Avances en la Iglesia Diocesana

 

Una de las primeras preguntas formuladas para la consulta sinodal de 1989 era sobre la idea que tenía la gente de Yucatán sobre el significado de la palabra “Diócesis”.  La variedad de respuestas recibidas hizo notar la ausencia en la mayoría de los bautizados consultados, de una conciencia de Iglesia diocesana, particular o local.

Mientras, el significado de la palabra “Parroquia” llevaba a afirmar la pertenencia a una comunidad, sobre todo en el ámbito rural, pues en el área urbana también se encontró una mayoritaria deficiencia del sentido comunitario de la palabra, refiriéndola casi exclusivamente al templo, como lugar de culto.

Después de 21 años, creo que esta realidad ha cambiado mucho.  La palabra Diócesis y sus variantes (diocesano, Arquidiócesis y arquidiocesano) tienen hoy otro sentido para mucha gente.  ¿Cuánta gente y qué sentido tiene actualmente?, sería resultado de otra consulta poder afirmarlo con aproximación.

La proclamación insistente del texto del No. 1 de la Lumen Gentium: “…la Iglesia es en Cristo como un sacramento, signo e instrumento de la comunión de los hombres con Dios y de los hombres entre sí…” ha modificado, en muchos, la idea de Iglesia como un templo donde cada uno se encuentra en privado con Dios en la oración y en los sacramentos o, a lo más, en celebraciones festivas de quienes compartimos la misma fe.  Podemos afirmar hoy que muchos bautizados han descubierto el valor de la relación humana, del encuentro y el diálogo con el otro, en relación con su fe.  La inmensa mayoría de las actividades realizadas por la Iglesia de Yucatán en estos años han convocado, animado y profundizado, el sentido comunitario de la vivencia de la fe.

Si, como dice Christus Dominus, No. 11. “La diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la cooperación del presbiterio, de forma que unida a su pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por el Evangelio y la Eucaristía, constituye una Iglesia particular en la que verdaderamente está y obra la Iglesia de Cristo, que es Una, Santa, Católica y Apostólica.”, entonces, la “diocesaneidad”, sería la característica que tendrían personas, acciones y objetos que pertenecen al conjunto que forma la Diócesis.  Esta “diocesaneidad” implicaría, en los miembros de la porción del Pueblo de Dios, una cualidad de su conciencia que los hace saberse y sentirse “partes de un todo”, “integrantes de un conjunto”, “miembros de un cuerpo”.

Dada la descripción de Diócesis mencionada en el párrafo anterior, y en el Documento de Aparecida (No. 165), tener conciencia diocesana se podría traducir, para todas las personas que pertenecen a la porción del Pueblo de Dios confiada al Obispo, por:

  • Saberse, descubrirse y sentirse, “apacentados” por el Obispo, y por el presbiterio que coopera con él, a través de un presbítero que, por su misión canónica, realiza esta tarea en los diversos ámbitos de vida y acción eclesial (parroquia, rectoría, comunidad de vida consagrada, escuela católica, movimiento o agrupación apostólica laical, etc.).

 

  • Saberse, descubrirse y sentirse, vinculados con la Iglesia de Cristo, Una, Santa, Católica y Apostólica, por su respuesta concreta a la convocación del Obispo y su presbiterio, a unirse con su Pastor y reunirse, en el Espíritu Santo, por el Evangelio y la Eucaristía.  Es decir, su comunión con Cristo, en la Iglesia Católica, depende de esta inserción-vinculación diocesana.

 

  • Saber que la parroquia, rectoría, comunidad de vida consagrada, movimiento o grupo apostólico, o cualquier otro tipo de institución católica en la diócesis, es “parte” de un “todo”, es “miembro” de un “cuerpo”, es “órgano” de un “organismo” y que su razón de ser, en el aquí y ahora de la vida diocesana no está en sí misma, sino en la totalidad del conjunto diocesano.

 

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

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2010 ¿Un Paso hacia el Ideal?

pastoralLa acción pastoral de la Iglesia tiene dos direcciones importantes, hacia adentro y hacia afuera.

Hacia adentro, la Iglesia busca llamar, con su acción, a todos los bautizados a participar en la experiencia de la vida comunitaria, acercándose unos a otros, relacionándose, construyendo lazos, redes, formando comunidad, viviendo la comunión de hermanos.

Esto implica estar atentos a la integración de nuevos miembros a la comunidad católica, por nacimiento o por conversión, proporcionando los instrumentos necesarios para su eficaz acompañamiento.

También implica ofrecer las oportunidades necesarias para el encuentro comunitario, de tal manera que las relaciones entre los miembros se fortalezcan, y, sobre todo, en la participación comunitaria de la Eucaristía, se alimente la vida cristiana de cada miembro y de toda la comunidad.

En tercer lugar, implica también, estar atentos a quienes se rezagan, se aíslan, se debilitan en la fe, o francamente abandonan la práctica religiosa, para ofrecerles nuevos ánimos, motivaciones, hacerles sentir cercano el amor de Dios y llamarlos de nuevo, sistemáticamente, a la participación comunitaria.

¿Cómo hacer, con los casi dos millones de personas que vivimos en el territorio de la Arquidiócesis de Yucatán, una comunidad cristiana?

Una comunidad que conozca y alabe a Dios, 2,000,000 de personas que, al menos representativamente, se reconozcan y sientan pertenecer al Pueblo de Dios, a la familia de los hijos de Dios; que, en sus comunidades parroquiales se respeten, se valoren, se preocupen unas por otras, se comprendan, se toleren, se ayuden, se reconcilien…,

Una comunidad viva y dinámica, que llame la atención, que atraiga, que anime y entusiasme, que sea signo e instrumento del amor de Dios.

Esta es la misión que hemos recibido de Dios.

La acción pastoral hacia afuera, la misión hacia quienes rodean a la Iglesia Católica de Yucatán y conviven en la misma sociedad con ella, ha de ser, sobre todo, el testimonio de amor, que se expresa en la unidad de su doctrina, de su vida y de su acción y en el dinamismo entusiasta que invita a acercarse, a ser aceptado, a seguir a Cristo.

Hoy quiero ser el instrumento para acercarme a ti y a tu familia y decirte que ¡Dios te ama!, que ¡eres su hijo!, que ¡somos hermanos!, que ¡formamos una familia y tú eres parte importante!

Hemos organizado en las Parroquias de Yucatán, Centros Pastorales para que, con la ayuda de un Equipo de hermanos y hermanas voluntarios, invitemos a todos a encontrarnos, una vez al mes, para conocernos y relacionarnos, para compartir nuestra vida como familia de Dios.

Desde esos Centros queremos invitar a los niños al catecismo, a los jóvenes a actividades especialmente preparadas para ellos, a los matrimonios a encuentros que los animen y apoyen, a todos para vivir la vocación y la misión a la que hemos sido llamados por Dios.

Desde esos Centros queremos hacer llegar a quienes sufren por enfermedad, soledad o pobreza el apoyo y la atención que la comunidad-familia pueda proporcionarles para hacerles sentir amados por Dios y por los hermanos.

Desde esos Centros queremos preparar nuestras celebraciones parroquiales para que, al encontrarnos no nos sintamos extraños, lejanos y nuestras Misas dominicales sean alegres y entusiastas, que animen y sean signo de que Dios está con nosotros, que nos ama…

Es la tarea del 2010; te invitamos a aceptarla como hijo de Dios y hermano en la comunidad. Es el paso que podemos y queremos dar hacia el ideal de ser una Comunidad de comunidades, fundada en el Evangelio de Jesucristo, en comunión con el Papa Benedicto XVI y con nuestro Arzobispo Emilio, viviendo, de diversas maneras, la unidad y el amor efectivo y concreto en cada Comunidad Parroquial, en los Centros Pastorales y en las Pequeñas Comunidades Parroquiales.

Por esto, en las campañas de enero y febrero (o4 y 05), nos estamos preocupando por motivar a todos los agentes de pastoral, presbíteros y diáconos, religiosos y religiosas, laicos y laicas, adultos y jóvenes, a vivir la fe como una espiritualidad que motive, anime e impulse la acción entusiasta, en comunión de hermanos, en la búsqueda de todos para llamarlos a construir la comunidad eclesial.

Si eres agente de pastoral o quieres comprometerte a serlo en alguna de las diversas actividades de la Iglesia de Yucatán, ¡anímate y participa en los talleres de espiritualidad!

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal para la Pastoral

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El qué hacer de la Iglesia en el 2010

La Pastoral de la Iglesia de Yucatán en el Año 2010


pastoral

¡Cuánto nos ha amado Dios que nos ha dado a su Hijo, Jesucristo, para que creyendo en Él, y bautizados en su nombre, lo sigamos como discípulos, aprendiendo a hacer la voluntad del Padre y a entregar la vida por amor a los hermanos!

Esta es la experiencia que hemos vivido al celebrar la Navidad.  La pobreza y fragilidad del Niño en el pesebre de Belén nos ha mostrado, con absoluta claridad, lo que el amor divino por el ser humano ha sido capaz de hacer: despojándose de su condición divina, se anonadó a sí mismo, asumiendo nuestra condición humana, compartiendo nuestra vida en todo, menos en el pecado.  Por el Bautismo y la fe hemos sido injertados en Él y formamos su Cuerpo, su Iglesia.  Somos parte del nuevo Pueblo de Dios, germen de su Reino en el mundo.

Al iniciar el nuevo año, 2010, Dios nos ofrece una nueva oportunidad de responder a su amor, a su invitación a seguir a Jesús como discípulos; nos ha convocado ha ser Iglesia y, como Iglesia, ser testigos de su amor en medio del mundo, como fermentos en la masa, como sal y luz, transformando el mundo, la sociedad humana, nuestras familias, pueblos y ciudades, nuestros trabajos y escuelas, en su Reino de amor y paz, de justicia y verdad.

Para la Iglesia Católica en Yucatán este año significa un nuevo desafío, un nuevo reto.  Mediante su acción pastoral, está llamada a dar el paso a la 2ª. Etapa de su Plan Diocesano de Pastoral. Por distintos medios y de muchas maneras, en muchas ocasiones, hemos sido invitados, convocados, a vivir la experiencia de ser hijos de Dios, hermanos, Pueblo de Dios, Iglesia.  La acción pastoral ha intentado llegar a cada casa, a cada hermano, para decirle ¡ven! ¡Dios te quiere, eres su hijo, somos hermanos, convive y comparte con nosotros! ¡Responde a su amor!

Muchos Presbíteros de Yucatán han escuchado la invitación de nuestro Arzobispo a transformar las parroquias en Comunidad de Comunidades; ha estructurar los Centros Pastorales y enviar una Carta Parroquial mensual para que todos los bautizados y personas de buena voluntad se sientan invitados a participar en experiencias de comunidad, de familia, de hermanos. Todavía no hemos llegado a todos…no todos han respondido.  Es necesario continuar la convocación.

Sin embargo, es necesario dar un nuevo paso con quienes ya están respondiendo al llamado, con quienes se sienten parte de esta Iglesia y quieren vivir una experiencia de conversión, de cambio, aprendiendo con Jesús como discípulos, reunidos en su nombre, descubriendo qué quiere Dios de cada uno y de la comunidad católica de Yucatán, aceptando vivir como Jesús la voluntad del Padre.

En esto consiste la 2ª. Etapa del Plan Diocesano de Pastoral que podremos iniciar en septiembre próximo, si hemos logrado las condiciones básicas para poder dar este paso; si nos hemos logrado organizar, en nuestros Centros Pastorales, como Pequeñas Comunidades Parroquiales (PCP’s).  Nuestro objetivo es tener, para septiembre de este año, 3000 PCP’s entre todas las comunidades parroquiales y rectorías (o cuando menos una pequeña comunidad en cada Centro Pastoral).

En las PCP’s, formadas por familias, será posible que “estemos con Jesús” como Juan y Andrés, cuando les dijo: “vengan y verán y permanecieron con Él toda la tarde” (Jn.1, 39).  Ellos descubrieron en la intimidad con Jesús que Él era el Salvador, el Mesías prometido y se hicieron sus discípulos, lo siguieron durante toda su vida, compartiendo su pasión y muerte, siendo sus testigos hasta los confines de la tierra, formando las primeras comunidades cristianas y transformando el Imperio Romano en una nueva sociedad…con nuevos valores, con nuevos ideales, con la esperanza de la plenitud del amor en el Reino de los cielos.

Frente a la experiencia del individualismo, del aislamiento y la dispersión de los seres humanos, de la búsqueda de bienes materiales, comodidad y placer desenfrenado, nuestro mundo, nuestra sociedad, anda hoy “como ovejas sin pastor”.  ¡Jesús es el Salvador!  Él ofrece pastos verdes y aguas claras; Él ofrece vida en abundancia.

La reunión mensual en PCP’s, como sucede en la familia con los niños, nos irá educando con los valores del Evangelio, al compartir nuestras experiencias de vida, al confrontar esa vida con la Palabra de Jesús, al encontrar nuevos caminos de amor y experimentar la alegría de vivir como hermanos, al ser testigos de amor y esperanza para esta sociedad que se debate entre tantos problemas.

Como los apóstoles y discípulos de Jesús, acompañémoslo en su paso entre nosotros haciendo el bien, aprendamos de Él a hacer siempre el bien.

Acompañémoslo hasta su pasión y cruz; vivamos con Él, el paso entre los sufrimientos, dificultades y obstáculos del mundo, en paz y alegría, confiados en la promesa, esperando la resurrección. Aprendiendo de Él a perdonar, a consolar, a dar esperanza, a morir por amor a los hermanos.

La experiencia vivida en las PCP’s nos ayudará a ser una Iglesia viva y dinámica, portadora de amor y esperanza, testigo y misionera del amor de Dios para quien se siente solo, agobiado, deprimido, necesitado de paz, consuelo y esperanza.

¡Que el año 2010 sea para todos y cada uno, en la Iglesia Católica de Yucatán, año de gracia, de salvación, de vida y esperanza, de alegría porque el Señor Jesús va con nosotros, nos guía y nos enseña, nos envía a compartir el amor de Dios con los demás!

Pbro. Fernando J. Sacramento Ávila

Vicario Episcopal de Pastoral

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Encontrarse con Jesucristo

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Hemos empezado ya este AÑO PASTORAL 2009-2010 con las celebraciones de inicio en las que, seguramente, habrán participado en sus Parroquias y Rectorías en las que se ha proclamado el pregón de las actividades de cada una de las Campañas de Pastoral.

En estos primeros meses, SEPTIEMBRE Y OCTUBRE, todas las actividades parroquiales deben orientarse a PROCLAMAR EL KERIGMA, es decir, a hacer llegar a todos, católicos o no, ese primer mensaje del  cristianismo: Dios te ama; ha enviado a Jesús para entregar su vida por ti y hacerte su hijo por el Bautismo y la fe, hacerte parte de su Iglesia, su familia, su Cuerpo, de tal manera, que muriendo con Él por amor, puedas resucitar con Él a una vida eterna, plenitud de amor y felicidad.

Conocer este mensaje a fondo significa descubrir a Jesucristo vivo y presente entre nosotros. Se trata de  encontrarse con Jesús, descubrirlo cercano y actuando. No son sólo palabras. Es la Palabra de Dios, viva, que llega al corazón de cada uno con su amor, con su perdón, con su consuelo, con su promesa de salvación definitiva. Es Palabra viva que no sólo se escucha, sino que se experimenta como encuentro personal y comunitario con Dios. Esta experiencia, este encuentro, necesariamente provoca respuesta de aceptación o rechazo. Ante Él no podemos quedar indiferentes. Jesús ofrece vida, amor, salvación. “Ven y sígueme” son palabras que se actualizan hoy para ti.

La conciencia de nuestra situación de problemas y sufrimientos, de tristezas y dolores, de desorientación y confusión, se ilumina con el conocimiento de Jesucristo, Misericordia y Perdón de Dios, Vida y Esperanza, Salud y Consuelo, entrega total por amor a nosotros. Ante Cristo en la cruz ¿cómo dudar de ser amados por Dios? La vida y muerte de Cristo no es historia pasada, es presencia actual de un Dios que te ama hoy hasta entregar la vida de su Hijo único para tu felicidad, tu salvación, es expresión de un amor como no encontrarás nunca en otro ser.

Ese amor incondicional hace nacer  la confianza, la seguridad y la esperanza. Creer en ese amor te pone en condiciones de enfrentar las circunstancias de la vida con una visión diferente. La fe en Él y la confianza en sus promesas te hacen vivir con seguridad en medio de las dificultades, con la esperanza de la plenitud de realización de ese intercambio amoroso entre Dios y tú.

Y esta experiencia te llevará a preguntar como los judíos y paganos ante el anuncio de Pedro en Pentecostés: ¿qué hemos de hacer hermanos? El llamado de Cristo nos lleva a la conciencia de ser hermanos, de estar en familia, de ser Iglesia, comunidad de discípulo.

Podemos ser sordos ante esta llamada, podemos ser ciegos ante el amor que se entrega… podemos seguir pensando y actuando con las maneras de pensar y actuar del mundo, buscando la  comodidad, el placer, la riqueza, como fuentes de felicidad, como caminos de solución a nuestra  problemática y seguir experimentando, una y otra vez, la decepcionante realidad de lo pasajero e insuficiente de la felicidad conseguida. Seguir sintiéndonos atrapados en una vida sin sentido, o, a lo más, en una vida que se acaba y no contempla un más allá, una trascendencia, algo más de lo que vemos, oímos y sentimos en lo material y caduco.

Jesús es la proclamación de otra vida; una vida que vence la muerte, el  dolor y la enfermedad, el sinsentido y la confusión; es el resucitado que ofrece una nueva perspectiva a esta vida, abriéndonos la posibilidad de superar lo aparentemente insuperable.

Encontrarnos con Él significa abrir el corazón y descubrir su Espíritu actuando en nosotros, dándonos fe y esperanza, confianza y seguridad en Él y en nosotros mismos. Significa aceptar ser transformados, poco a poco, en Él, como  discípulos que van adquiriendo su forma de pensar y de sentir, de vivir y de amar. “Hasta llegar a la plenitud de Cristo”, hasta poder decir con Pablo “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.

Ser discípulo de Cristo es hacerse su seguidor, tomarlo como modelo de nuestro pensar y actuar, hacer nuestra vida como la de Él. Es ver los problemas y dificultades de esta vida como oportunidades de superación, de crecimiento, de ofrenda de amor a favor de los demás, como Él y sus apóstoles, como todos los santos que lo han seguido a lo largo de la historia. Es vivir alegres y en paz, confiados y seguros, porque sabemos a dónde vamos, qué queremos, por qué vivimos. Es vivir para aprender a amar, a amar como Él, entregando la vida por los demás. Es hacer de nuestra vida “memoria” de la suya. Es lograr que quienes nos vean puedan decir: “miren cómo se aman”.

Vale la pena esta experiencia de encuentro con Jesús. Te aseguro que saldrás transformado como Andrés, después de haber pasado la tarde con Él, buscando a Simón, su hermano, para decirle: “Hemos encontrado al Mesías”, al esperado de Israel, al salvador, Dios con nosotros.

¡No rechaces la llamada! ¡No cierres los oídos y el corazón a la felicidad auténtica que llama a tu puerta! ¡Déjate invadir por Dios, deja que transforme tu existencia, déjate amar!

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