica, religiosa y racial.

 

No debe votar por un partido o por un candidato que no respete el derecho primario de todo hombre o mujer a practicar, en privado o en público, individualmente o en grupo, sus creencias religiosas; o que obstaculice de cualquier manera la enseñanza de la religión, prohíba las manifestaciones públicas de fe o se oponga a la instalación de los lugares para el culto que pida la comunidad.

 

No debe votar por un partido o por un candidato que se oponga o niegue el derecho inalienable de los padres de familia a escoger el tipo de educación que, de acuerdo a sus convicciones, quieran para sus hijos.

 

No deben votar por un partido o por un candidato que no le garantice, con certeza moral, que utilizará honestamente los dineros y bienes públicos; que va a cumplir lo que promete; que buscará el bien común y no el provecho propio y de sus colaboradores.

 

No debe votar por un partido o por un candidato que no se comprometa a promover la dignidad de la familia fundada sobre el matrimonio entre personas de sexo opuesto; a combatir la violencia, la drogadicción, la injusticia institucionalizada, la corrupción pública y que no haga propuestas creíbles a favor de los más necesitados.

 

  1. III.               POR EL CONTRARIO, UN CATÓLICO:

 

Debe votar, preferentemente, por un candidato que respalde con su ejemplo las virtudes humanas y cristianas como son el respeto a los demás, el saber escuchar, el diálogo, el decir la verdad, la honestidad, la vida moderada, la fidelidad conyugal y el amor a su familia.

 

Debe votar, preferentemente, por un candidato que demuestre con hechos su espíritu de servicio a los demás, con especial preferencia hacia los pobres y que en todo y sobre todo defienda la dignidad de la persona humana.

 

Debe votar, preferentemente, por un candidato que tenga cualidades de gobierno y que garantice la vigencia del estado de derecho mediante la aplicación de la ley, sin excepción de personas o de cargos.

 

Por todo esto, les exhortamos a ejercer su voto libre y secreto de una manera responsable para que el domingo 16 de mayo vivamos una jornada electoral ejemplar y de respeto a la voluntad ciudadana expresada en las urnas.

 

Dios nos bendiga a todos.

 

Dado en Tekax, Yucatán en abril de 2010 y firmado por todos los sacerdotes del decanato “Virgen de la Estrella”.

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Tiempo de evaluación en la Arquidiócesis de Yucatán

La Iglesia católica de Yucatán: Tiempo de evaluación de su trabajo pastoral

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

Se aproxima el fin del año escolar y, con él, las vacaciones que dan oportunidad a muchos de cambiar de actividad: al salir los estudiantes de la escuela, no sólo ellos tienen oportunidad de viajar, pasear, tomar cursos especiales, estar más en casa, etc. sino que también condicionan a otras personas: padres, abuelos, tíos… El traslado a los lugares vacacionales ofrece oportunidad de trabajo a mucha gente de las costas y las zonas arqueológicas… al mismo tiempo que disminuye el trabajo normal de quienes prestan su servicio a los que viven en la ciudad o estudian en los centros escolares.  Ellos también encuentran este tiempo propicio para descansar y vacacionar, al menos un poco.

En fin, en nuestro Estado de Yucatán esta época cambia naturalmente la vida de la Iglesia en las parroquias, en las asociaciones y movimientos, incluso en las comunidades religiosas.

El período de evaluación de las actividades del Plan Diocesano de Pastoral corresponde al mes de mayo, con el fin de conseguir, para los últimos días de junio la programación anual 2010-2011, de la acción pastoral de la Iglesia en Yucatán.

La tarea es evaluar.  ¿Por qué?  El Plan Diocesano es una guía para el camino del Pueblo de Dios hacia la Plenitud prometida por nuestro Padre Dios.  Está diseñado en tres etapas: CONVOCACIÓN, CONVERSIÓN Y COMUNIÓN.  La primera etapa, de CONVOCACIÓN, la estamos recorriendo con tres actividades fundamentalmente:

  1. La sectorización de las parroquias, formando los Centros Pastorales con sus Equipos de Coordinación y realizando en ellos una actividad mensual para convocar a todos los que viven en el Centro Pastoral de tal manera que se fomente el encuentro, el conocimiento, la convivencia, la amistad y la caridad entre los vecinos; se trata de reconocernos hijos de Dios y hermanos en la Iglesia.
  2. La Red de comunicación, a través de una cartita parroquial, elaborada por el Equipo Parroquial de Redacción y repartida, mes a mes, de casa en casa, por mensajeros y mensajeras voluntarios (as).
  3. La invitación a formar, en los Centros Pastorales, Pequeñas Comunidades Parroquiales (PCP’S), con familias que acepten reunirse una vez al mes para confrontar su vida con el Evangelio de Jesús y así empezar un camino de conversión comunitaria.

Después de 13 años nos encontramos en este momento de convocación de las PCP’s.  El Objetivo del año 2009-2010, es el paso que consideramos como posible para dar en este camino.  Conseguir 3,000 PCP´s, unas 20 por parroquia o rectoría.

Para lograrlo diseñamos e implementamos 7 campañas de actividades durante el curso 2009-2010.  Evaluar este año nos permitirá descubrir los aciertos y desaciertos en nuestra respuesta a Dios manifestada en el Itinerario de actividades que se programó para este año y nos ayudará a descubrir el siguiente paso para el período 2010-2011, a fin de lograr el surgimiento de las PCP’s necesarias para dar, a la brevedad posible, el paso a la siguiente Etapa, la de Conversión.

¿Quiénes evalúan? Todos, representativamente.

  1. Las Parroquias: Cada Equipo Parroquial de Animación Pastoral (EPAP) evalúa con su párroco y los Centros Pastorales de su Parroquia.
  2. Los EPAP’s de todo Yucatán, reunidos en Asamblea el 2 de mayo.
  3. Los Presbíteros y Diáconos de todo Yucatán, reunidos en Asamblea del 4 al 6 de mayo.
  4. Las Religiosas, reunidas en su Retiro-Asamblea del 9 de mayo.
  5. Las Asociaciones y Movimientos Apostólicos, convocados por el Equipo Diocesano de Animación Pastoral para el Apostolado Asociado de los Laicos (EDAPAAL).
  6. Los Jóvenes, convocados por la Comisión Diocesana de Pastoral Juvenil, en su Asamblea del 1 y 2 de mayo.
  7. Las Comisiones Diocesanas de Pastoral, el martes 11 de mayo.

¿QUÉ EVALUAMOS? 1. Los objetivos; 2. Los cambios logrados; 3. Los procedimientos utilizados; 4. La organización y 5. El sentir y la opinión de la comunidad ante el camino recorrido.

¿PARA QUÉ EVALUAMOS? Para ajustar el Plan a la situación actual.  Con lo conseguido y lo no conseguido, tenemos una situación diferente a la de aquella con la que empezamos.  Ante esta nueva situación nos preguntaremos ¿qué paso es posible dar durante el AÑO PASTORAL 2010-2011?

¿CÓMO PUEDES PARTICIPAR? Orando, especialmente durante los meses de mayo y junio por el éxito de este proceso de evaluación y de programación. Conoce, analiza…

Te invito, pues, a participar en este proceso tan importante.  Conoce, analiza, da tu opinión, aporta sugerencias para el año próximo, en las reuniones a las que eres convocado.  De ti depende también el camino y la misión de la Iglesia.

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