XXIX Domingo Ordinario (Comentario Bíblico Dominical)

PRIMERA LECTURA

Del libro del Éxodo 17, 8-13

Cuando el pueblo de Israel caminaba a través del desierto, llegaron los amalecitas y lo atacaron en Refidim. Moisés dijo entonces a Josué: “Elige a algunos hombres y sal a combatir a los amalecitas. Mañana, yo me colocaré en lo alto del monte con la vara de Dios en mi mano”.

Josué cumplió las órdenes de Moisés y salió a pelear contra los amalecitas. Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre del monte, y sucedió que, cuando Moisés tenía las manos en alto, dominaba Israel, pero cuando las bajaba, Amalec dominaba.

Como Moisés se cansó, Aarón y Jur lo hicieron sentar sobre una piedra, y colocándose a su lado, le sostenían los brazos. Así, Moisés pudo mantener en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a los amalecitas y acabó con ellos.

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Es decir, los amalecitas o descendientes de Amalec, nieto de Esaú, Este pueblo de nómadas extendía su influencia desde el sur de Canaán hasta las fronteras de Egipto. Aparece por vez primera el nombre de Josué, jefe supremo de los ejércitos de Israel. Josué significa “Dios salva”. El texto parece atribuir una fuerza mágica a las manos alzadas de Moisés. Sin embargo, no son las manos de Moisés la causa de la victoria; como no lo son tampoco los carros y los muslos de los guerreros de Josué. La convicción de sus triunfos no se debían a sus propias fuerzas sino a la ayuda y al poder del Señor, convicción que estaba profundamente arraigada en Israel: “Unos confían en sus carros; otros en su caballería; nosotros invocamos el nombre del Señor, Dios nuestro”.

Aunque no se dice aquí expresamente que Moisés invocara el nombre del Señor, está claro que de eso se trataba y que sus manos alzadas no pueden significar otra cosa que un gesto de oración. Por eso, porque la victoria sobre los amalecitas era un triunfo de Yahvéh, después  de la batalla Moisés mandó levantar un altar y le puso por nombre “Yahvéh-nisi”, esto es, “la bandera de Yahvéh en la mano”, haciendo alusión al “bastón maravilloso” o cayado de Yahvéh” que enarbolaba en el monte mientras oraba.

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SEGUNDA LECTURA

De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 3, 14-4, 2

Querido hermano: Permanece firme en lo que has aprendido y se te ha confiado, pues bien sabes de quiénes lo aprendiste y desde tu infancia estás familiarizado con la Sagrada Escritura, la cual puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación.

Toda la Sagrada Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir y para educar en la virtud, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté enteramente preparado para toda obra buena.

En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a los  vivos y a los muertos, te pido encarecidamente, por su advenimiento y por su Reino, que anuncies la palabra; insiste a tiempo y a destiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y sabiduría.

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San Pablo exhorta a su discípulo Timoteo a permanecer fiel a la tradición, a lo que ha aprendido de sus familiares (de su madre Eunice y de su abuela Loida, de venerada memoria y recordadas en esta misma carta en 1,5), y a lo que él mismo le ha confiado. Cuando pululan tantos errores y cunde la confusión y las decepciones en la comunidad, Timoteo debe acordarse de la Sagrada Escritura, esto es, de todo el Antiguo Testamento que conoce desde su infancia. Pues, cuando se lee con fe y desde la fe en Jesucristo, la Sagrada Escritura es sabiduría de Dios que conduce a la salvación.

Los libros de la Sagrada Escritura se consideran “inspirados” o escritos bajo el influjo del Espíritu Santo, de manera que Dios es su principal autor. Con todo, la inspiración no debe entenderse como un dictado mecánico que despojaría de espontaneidad y libertad al autor humano, y no explicaría la influencia literaria proveniente del contexto sociocultural. Según el P. Karl Rahner, decimos que Dios es el autor de la Sagrada Escritura  y que ésta ha sido inspirada por lo mismo que afirmamos que Dios es el protagonista de la historia de salvación y el que funda la Iglesia en Jesucristo. Ni la Iglesia, ni la historia de salvación son posibles sin la Sagrada Escritura; por lo tanto, en la medida en que Dios quiere y hace la historia de salvación y funda la Iglesia en Jesucristo, es también autor de la Sagrada Escritura que proclama y confirma la fe del pueblo de Dios.

El “hombre de Dios” que preside y anima la comunidad de los creyentes, pero también todos los fieles, deben leer con fe la Sagrada Escritura para prepararse a realizar toda obra buena. Esta “obra buena” es aquí en especial, el cuidado solícito por la fe en la comunidad. Timoteo debe apoyarse en la Escritura para confirmar en la fe a sus hermanos.

Esta fórmula pasará definitivamente al símbolo de la fe, al Credo. Se entiende por “vivos” a cuantos serán sorprendidos en vida por la venida del Señor, la parusía; por “muertos”, a los que resucitarán al fin de los tiempos. Unos y otros serán juzgados por el Señor.

Pablo recuerda solemnemente a Timoteo cuál es su misión principal: predicar el Evangelio. También el Vaticano II ha subrayado que ésta es la misión principal de los obispos. Todos los obispos, lo mismo que Timoteo, han de predicar a tiempo y a destiempo, con toda comprensión y pedagogía, pero sin eludir nunca el riesgo de decir la verdad a todos, por muy amarga que sea: “Reprende, reprocha, exhorta….”.

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EVANGELIO

Del santo Evangelio según san Lucas 18, 1-8

En aquel tiempo, para enseñar a sus discípulos la necesidad de orar siempre  y sin desfallecer, Jesús les propuso esta parábola:

“En cierta ciudad había un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Vivía en aquella misma ciudad una viuda que acudía a él con frecuencia para decirle: ‘Hazme justicia contra mi adversario’.

Por mucho tiempo, el juez no le hizo caso, pero después se dijo: ‘Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, sin embargo, por la insistencia de esta viuda, voy a hacerle justicia para que no me siga molestando’ ”.

Dicho esto, Jesús comentó: “Si así pensaba el juez injusto, ¿creen ustedes acaso que Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, y que los hará esperar? Yo les digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿creen ustedes que encontrará  fe sobre la tierra?”

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Esta parábola sobre la permanencia en la oración debe entenderse en conexión con el “pequeño Apocalipsis” que la precede (17,22-23). Pues el anuncio de la parusía o manifestación del Señor al fin de los tiempos va normalmente acompañado de una llamada a la vigilancia y a la oración. La razón es que la venida del Señor se anuncia como un acontecimiento decisivo y repentino, por eso es preciso estar alerta y orar sin intermisión pues  no sabemos el día ni la hora. De ahí que Jesús se refiera más bien a una actitud y a lo que pudiéramos llamar la oración de la vida misma que a una oración concreta que es menester repetir una y otra vez.

La parábola encaja muy bien en la situación de aquellos tiempos en los que la viuda era realmente el prototipo de una existencia en soledad y desamparo, y en los que abundaba la siniestra figura del juez venal. En Ex.22,22-24 se dice que Dios escucha el clamor de las viudas y sale en su defensa contra los que abusan de ellas; los profetas denunciaron frecuentemente la corrupción de la justicia. Esta viuda de la parábola no tiene en principio posibilidad alguna de ser escuchada por el juez injusto, pero insiste hasta que el juez cede aunque no sea más que para desembarazarse de ellas.

Es importante hacer notar que lo que pide esta viuda es justicia. También la oración de los elegidos de Dios es una oración para pedir a gritos, día y noche, la justicia. Si un juez inicuo no puede resistir la demanda insistente de una viuda desamparada, con mayor razón Dios, que es bueno, escuchará a los elegidos que le piden justicia.

Ahora bien,  no se puede pedir insistentemente justicia a Dios si no se lucha igualmente con insistencia por establecer entre los hombres la justicia. Una vida de oración sólo es posible cuando hay fe. Con su pregunta abierta, Jesús nos amonesta para que mantengamos la fe hasta el último día. Entonces, en el Día del Señor, comprenderemos que Dios no es un sordomudo ante los gritos de los justos que le piden justicia, comprenderemos que si ahora calla es tan sólo porque nos escucha y espera darnos al fin la respuesta definitiva. Mientras tanto, la lucha que los hombres fieles mantienen sin descanso por una mayor justicia en el mundo es en cierto sentido una respuesta de Dios.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., octubre 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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XXVII Domingo Ordinario (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

¿Hasta cuándo, Señor, pediré auxilio, sin que me escuches, y denunciaré a gritos la violencia que reina, sin que vengas a salvarme? ¿Por qué me dejas ver la injusticia y te quedas mirando la opresión? Ante mí no hay más que asaltos y violencias, y surgen rebeliones y desórdenes.

El Señor me respondió y me dijo: “Escribe la visión que te he manifestado, ponla clara en tablillas, para que se pueda leer de corrido. Es todavía una visión de algo lejano, pero que viene corriendo y no fallará; si se tarda, espéralo, pues llegará sin falta. El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.

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Habacuc, profeta cúltico y de oficio (a diferencia, por ejemplo, del profeta Amós), fue contemporáneo de Jeremías y vivió en tiempos del rey de los caldeos Nabucodonosor II (605-562 antes de C.), que devastó los reinos al norte y al este de Palestina. Esta profecía de Habacuc se puede datar poco antes del primer asedio de Jerusalén por los ejércitos de Nabucodonosor (a.597).

El profeta se lamenta de la situación interior, de las injusticias y violencias con las que hombres sin escrúpulos oprimían a los más humildes del pueblo. Para todos estos oprimidos la invasión caldea podía significar un alivio; sin embargo, Habacuc ve que se trata de una nueva opresión y de una mayor violencia. Por eso denuncia simultáneamente la injusticia interior y la que sobreviene del exterior.

El Señor no debería tolerar por más tiempo tantos desmanes, pues el triunfo de la violencia y la injusticia parece una burla a su Nombre y confunde a cuantos confían en su bondad y en su poder. La queja del profeta contra el Señor es el interrogante angustioso de todos los oprimidos que vacilan en su fe ante los acontecimientos.

El profeta recibe una respuesta esperanzadora. El Señor le ordena que tome nota por escrito de lo que le dice y lo consigue en tablillas de piedra para que las generaciones venideras comprendan que no ha hablado en vano.

Mientras los injustos tienen el alma hinchada, es decir se vanaglorian de éxitos momentáneos que no pueden durar, el hombre justo será salvo definitivamente por su fe si sabe aguantar con paciencia en medio de las dificultades. La confianza en Dios debe acreditarse precisamente cuando llega la prueba.

Pablo utilizará estas palabras de Habacuc en varias ocasiones y apoyará en ellas su doctrina sobre la justificación por la fe y no por las obras de la Ley.

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SEGUNDA LECTURA

De la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 6-8. 13-14

Querido hermano: Te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación.

No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Conforma tu predicación a la sólida doctrina que recibiste de mí acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros.

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Timoteo es discípulo de Pablo y un  buen amigo suyo. Pablo convirtió a Timoteo en su primer viaje apostólico y lo llevó consigo en el segundo. Conoce desde hace tiempo a la familia de Timoteo, a su madre Eunice y a su abuela Loida cuyos nombres acaba de mencionar.

La amistad que le une a Timoteo explica la amonestación cariñosa que ahora le hace para que se mantenga firme en la fe tradicional. Los tiempos son difíciles: Pablo está en la cárcel por amor al Evangelio y otros maestros desaprensivos alteran la doctrina y embaucan a los fieles. Entre estos embaucadores, Pablo cita al final de su carta a un tal Alejandro, el calderero, que tiene por costumbre obstaculizar la predicación evangélica. No cabe duda de que San Pablo escribe muy preocupado por Timoteo al que ve demasiado joven en medio de muchos peligros y con una gran responsabilidad como obispo de una comunidad cristiana. Es tiempo de dar la cara por Cristo y por lo que San Pablo ha predicado. Para cumplir esta misión necesitará Timoteo toda la gracia que ha recibido.

Pablo recuerda a su discípulo cómo le impuso en otro tiempo las manos y le amonesta para que mantenga viva la gracia que entonces recibió. Esta gracia, como gracia ministerial para servir a la Iglesia, es permanente; con todo, es preciso que Timoteo no se descuide de avivarla todos los días como se hace con el rescoldo para encender el fuego del hogar.

Todos los fieles reciben ese mismo espíritu; pero aquí Pablo se refiere a la gracia especial que se confiere a los que tienen un ministerio en la comunidad cristiana. Pablo anima a su discípulo a predicar valientemente el Evangelio sin temor a las persecuciones y a seguir la suerte que él mismo corre. La fe en Cristo y el amor a Cristo le darán fuerzas para defender el Evangelio que ha recibido de Pablo,  su maestro. El Evangelio es un tesoro que sólo podemos guardar con la ayuda del Espíritu que nos ha sido dado y habita en el corazón de todos los creyentes.

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EVANGELIO

Del santo Evangelio según san Lucas 17, 5-10

En aquel tiempo, los apóstoles dijeron al Señor: “Auméntanos la fe”. El Señor les contestó: “Si tuvieran fe, aunque fuera tan pequeña como una semilla de mostaza, podrían decir a ese árbol frondoso: ‘Arráncate de raíz y plántate en el mar’, y los obedecería.

¿Quién de ustedes, si tiene un siervo que labra la tierra o pastorea los rebaños, le dice cuando éste regresa del campo: ‘Entra enseguida y ponte a comer’? ¿No le dirá más bien: ‘Prepárame de comer y disponte a servirme, para que yo coma y beba; después comerás y beberás tú’? ¿tendrá acaso que mostrarse agradecido con el siervo, porque éste cumplió con su obligación?

Así también ustedes, cuando hayan cumplido todo lo que se les mandó, digan: ‘No somos más que siervos, sólo hemos hecho lo que teníamos que hacer’ ”.

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Los Apóstoles, conscientes de su debilidad, piden a Jesús que les aumente la fe. Jesús les responde que si tuvieran fe, es decir, confianza en Dios, harían grandes cosas  por muy pequeña que fuera. Cuando vayan por el mundo a cumplir la misión de predicar el Evangelio verán la fuerza de esa fe, la virtud que desarrolla esa fe pequeña que ahora está en los comienzos. El grano de mostaza, que es la más menuda de las semillas corrientes y produce el mayor de los arbustos hasta el punto de que en él anidan los pájaros del cielo, es la imagen proverbial de la extraordinaria fuerza de lo pequeño.

La parábola del esclavo inútil contiene una enseñanza diversa. Jesús recurre a las relaciones que mantiene un esclavo con su amo para enseñar a sus discípulos que la verdadera humildad descansa en el reconocimiento de nuestra total dependencia de Dios. El esclavo era en aquellos tiempos una propiedad de su amo. Este podía disponer del esclavo según su voluntad indiscutible e indiscutida, sin que tuviera que agradecer los servicios prestados o retribuirlos. Así es el hombre delante de Dios, como un esclavo.

Esta doctrina es dura y hasta deprimente para el hombre, pero no es lo único que dice el Evangelio  a este respecto y debe ser interpretada teniendo en cuenta las otras afirmaciones. Además, convenía dejar bien sentado que Dios es el Señor y que el hombre no puede pleitar con Dios ni pasarle  la factura de sus buenas obras. En última instancia Dios nos salva porque quiere, gratuitamente.

Tengamos presente que Jesús no emite aquí ningún juicio moral sobre la esclavitud dominante en el mundo antiguo. Utiliza simplemente un ejemplo sacado del contexto socio-cultural de su época para ilustrar su enseñanza sobre la humildad del hombre delante de Dios. Es claro que los principios del Evangelio se oponen a toda dominación del hombre sobre el hombre.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., octubre 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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Domingo XXIV (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14.

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés: “Anda, baja del monte, porque tu pueblo, el que sacaste de Egipto, se ha pervertido. No tardaron en desviarse del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios y le han dicho: ‘Éste es tu Dios, Israel; es el que te sacó de Egipto’”. El Señor le dijo también a Moisés: “Veo que este es un pueblo de cabeza dura. Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos. De ti, en cambio, haré un gran pueblo”.

Moisés trató de aplacar al Señor, su Dios, diciéndole: “¿Por qué ha de encenderse tu ira, Señor, contra este pueblo que tú sacaste de Egipto con gran poder y vigorosa mano? Acuérdate de Abraham, de Isaac  y de Jacob, siervos tuyos, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: ‘Multiplicaré  su descendencia como las estrellas del cielo y les daré en posesión perpetua toda la tierra que les he prometido’”. Y el Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.

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No obstante la diversidad de fuentes y tradiciones, el autor ha logrado una composición perfectamente estructurada en sus tres momentos: el proceso de Dios contra Israel, la intercesión de Moisés a favor de su pueblo y el perdón que concede Dios a Israel.

Apenas había sido concluida la alianza del Sinaí, cuando los hijos de Israel quebrantan las cláusulas pactadas. Y el Señor, que había llamado siempre a Israel “pueblo mío”, comienza a hablar del “pueblo de Moisés”. Y es que cuando Israel se aparta  de su Señor, el Señor se retira de su pueblo. Sólo en esa distancia es posible el juicio de Dios y el castigo contra Israel, pero también la plegaria de Moisés y el perdón de Dios, la reconciliación.

Esta apostasía de Israel y la adoración del becerro de oro recuerdan inmediatamente el cisma político-religioso y la apostasía de Israel en tiempos de Jeroboam. Y es muy posible que la narración del Exodo haya sido escrita en vistas a lo que sucedió más tarde, cuando Jeroboam mandó colocar un becerro de oro en Betel y otro en Dan, y dijo a su pueblo: “Estos son los dioses, oh Israel, que te hicieron subir de Egipto”. Sea lo que fuere, sabemos que la prevaricación de los hijos de Israel al pie del monte Sinaí llegó a ser el prototipo de cualquier otra apostasía en la historia de este pueblo de dura cerviz. Y la solemne condena que se hace aquí de esta apostasía vale igual que para cualquier otra, en especial para la cometida en tiempos de Jeroboam.

El Señor se dispone ahora,  lo mismo que cuando  el diluvio, a exterminar a todos los prevaricadores y a comenzar de nuevo. En este caso va a ser Moisés, el único que le ha permanecido fiel, el padre del nuevo pueblo de supervivientes. Pero Moisés renuncia a tal proposición y hace caso omiso de sus propios intereses. Prefiere  solidarizarse con su pueblo e interceder por él ante Dios. Por eso toda la tradición lo celebrará como gran mediador entre Dios y el pueblo de Israel. Nótese que Moisés no disculpa  la conducta de Israel, sino  que apoya su petición en el mismo Dios: en la palabra que dio a los patriarcas y en la obra de salvación que ha iniciado sacando a Israel de la esclavitud de Egipto.

El Señor renuncia a castigar a Israel porque es misericordioso y por su fidelidad a las promesas que hizo a favor de Israel. También porque se lo pide así su siervo Moisés.

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SEGUNDA LECTURA

De la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17.

Querido hermano: Doy gracias a aquel que me ha fortalecido, a nuestro Señor Jesucristo, por haberme considerado digno de confianza al ponerme a su servicio, a mí, que antes fui blasfemo y perseguí a la Iglesia con violencia; pero Dios tuvo misericordia de mí, porque en mi incredulidad obré por ignorancia, y la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús.

Puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas: que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar  a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero Cristo Jesús me perdonó, para que fuera yo el primero en quien él manifestara toda su generosidad, y sirviera yo de ejemplo a los que habrían de creer en él, para obtener la vida eterna. Al rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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San Pablo no acaba de comprender que Jesús se fiara de él hasta el punto de tomarlo a su servicio y confiarle la misión de anunciar  el Evangelio y de administrar los misterios de Dios. Pues si algo cabe esperar de un tal servidor es la fidelidad. Y Pablo recuerda muy bien que Saulo maldijo el nombre de Jesús, persiguió la comunidad de Jesús y mandó encarcelar a los discípulos de Jesús. Pero Jesús tuvo misericordia de Saulo y le salió al encuentro en el camino de Damasco, lo derribó de su caballo y puso su confianza en él, que era un blasfemo,  un perseguidor y un violento. No sólo eso, sino que le dio fuerzas para que correspondiera a su confianza y se hiciera digno de ella. Por eso Pablo, ahora que se encuentra casi al final de su vida, se muestra lleno de agradecimiento a su Señor Jesucristo.

Pablo se considera a sí mismo uno de aquellos por quienes oró Jesús en la cruz cuando dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Pero la inconsciencia y la incredulidad de Saulo no es para el viejo Pablo ninguna disculpa. Lo que le ha disculpado y perdonado es la misericordia de Dios que escuchó la oración de Jesús en la cruz. Pues la gracia de Dios se ha derramado sobre él abundantemente, como se muestra en la fe que ahora tiene en Jesucristo y en el amor que siente por sus hermanos.

Que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores lo ha experimentado Pablo en su propia vida. Por eso podemos creerlo cuando proclama esta verdad gozosa para todos los pecadores. Pues él es el primero. Y su caso es un ejemplo para que todos vean que Cristo es paciente y misericordioso con los pecadores. La acción de gracias de Pablo culmina y concluye en esta hermosa doxología, posiblemente ya conocida en la liturgia sinagogal de lo judíos helenistas  y que ha merecido pasar a la liturgia de la Iglesia (Breviario Romano, en la hora prima). El agradecimiento de Pablo va a parar en últimas instancias al Padre de Nuestro Señor Jesucristo. La majestad de Dios se funda en estos tres atributos: inmortalidad, invisible y único.

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EVANGELIO

Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32.

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo; por lo cual los fariseos y los escribas murmuraban entre sí: “Éste recibe a los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola: “¿Quién de ustedes, si tienen cien ovejas y se le pierde una, no deja las noventa y nueve en el campo y va en busca de la que se le perdió hasta encontrarla? Y una vez que la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido’. Yo les aseguro que también en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos, que no necesitan arrepentirse. ¿Y qué mujer hay, que si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende luego una lámpara y barre la casa y la busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas y les dice: ‘Alégrense conmigo, porque ya encontré la moneda que se me había perdido’. Yo les aseguro que así también se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se arrepiente”.

También les dijo esta parábola: “Un hombre tenía dos hijos, y el menor de ellos le dijo a su padre: ‘Padre, dame la parte que me toca de la herencia’. Y él les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se fue a un país lejano y allá derrochó su fortuna, viviendo de una manera disoluta. Después de malgastarlo todo, sobrevino en aquella región una gran hambre y él empezó a pasar necesidad. Entonces fue a pedirle trabajo a un habitante de aquel país, el cual lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tenía ganas de hartarse con las bellotas que comían los cerdos, pero no lo dejaban que se las comiera. Se puso entonces a reflexionar y se dijo: ‘¡Cuántos trabajadores en casa de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me estoy muriendo de hambre! Me levantaré, volveré a mi padre y le diré: Padre he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Recíbeme como a uno de tus trabajadores’.

Enseguida se puso en camino hacia la casa de su padre. Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos. El muchacho le dijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo’. Pero el padre les dijo a sus criados: ‘¡Pronto!, traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado’. Y empezó el banquete.

El hijo mayor estaba en el campo, y al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y los cantos. Entonces llamó a uno de los criados y le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: ‘Tu hermano ha regresado, y tu padre mandó matar el becerro gordo, por haberlo recobrado sano y salvo’. El hermano mayor se enojó y no quería entrar. Salió entonces el padre y le rogó que entrara; pero él replicó: ‘¡Hace tanto tiempo que te sirvo, sin desobedecer jamás una orden tuya, y tú no me has dado nunca ni un cabrito para comérmelo con mis amigos! Pero eso sí, viene ese hijo tuyo, que despilfarró tus bienes con malas mujeres, y tú mandas matar el becerro gordo’. El padre repuso: ‘Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo. Pero era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida. Estaba perdido y lo hemos encontrado’”.

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San Lucas no se refiere aquí a una situación concreta sino que describe una situación general, es decir, lo que siempre solía ocurrir cuando Jesús predicaba el Evangelio: Mientras los fariseos se acercaban a Jesús tan sólo con el ánimo de espiarle, los publicanos y pecadores (cuantos los fariseos consideraban malas personas desde el punto de vista de su piedad oficial), escuchaban de corazón a Jesús y se convertían al Evangelio. Por eso Jesús los acogía con amor y gustaba de sentarse a comer con ellos en la misma mesa. Y este comportamiento del Maestro levanta aún más la murmuración y la protesta de los fariseos. Entonces Jesús se justifica ante ellos diciendo que asimismo, como él hacía, se comportaba Dios con los pecadores. Las tres parábolas que trae Lucas en su Capítulo XV son, pues, la defensa que hace Jesús de su conducta y, a la vez, la proclamación de la misericordia de Dios.

En ellas se habla también de la conversión. En las dos primeras se hace esto exclusivamente desde el punto de vista de la acción de Dios, pero en la tercera (del hijo pródigo) se tiene también en cuenta la actitud moral y la situación sicológica del pecador. En las tres, lo verdaderamente importante es subrayar que Dios ama a los pecadores incluso antes de su conversión, pues el amor que Dios les tiene es la causa principal de que ellos vuelvan a Dios.

Sucede con frecuencia que una oveja perdida, después de errar por los montes, se acobarda y se echa en tierra sin que nadie pueda ya hacerla seguir. En estos casos no queda más remedio que cargar con ella y llevarla así a su redil.

Los judíos evitaban, por respeto, pronunciar el santo nombre de Dios y utilizaban en su lugar expresiones como esta del “cielo”. Por otra parte, no se afirma que Dios ame más a los pecadores que a los justos. Lo que se dice es que ama también a los pecadores, según aquellas palabras de Ezequiel: “Dios no se complace en la muerte del pecador, sino en que se convierta y viva”.

En Palestina ya las mujeres de aquellos tiempos se adornaban la cabeza con una diadema o casquete con monedas engarzadas. Estas monedas constituían parte de su dote y eran su tesoro más preciado, ni siquiera se desprendían de él para dormir. La mujer de esta parábola es, sin duda, una mujer pobre, pues debía vivir en una casa muy pequeña, sin otra luz que la que entraba por la puerta; por esta razón, y no porque fuera de noche, tiene que encender una lámpara cuando se dispone a buscar su moneda perdida. Lo mismo que una mujer pobre ama la moneda con que se adorna la cabeza y su propia dote, así ama Dios a los pecadores. Con los pecadores arrepentidos se hace Dios una corona.

El rasgo principal de la parábola del hijo pródigo –cuya lectura se puede omitir- hace alusión al gran amor con el que Dios acoge al pecador arrepentido. El pecado nos aparta de Dios y nos hace esclavos de las criaturas. Pero Dios respeta nuestra libertad, nos deja ir y espera que volvamos a El. Sólo cuando el hombre llega al límite de su miseria es posible que recapacite y vuelva sobre sus pasos. La conversión se inicia cuando se reconoce el propio pecado, sin disculpas. Pero Dios no sólo espera al pecador arrepentido, sino que le sale al encuentro con su gracia, lo restablece amorosamente en su dignidad y lo colma de bienes.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., septiembre 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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Domingo XXIII Ordinario (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro de la Sabiduría 9, 13-19

¿Quién es el hombre que puede conocer los designios de Dios? ¿Quién es el que puede saber lo que el Señor tiene dispuesto? Los pensamientos de los mortales son inseguros y sus razonamientos pueden equivocarse, porque un cuerpo corruptible hace pesada el alma y el barro de que estamos hechos entorpece el entendimiento.

Con dificultad conocemos lo que hay sobre la tierra y a duras penas encontramos lo que está a nuestro alcance. ¿Quién podrá descubrir lo que hay en el cielo? ¿Quién conocerá tus designios, si tú no le das la sabiduría, enviando tu santo espíritu desde lo alto?

Sólo con esa sabiduría lograron los hombres enderezar sus caminos y conocer lo que te agrada. Sólo con esa sabiduría se salvaron, Señor, los que te agradaron desde el principio.

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El cap. 9 del libro de la Sabiduría es una oración que el autor pone en labios de Salomón. Aquí, en los versillos 13-19, concluye esta oración y también la segunda parte del libro.

Con esta pregunta retórica se afirma que la inteligencia humana es incapaz de comprender los designios de Dios y su divina voluntad. Se compara el cuerpo humano a una tienda en donde habita el alma que medita. Y como su cuerpo, así son también de mezquinos y falibles los pensamientos del hombre. Pues el cuerpo es un lastre para su alma.

El dualismo antropológico que hace su aparición en este texto es de raigambre griega. El autor se sirve de él, ocasionalmente, para ilustrar lo que quiere decirnos: que el hombre terreno no puede elevarse por sí mismo al conocimiento de la voluntad de Dios. Por lo demás, la antropología bíblica difiere considerablemente del famoso dualismo platónico de tan funestas consecuencias en la espiritualidad cristiana. Pues en la Biblia la palabra central es “corazón”. Con esta palabra se designa aquella unidad profunda de la persona humana que es anterior a cualquier distinción entre el alma y el cuerpo.

El hombre siente las limitaciones de su inteligencia incluso cuando se esfuerza en el conocimiento de las cosas más cercanas y familiares, de aquellas que están al alcance de su mano. Con mayor razón siente su incapacidad cuando pretende llegar con su conocimiento a las cosas del cielo, que le son inaccesibles. De ahí que, para conocer los designios de Dios necesite que  descienda sobre él el Espíritu de Dios.

La sabiduría es un don de Dios. Evidentemente no se habla aquí de la sabiduría de los filósofos, de la sabiduría que nos hace doctos, o de la ciencia que nos “infla”; se habla de una sabiduría eminentemente práctica, de la sabiduría de la vida que conduce a la salvación integral. En este sentido, sabio es aquel que conoce la voluntad de Dios y la cumple.

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SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a Filemón 9-10. 12-17

Querido hermano: Yo Pablo, ya anciano y ahora, además, prisionero por la causa de Cristo Jesús, quiero pedirte algo a favor de Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado para Cristo aquí, en la cárcel.

Te lo envío. Recíbelo como a mí mismo. Yo hubiera querido retenerlo conmigo, para que en tu lugar me atendiera, mientras estoy preso por la causa del Evangelio. Pero no he querido hacer nada sin tu consentimiento, para que el favor que me haces no sea como por obligación, sino por tu propia voluntad.

Tal vez él fue apartado de ti por un breve tiempo, a fin de que lo recuperaras para siempre, pero ya no como esclavo, sino como algo mejor que un esclavo, como hermano amadísimo. Él ya lo es para mí. ¡Cuánto más habrá de serlo para ti, no sólo por su calidad de hombre, sino de  hermano en Cristo! Por lo tanto, si me consideras como compañero tuyo, recíbelo como a mí mismo.

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He aquí una verdadera carta de Pablo en el sentido usual de la palabra, una carta de recomendación a uno  de sus amigos. Se trata del más breve de los escritos que conservamos de Pablo.

En esta carta se ocupa el apóstol del caso de un esclavo, llamado Onésimo, que se escapó de la casa de su amo después de haberle robado. Filemón, el amo, era un ciudadano rico de la ciudad de Colosas, en cuya casa radicaba una de aquellas comunidades cristianas funda

das por Pablo durante su estancia en Efeso.

Pablo pide a Filemón que reciba a Onésimo como a un hermano. Su petición es la petición de un anciano y de un apóstol prisionero por servir al Evangelio, dos títulos que indiscutiblemente pesarían mucho en la conciencia de Filemón. Se apoya también en la amistad que les une.

Onésimo es para Pablo como un verdadero hijo, pues lo ha engendrado para la vida nueva de la fe en su prisión de Roma. Por su gusto hubiera retenido consigo a Onésimo, el hijo de sus entrañas. Pero conoce los derechos de Filemón y prefiere que éste haga voluntariamente lo que debe hacer según el evangelio del amor al prójimo.

Pablo interpreta la huída de Onésimo como una separación momentánea y providencial para el mismo Filemón. Pues ahora puede éste recuperarlo como a un hermano y para siempre.       En fin, le pide que reciba a Onésimo como si se tratara de su propia persona. Pablo se identifica con el pobre y el desheredado, lo mismo que hizo Jesús.

Algunos parece que olvidan veinte siglos de historia cuando se lamentan de que Pablo no abordara en su raíz el problema de la esclavitud. Pero es evidente que los condicionamientos históricos impedían a Pablo hacer algo así como un manifiesto de los derechos humanos. Pero hizo cuanto pudo: considerar a Onésimo como a un hermano y ayudar a Filemón a madurar en su vida y en sus ideas. Ni Pablo ni su amigo Filemón podían cambiar en un instante la estructura jurídico-social de todo el Imperio. Sin embargo, el espíritu del Evangelio y la vida de las primitivas comunidades cristianas contenían en sí los gérmenes destructores de la esclavitud.

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EVANGELIO

Del santo Evangelio según san Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, caminaba con Jesús una gran muchedumbre y él, volviéndose a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a su padre y a su madre, a su esposa y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, más aún, a sí mismo, no puede ser mi discípulo.

Porque, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se pone primero a calcular el costo, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que, después de haber echado los cimientos, no pueda acabarla y todos los que se enteren  comiencen a burlarse de él, diciendo: ‘Este hombre comenzó a construir y no pudo terminar’.

¿O qué rey que va a combatir a otro rey, no se pone primero a considerar si será capaz de salir con diez mil soldados al encuentro del que viene contra él con veinte mil? Porque si no, cuando el otro esté aún lejos, le enviará una embajada para proponerle las condiciones de paz.

Así pues, cualquiera de ustedes que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo”.

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Después de escuchar la parábola de los invitados al banquete, los oyentes de Jesús podían llegar a creer que la entrada en el Reino de Dios era cosa de chiquillos y que todo consistía en aceptar la invitación que se hace a todo el mundo. Sin embargo, la cosa no es tan simple y tiene sus dificultades. Por eso Mateo precisa  en el sentido de la parábola hablándonos seguidamente del vestido apropiado que hay que llevar al banquete de bodas, y Lucas recoge una serie de palabras de Jesús sobre las exigencias que hace a cuantos quieran ser sus discípulos y entrar en el Reino de Dios.

Cuanto se presenta como un obstáculo en el seguimiento de Cristo debe ser eliminado sin contemplaciones. No importa que se trate de los vínculos más legítimos o de los más grandes bienes. Todo debe sacrificarse con tal de seguir a Cristo hasta la  muerte, incluso la propia vida.

La intelección de ambas parábolas depende del versillo 33, que es el último de nuestra lectura. Sólo así puede evitarse su aparente ambigüedad. Pues pudiera parecer que Jesús aconseja que se abandone la voluntad de entrar en su discipulado cuando, después de pensarlo a fondo, uno se siente incapaz de cumplir todo cuanto esto exige. Pero en realidad Jesús quiere decir solo, y nada menos, que para ser discípulo hace falta una actitud total de desprendimiento y que esto no debe olvidarlo nadie. A veces esta actitud deberá traducirse en renuncias efectivas, pero en cualquier caso el discípulo de Jesús debe estar a punto de dejarlo todo por la causa del Evangelio.

Por otra parte queda bien claro que lo único necesario para todos los hombres es entrar en el Reino de los Cielos, y que esto no es posible a cuantos resisten la llamada de Jesús.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., septiembre 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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Domingo XVI Ordinario (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro del Génesis 18, 1-10

Un día, el Señor se le apareció a Abraham en el encinar de Mambré. Abraham estaba sentado en la entrada de su tienda, a la hora del calor más fuerte. Levantando la vista, vio de pronto a tres hombres que estaban de pie ante él. Al verlos, se dirigió a ellos rápidamente desde la puerta de la tienda, y postrado en tierra, dijo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, te ruego que no pases junto a mí sin detenerte. Haré que traigan un poco de agua para que se laven los pies y descansen a la sombra de estos árboles; traeré pan para que recobren las fuerzas y después continuarán su camino, pues sin duda para eso han pasado junto a su siervo”.

Ellos le contestaron: “Está bien. Haz lo que dices”. Abraham entró rápidamente en la tienda donde estaba Sara y le dijo: “Date prisa, toma tres medidas de harina, amásalas y cuece unos panes”.

Luego Abraham fue corriendo al establo, escogió un ternero y se lo dio a un criado para que lo matara y lo preparara. Cuando el ternero estuvo asado, tomó requesón y leche y se lo sirvió todo a los forasteros. Él permaneció de pie junto a ellos, bajo el árbol, mientras comían. Ellos le preguntaron: “¿Dónde está Sara, tu mujer?” Él respondió: “Allá, en la tienda”. Uno de ellos le dijo: “Dentro de un año volveré sin falta a visitarte por estas fechas; para entonces, Sara, tu mujer, habrá tenido un hijo”.

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Abraham fue llamado “el amigo de Dios” y todavía los árabes, recordando a Abraham, llaman al monte Hebrón con el nombre de el Jalil que significa “el amigo”. La escena que recoge nuestra lectura narra con sencillez y calor humano la visita  de Dios a Abraham, su amigo. Abraham, el más ilustre de todos los nómadas, recibe en su tienda al mismo Dios y despliega en su honor todas las delicadezas de la hospitalidad proverbial de los hombres del desierto.

Aunque en algunos textos se ha tratado de simplificar la lectura de esta versión eliminando lo que parecía un cambio inexplicable de la alocución singular a la plural, parece que debe conservarse la versión más difícil del texto masorético. Abraham se dirige a los tres hombres diciendo: “Señor, si he alcanzado tu favor….”, y continúa después: “Haré que traigan agua para que os lavéis los pies”. Una interpretación del texto en sentido trinitario no parece pausible, pues estaría fuera del horizonte espiritual de los lectores del Antiguo Testamento Por otra parte, no se trata de un caso único; también Lot se dirige en forma singular y llama Señor a los dos ángeles, o enviados de Yahvéh que sacarían a él y a su familia de Sodoma. Según la concepción del escritor, Yahvéh se manifiesta y se hace presente en sus “ángeles” sean éstos dos –como en el caso de Lot- o tres.

Los “ángeles” no se identifican con Yahvéh estando éste ausente. Más bien debe decirse que los “ángeles” son el signo visible de la presencia invisible de Yahvéh, lo mismo que los querubines del Arca de la Alianza que señalan el lugar de la presencia de Dios. El autor puede escribir ya sea suponiendo la presencia invisible de Yahvéh o referirse a los “ángeles” que la manifiestan. El tránsito de la forma singular a la plural denota que el mismo Yahvéh es quien está presente y actúa, si bien su presencia sólo se hace visible en sus ángeles

El momento culminante de esta narración se alcanza en la promesa final. Abraham y Sara eran dos ancianos, pero Abraham había esperado contra toda esperanza. El nacimiento de Isaac vendría a demostrar que esta esperanza en Dios, su amigo fiel, no había sido en vano.

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SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los colosenses 1, 24-28

Hermanos: Ahora me alegro de sufrir por ustedes, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su cuerpo, que es la Iglesia.

Por disposición de Dios, yo he sido constituido ministro de esta Iglesia para predicarles por entero su mensaje, o se el designio secreto que Dios ha mantenido oculto desde siglos y generaciones y que ahora ha revelado a su pueblo santo.

Dios ha querido dar a conocer a los suyos la gloria y riqueza que este designio encierra para los paganos, es decir, que Cristo vive en ustedes y es la esperanza de la gloria. Ese mismo Cristo es el que nosotros predicamos, cuando corregimos a los hombres y los instruimos con todos los recursos de la sabiduría, a fin de que todos sean cristianos perfectos.

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La predicación del Evangelio es para San Pablo causa de muchos padecimientos. Esta misma carta la escribe Pablo desde la cárcel, en donde se encuentra prisionero por haber predicado el Evangelio. Todos estos padecimientos pueden llamarse “dolores de Cristo”, pues son dolores que inevitablemente acompañan en este mundo a cuantos sirven a la causa de Cristo y el Evangelio. Al decirnos Pablo que “completa” en su carne los dolores de Cristo, no quiere decir que la pasión y muerte de Cristo fueran insuficientes para redimir a los hombres. Con todo, para que los hombres se salven, es preciso seguir predicando el Evangelio de Cristo y, consiguientemente, seguir padeciendo por la causa de Cristo. Así, pues, los apóstoles que continúan la misión de Jesús y sirven al Evangelio, completan en su carne los dolores de Cristo. Cuantos predican el Evangelio, pueden decir lo mismo que Pablo dice de sí mismo y de los apóstoles: “llevamos en el cuerpo, siempre y por todas partes, la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos.

Los padecimientos de Pablo, por causa del Evangelio, son padecimientos por la Iglesia y en favor de la Iglesia. Pues ésta es el cuerpo de Cristo y toda ella está comprometida en la misión de Cristo, que es su cabeza. Si Pablo sufre por Cristo, sufre  en solidaridad con todos los que son  de Cristo, sufre también por la Iglesia. Este pensamiento le consuela y le llena de gozo, no sólo ahora que está encadenado, sino también porque está encadenado.

Pablo, elegido por Dios para servir a la Iglesia predicando el Evangelio, hace lo que puede para cumplir su misión incluso desde la cárcel. Pues si él está en la prisión, el Evangelio no está encadenado. Ahora se sirve de la pluma y no cejará hasta decir cuanto tiene que decir, el “mensaje completo”.

El Evangelio es como un inmenso tesoro escondido durante muchos siglos en la intimidad de Dios y ahora manifestado a su pueblo. También los gentiles son beneficiarios de las inmensas riquezas de Dios. Los gentiles que en otro tiempo no tenían esperanza, son ahora “herederos de Dios y coherederos con Cristo”. El contenido del Evangelio es el mismo Cristo, “la esperanza de la gloria” de todos los creyentes, sean judíos o gentiles.

Lo que Pablo anuncia no es, pues, simplemente una verdad sobre Cristo, sino al mismo Cristo. El creyente que escucha el Evangelio recibe a Cristo en su corazón y no sólo una verdad sobre él, entra  en comunión con Cristo que es la Verdad. Por la fe, Cristo habita en nuestros corazones.

Dios quiere que todos los hombres se salven y, por ello, Pablo se esfuerza para que Cristo sea anunciado a todos los hombres, a fin de que todos lleguen a la plenitud de vida en comunión con Cristo.

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EVANGELIO

Del santo Evangelio según san Lucas 10, 38-42

En aquel tiempo, entró Jesús en un poblado, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Ella tenía una hermana, llamada María, la cual se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra. Marta, entre tanto, se afanaba en diversos quehaceres, hasta que, acercándose a Jesús, le dijo: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude”.

El Señor le respondió: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte y nadie se la quitará”.

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Sabemos por san Juan (11,1) que el nombre de esta aldea, en donde vivían los amigos de Jesús, Marta y María con su hermano Lázaro, se llamaba Betania.

La respuesta de Jesús a Marta no tiene ningún sentido de crítica a su comportamiento. Desde luego, no significa ninguna valoración de la vida contemplativa sobre la vida activa. Entre otras razones, porque escuchar es también poner en práctica la palabra de Dios.

Jesús se dirige a Marta en un tono familiar. La expresión “sólo una cosa es necesaria” tiene aquí ciertamente un sentido espiritual, se refiere a escuchar la palabra de Dios. Y esto es lo que ha elegido María, mientras Marta, de momento, se afana por otras cosas. Pero hay otra versión, atestiguada en textos muy antiguos y que responde mejor a la situación dada; según esta versión, Jesús responde a María así: “con poco basta, o sólo con una cosa”. De acuerdo con esta variante, Jesús vendría a decir a Marta que no se afanara demasiado en preparar la mesa, ya que lo importante es anunciar el reino de Dios, y para comer con poco es suficiente. De seguro que Marta también hubiera deseado sentarse a los pies del Maestro, como su hermana. Sin embargo, de momento sigue con su trabajo y piensa que es preferible dar antes que recibir.

María, la madre de Jesús, supo muy bien atender las necesidades de su hijo y guardar todas las palabras de Jesús en su corazón. Es en María de Nazaret donde encontramos el verdadero ideal cristiano.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., julio 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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Comentario Bíblico del Domingo 12º Del Tiempo Ordinario

 

 PRIMERA LECTURA

Del libro del profeta Zacarías 12, 10-11; 13, 1

            Esto dice el Señor: “Derramaré sobre la descendencia de David y sobre los habitantes de Jerusalén, un espíritu de piedad y de compasión y ellos volverán sus ojos hacía mí, a quien traspasaron con la lanza. Harán duelo, como se hace duelo por el hijo único y llorarán por él amargamente, como se llora por la muerte del primogénito.

            En ese día será grande el llanto en Jerusalén, como el llanto en la aldea de Hadad-Rimón, en el valle de Meguido”.

            En aquel día brotará una fuente para la casa de David y los habitantes de Jerusalén, que los purificará de sus pecados e inmundicias.

Comentario:

He aquí un oráculo del segundo Zacarías, de época posterior al primero y probablemente de comienzos del siglo IV. Nos habla del cambio de los sentimientos de los habitantes de Jerusalén respecto a un muerto famoso, “el traspasado”. Tal cambio será la consecuencia de la intervención de Dios, que derramará  sobre la dinastía de David y sobre los ciudadanos de Jerusalén “un espíritu de gracia y de clemencia”. En el original hebreo se usan aquí dos palabras de una misma raíz y parece tratarse más bien de una forma reiterativa  para expresar la intensidad del nuevo sentimiento; hubiera sido preferible traducir la primera de ellas, “gracia”, por benevolencia o piedad. El objeto de esta benevolencia y de esta clemencia será el “traspasado”, que no es, desde luego, el mismo Dios, según sugiere la traducción española. En el texto original no se dice quién es este personaje y quiénes fueron los que lo “traspasaron”.

            El profeta anuncia el cambio de sentimientos aludiendo a la efusión escatológica del Espíritu de Dios. El “traspasado” es, de todas formas, un gran personaje, lo cual explica el luto nacional que se va a hacer por su muerte. Se trata también de alguien que, como el Siervo de Yahvéh, dará su vida por todo el pueblo. Los que no hicieron caso al “traspasado” y  no se dignaron mirarle a la cara cuado vivía, volverán sus ojos hacia él cuando ya esté muerto y lo llorarán como se llora a un primogénito. San Juan interpreta este pasaje de Jesucristo, que fue traspasado en la cruz por la lanza de un soldado.

Hadad-Rimmon es el nombre del dios de la lluvia y de la fertilidad, al que tributaban culto los pueblos semitas occidentales. El luto por el “traspasado” se compara al clamor y al llanto que se producía en las fiestas de este dios de la vegetación, que muere y resucita, en el valle de Meguido.

SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol san Pablo a los gálatas 3, 26-29

            Hermanos: Todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, pues, cuantos han sido incorporados a Cristo por medio del bautismo, se han revestido de Cristo. Ya no existe diferencia entre judíos y no judíos, entre esclavos y libres, entre varón y mujer, por Cristo, son también descendientes de Abraham y la herencia que Dios le prometió, les corresponde a ustedes.

Comentario:

La justificación por la fe en Jesucristo nos hace hijos de Dios  y miembros de su pueblo. El hombre es hecho hijo de Dios en el bautismo. Pues por el bautismo nos incorporamos a Cristo, el Hijo, y participamos de su filiación divina. El bautismo es también el sacramento de la fe, en el que se expresa la fe.

            “Revestirse de Cristo” significa, probablemente haciendo alusión a un rito sagrado, unirse vitalmente a Cristo y recibir su Espíritu. Es como si el cristiano, en virtud de la fe y por el bautismo, entrara en el ámbito de influencia del Espíritu de Cristo, es decir,  del Espíritu que Cristo, una vez resucitado, envía desde el Padre. Este es el Espíritu que opera la presencia de Cristo en medio de la comunidad eclesial y en el corazón de los creyentes; es el que nos une a todos con Cristo, la cabeza, para formar un mismo cuerpo que es la Iglesia, el Pueblo de Dios. Este Espíritu se llama también “Espíritu de filiación”, pues uniéndose al Hijo nos hace hijos de Dios.

Y siendo todos hijos de Dios, somos hermanos. No importa que en el mundo haya diferencias religiosas, sociales o naturales. Todas ellas quedan superadas por esa nueva fraternidad en Cristo. Todos somos también hijos de Abraham, pues estamos unidos a Cristo, que es “el Descendiente de Abraham” y el heredero de cuantas promesas le hizo Yahvéh. De ahí que todos seamos ahora coherederos en Cristo. Se acabaron los privilegios de Israel; el verdadero y nuevo Israel es universal y no tiene que ver nada con la carne y la sangre; es un nuevo pueblo en Cristo, una nueva unidad operada por el Espíritu de Cristo que nos ha sido dado.

EVANGELIO           

Del santo Evangelio según san Lucas 9, 18-24

            Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos contestaron: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos profetas que ha resucitado”.

            Él les dijo: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Respondió Pedro: “El Mesías de Dios”. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.

            Después les dijo: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día”.

            Luego, dirigiéndose a la multitud, les dijo: “Si alguno quiere acompañarme, que no se busque a sí mismo, que tome su cruz de cada día y me siga. Pues el que quiera conservar para sí mismo su vida, la perderá; pero el que la pierda por mi causa, ése la encontrará”.

Comentario:

Aunque Lucas no dice nada sobre la fecha y lugar de esta escena, sabemos por los otros dos evangelistas sinópticos que ocurrió en Cesárea de Filipo. Por su parte, Lucas es el único que menciona la oración de Jesús en presencia de sus discípulos. Esta oración de “Jesús solo” es señal de su relación singularísima y personal con el Padre, en la que nadie puede inmiscuirse.

            Jesús tiene conciencia de su dignidad y su misión, sabe quién es. Pero los hombres andan despistados y rondando el Misterio, sin entrar en él. Unos dicen que es Juan Bautista, otros que Elías, y otros que uno de los profetas antiguos que ha resucitado. Jesús quiere saber qué piensan aquéllos que son sus amigos, a los que les ha abierto el corazón y ha reunido en  torno suyo.

            Pedro responde en nombre de los Doce. Lo que dice de Jesús es la expresión de un conocimiento que le ha sido dado, que no procede de la carne y de la sangre, sino del Padre. Nadie puede entrar en el Misterio de Jesús si Jesús no se manifiesta, se le abre, y si el Padre no lo introduce en Jesús.

            Jesús prohíbe a los suyos que vayan diciendo a la gente que él es el Mesías de Dios. La razón hay que verla en el deseo de Jesús de evitar malentendidos en el pueblo. Recuérdese como los contemporáneos de Jesús, incluso sus discípulos, pensaban en un Mesías que restableciera el privilegio nacional y librara a Israel de la presión extranjera. El significado de la persona, de las palabras y obras del Maestro, de la misión y del mensaje del Mesías de Dios, lo descubrirían los discípulos tan sólo a la luz de los acontecimientos pascuales. Entonces y una vez recibieran el Espíritu Santo, será llegado el momento de proclamar sin equívocos que Jesús es el Mesías de Dios.

            Como Mesías, Jesús ha venido al mundo a cumplir la voluntad del Padre. Y ésta es la voluntad del Padre: que padezca, muera y resucite. La reacción de los discípulos ante este programa de Jesús, no la menciona San Lucas; en cambio, Marcos nos dice que Pedro trató de apartar al Maestro de su camino.

La suerte que Jesús está dispuesto a correr entregando su vida hasta la muerte de cruz, es elevada a norma de conducta de cuantos quieran seguirle. Sólo así puede llegar el éxito de la Resurrección y sólo los que le siguen podrán resucitar con él. Pues vivir es dar la vida, y retener la propia vida para ponerla a salvo es morir.

Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.

 Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.

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Domingo de la Santísima Trinidad (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Proverbios 8, 22-31

Esto dice la sabiduría de Dios: “El Señor me poseía desde el principio, antes que sus obras más antiguas. Quedé establecida desde la eternidad, desde el principio, antes de que la tierra existiera.

Antes de que existieran los abismos y antes de que brotaran los manantiales de las aguas, fui concebida. Antes de que las montañas y las colinas quedaran asentadas, nací yo. Cuando aún no había hecho el Señor la tierra ni los campos ni el primer polvo del universo, cuando él afianzaba los cielos, ahí estaba yo. Cuando ceñía con el horizonte la faz del abismo, cuando colgaba las nubes en lo alto, cuando hacía brotar las fuentes del océano, cuando fijó al mar sus límites y mandó a las aguas que no los traspasaran, yo estaba junto a él como arquitecto de sus obras, yo era su encanto cotidiano; todo el tiempo me recreaba en su presencia, jugando con el orbe de la tierra y mis delicias eran estar con los hijos de los hombres”.

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En el texto que la liturgia nos ofrece hoy, aparece la ‘sabiduría personificada’, realidad conocida en el ámbito sapiencial. Pero es la primera vez que esa sabiduría se autopresenta a los hombres. Y lo hace como ser primordial en el orden de la creación. Constituye un paso más en la evolución de la teología sapiencial de Israel quizá por influencia del pensamiento egipcio. La sabiduría personificada, como fundamento y garante del orden cósmico, presupone que Israel ya tenía una idea del orden cósmico. De esta forma, el autor relaciona estrechamente este orden con la autoría de Dios de dicho orden. Este no procede de la nada, sino de Dios mismo.

Por otra parte, los cantos a la Sabiduría son muy frecuentes en toda la literatura sapiencial bíblica, en aquella literatura que aparece después del exilio de Babilonia y bajo la influencia de la cultura helenista. Aquí tenemos parte de uno de esos cantos. El autor introduce la Sabiduría personificándola poéticamente. La Sabiduría hace su presentación como primera criatura. Ella acompañaría después al Creador en todas sus obras. La personificación de la Sabiduría no implica de suyo la existencia de una segunda persona divina, del Verbo en quien fueron creadas todas las cosas (Prólogo del Evangelio según San Juan). Sin embargo, este texto y otros semejantes sobre el mismo tema sirvieron providencialmente de enlace entre el monoteísmo indefinido del Antiguo Testamento y la doctrina trinitaria del Nuevo Testamento.

De acuerdo con la visión semita del universo, el autor refiere la creación de las obras fundamentales y más primitivas, para afirmar así que la Sabiduría con la que Dios hizo todas las criaturas es lo más antiguo y valioso. Dios se complace en la Sabiduría, pero el gozo de la Sabiduría está a su vez, en andar entre los hijos de los hombres.

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SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol San Pablo a los romanos 5, 1-5

Hermanos: Ya que hemos sido justificados por la fe, mantengámonos en paz con Dios, por mediación de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido, con la fe, la entrada al mundo de la gracia, en el cual nos encontramos; por él, podemos gloriarnos de tener la esperanza de participar en la gloria de Dios.

Más aún, nos gloriamos hasta de los sufrimientos, pues sabemos que el sufrimiento engendra la paciencia, la paciencia engendra la virtud sólida, la virtud sólida engendra la esperanza y la esperanza no defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que él mismo nos ha dado.

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Haber sido justificado significa haber alcanzado la paz con Dios. Sin Cristo, hay entre Dios y el hombre pecador guerra y enemistad. Pero en Cristo y por la fe en Cristo cesa la guerra y viene la paz. Dicha paz no es tan sólo un estado anímico, sino una nueva relación con Dios, la cual influye después  en el estado del alma.

“Esta gracia en que estamos” es la nueva relación de los hombres a Dios. Redimidos por Cristo, somos ya “hijos de Dios”. La filiación divina es obra del Espíritu Santo. Sabiendo que somos hijos de Dios, esperamos alcanzar la gloria que a tales hijos corresponde. Por eso nos gloriamos, y éste es nuestro orgullo; pero no nos gloriamos como los fariseos en nuestra autosuficiencia y en el cumplimiento de la ley.

La esperanza y la confianza de los hijos de Dios sólo es posible si tenemos experiencia de la salvación recibida. Y es precisamente en las tribulaciones donde esta confianza se acredita como fuerza invencible, como constancia. Por la fe en el “Padre de misericordia y Dios de todo consuelo”, el cristiano resiste siempre contra toda esperanza humana. Y esa constancia y esa fidelidad en medio de las pruebas engendra de nuevo una mayor esperanza y nos hace sentir la salvación. La fe y la esperanza crecen en medio de las penas de la vida y mediante ellas, hasta que llegue la salvación total y la visión de lo que ahora sólo barruntamos. La firmeza de la esperanza cristiana se nutre del amor de Dios, del que Dios nos tiene y ha sido derramado en nuestros corazones. Participamos y conocemos ese amor en virtud del Espíritu Santo que nos ha dado el Padre.

Ese Espíritu no sólo nos cerciora de que Dios  nos ama, sino que él mismo es la realidad, el Don, de ese amor de Dios. El es también la garantía de que el Amor de Dios consumará la obra de salvación que ha comenzado en nosotros para que así la esperanza no quede defraudada.

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EVANGELIO

Del Santo Evangelio según San Juan 16, 12-15

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero, cuando venga el Espíritu de verdad, él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder. El me glorificará, porque primero recibirá de mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de los mío y se lo comunicará a ustedes”.

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La comunidad joánica se encuentra en dificultades. La referencia al Espíritu Santo como animador de esperanza remite al Espíritu que animó la vida terrena de Jesús y que animó sus opciones mesiánicas. Estas opciones conllevaron conflictos a Jesús hasta la muerte. La promesa del mismo Espíritu y lo que él hará es fundamento de esperanza para los momentos en que la comunidad se enfrenta a dificultades a causa de su fe, especialmente por parte del ambiente judío. El ‘futuro’ es el presente que está viviendo la comunidad. La figura clave en la defensa de la comunidad es el Espíritu Santo, no la propia comunidad. El garantiza la supervivencia de la comunidad.

Ahora bien, no obstante la profundidad y la cantidad de las palabras de Jesús a sus discípulos, cuando tiene que irse todavía les quedan a éstos mucho que aprender. El mismo evangelista Juan nos dice que los discípulos de Jesús llegaron a comprender algunas palabras del Maestro tan sólo después de su muerte y resurrección. Pero aparte aquellas palabras de Jesús referentes a su muerte y resurrección y cuyo alcance no podían medir sus discípulos hasta después de los acontecimientos y bajo la nueva luz pascual, debemos afirmar que la profundización en el conocimiento de la persona, del mensaje y de la obra del Maestro sería posible únicamente bajo el influjo del Espíritu Santo. Fruto de esa comprensión interior son las cartas de Pablo, la Epístola a los Hebreos y el mismo Evangelio según San Juan.

Jesús es la misma Verdad o Palabra de Dios. Y el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, el que Cristo envía desde el Padre; por lo tanto, el Espíritu de la Verdad. De ahí que esta Verdad sólo pueden comprenderla plenamente los que reciben su Espíritu.

El Espíritu Santo no enseñará nuevas verdades, sino que conduciría al pleno conocimiento de la verdad. Será un Espíritu para recordar lo que el Padre reveló de una vez por todas en Cristo, que es su Palabra; será también un Espíritu para anunciar lo que aún está por ver, la manifestación de Jesús cuando vuelva sobre las nubes del cielo.

Lo mismo que Jesús glorificó al Padre dando a conocer a los hombres lo que él había recibido del Padre, así el Espíritu glorificará a Cristo conduciendo a los hombres al pleno conocimiento de la verdad y comunicándoles lo que él recibe de Cristo.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., mayo 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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Domingo de Pentecostés (Comentario Bíblico)

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11

El día de Pentecostés, todos los discípulos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente se oyó un gran ruido que venía del cielo, como cuando sopla un viento fuerte, que resonó por toda la casa donde se encontraban. Entonces aparecieron lenguas de fuego, que se distribuyeron y se posaron sobre ellos; se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en otros idiomas, según el Espíritu los inducía a expresarse.

En esos días había en Jerusalén judíos devotos, venidos de todas partes del mundo. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.

Atónitos y llenos de admiración, preguntaban: “¿No son galileos todos estos que están hablando? ¿Cómo, pues, los oímos hablar en nuestra lengua nativa? Entre nosotros hay medos, partos y elamitas; otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene. Algunos somos visitantes, venidos de Roma, judíos y prosélitos; también hay cretenses y árabes. Y sin embargo, cada quien los oye hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua”.

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“Pentecostés” significa cincuenta días. Los judíos daban este nombre a los cincuenta días que duraba el tiempo de sus fiestas pascuales, pero especialmente al último de ellos. Entonces se celebraba una de las fiestas principales de Israel, una de las tres expresamente mandadas por la Ley: la fiesta litúrgica de la cosecha de los cereales que, con el tiempo, se festejaba igualmente con la proclamación de la Ley de Moisés en el Sinaí.

Fue en ese día de Pentecostés, a los cincuenta después de la Resurrección del Señor, cuando descendió sobre los discípulos el Espíritu que Jesús les había prometido. Con el Espíritu recibieron la fuerza de Dios para cumplir la misión que les había sido confiada de evangelizar el mundo entero. La primera demostración de esa fuerza la vemos inmediatamente después en el discurso de San Pedro. El Espíritu hizo que aquellos hombres medrosos y asustados salieran a la calle y no temieran tomar la palabra y afrontar los peligros de su testimonio.

La venida del Espíritu Santo fue un acontecimiento en la Historia de la Salvación, que es siempre historia de la fe y para la fe. Los signos externos con los que se describe el acontecimiento nos hablan de la irrupción del Espíritu de Dios en el mundo de los hombres y presagian el poder salvador de la predicación evangélica por los Apóstoles y la Iglesia. Las “lenguas de fuego” que se distribuyen sobre las cabezas de los discípulos de Jesús, muestran la comunicación del Espíritu a cada uno de ellos, así como el sentido de esa comunicación. El Espíritu es la fuerza de Dios que van a necesitar para proclamar el Evangelio a todas las naciones y ser testigos de la muerte y resurrección del Señor.

Estas “lenguas” no son propiamente lenguas extranjeras, es decir, lenguas humanas conocidas, sino más bien un modo extraño de hablar, un modo nuevo; se trata del “don de lenguas” al que se referirá Pablo. Esta manera de hablar con la fuerza de Dios y bajo la moción del Espíritu sólo pueden entenderla aquellos que participen del mismo Espíritu. Pues el Espíritu que hace hablar a los testigos es también el que da la posibilidad de escuchar a los creyentes, la fe. Por eso, mientras muchos griegos y gentiles entendieron a Pedro no obstante la diversidad de idiomas, otros, que eran judíos lo mismo que él, no comprendieron nada en absoluto y lo tomaron como si hablara en chino o estuviera borracho.

En este acontecimiento ocurrió todo lo contrario de lo que sucedió en Babel, cuando los hombres no podían entenderse y pretendieron escalar el cielo con sus propias fuerzas. Y es que los hombres sólo pueden entenderse entre sí cuando se abren al Espíritu que desciende gratuitamente del Cielo. Si entonces se dispersó la humanidad, el advenimiento del Espíritu y su acogida por los hombres supone el comienzo de una nueva y definitiva reunión, de un nuevo entendimiento entre los pueblos.

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SEGUNDA LECTURA

De la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios 12, 3-7. 12-13

Hermanos: Nadie puede llamar a Jesús “Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo.

Hay diferentes dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diferentes servicios, pero el Señor es el mismo. Hay diferentes actividades, pero Dios, que hace todo en todos, es el mismo. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común.

Porque así como el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos ellos, a pesar de ser muchos, forman un solo cuerpo, así también es Cristo. Porque todos nosotros, seamos judíos o no judíos, esclavos o libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, y a todos se nos ha dado a beber del mismo Espíritu.

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San Pablo recuerda a sus lectores los fenómenos religiosos del paganismo en el culto a los “ídolos mudos”. Para que aprendan a distinguir entre estos fenómenos y lo que es verdadero don del Espíritu, les da un criterio: la confesión de que “Jesús es el Señor”. Esta es la señal y el símbolo de nuestra fe cristiana, el resumen de todo el Misterio de Salvación. Donde se verifica esa fe actúa el Espíritu Santo. Es menester toda la fuerza del espíritu para confesar que Jesús es el Señor, sobre todo en un mundo en el que los emperadores llevaban el título de “Dóminus et Deus” (es decir, “Señor y Dios”), También en nuestro mundo necesitamos la fuerza del Espíritu para confesar, ante tantos señores endiosados, que uno es el Señor: Jesucristo.

San Pablo pasa a hablar ahora de los “carismas” o gracias que edifican la comunidad, Siendo el amor de Dios a los hombres un amor personal, a cada uno de nosotros, es un amor que nos distingue con un carisma individual, de suerte que cada cual recibe su don, aunque para bien de todos. Por eso nadie debe ser marginado o marginarse en la comunidad de Jesús, los que obran así mutilan y empobrecen a la Iglesia.

Por otra parte, puede ocurrir que los carismáticos -y todos los somos en el sentido anteriormente expuesto- se vean tentados a valorar cada cual sus propios dotes, poniendo en peligro de unidad de todos. Es por ello que San Pablo recuerda que todos los carismas, no obstante su variedad, proceden de un mismo principio y son igualmente valiosos: el Espíritu, el Señor (Jesús) y Dios (el Padre) no son tres causas independientes, sino un solo principio, en la diversidad de personas (Trino-Uno), del que provienen todos los dones, servicios y funciones para el bien común.

Con esta imagen del cuerpo, conocida ya en la literatura clásica para explicar tanto la unidad del universo como el de la sociedad política y que San Pablo toma probablemente de la filosofía estoica, se nos quiere enseñar que en la Iglesia todos somos miembros y, por lo tanto, activos, cada cual con su función, pero todos somos miembros en Cristo que es la cabeza, unidos a Cristo. Esta unión de todos entre sí y de todos con Cristo se funda en que todos los bautizados han sido sumergidos, bañados en un mismo Espíritu y han bebido de un mismo Espíritu. Por encima de todas las diferencias nacionales religiosas o sociales, el Espíritu edifica la unidad de la Iglesia.

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EVANGELIO

Del Santo Evangelio según San Juan 20, 19-23

Al anochecer del día de la resurrección, estando cerradas las puertas de la casa donde se hallaban los discípulos, por miedo a los judíos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Cuando los discípulos vieron al Señor, se llenaron de alegría. De nuevo les dijo Jesús: “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo”.

Después de decir esto, sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados; y a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

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Los discípulos de Jesús tienen miedo a los judíos y se han encerrado a cal y canto en el Cenáculo. Allí permanecerán hasta que la fuerza del Espíritu Santo los eche a la calle. También nosotros, no obstante creer en la Resurrección y aun en la venida del Espíritu Santo, seguimos teniendo miedo. Miedo a la vida. Se nos ha dicho que la vida es un peligro, y este miedo a la vida nos ha quitado frecuentemente la alegría de vivir y de anunciar la Vida.

“La paz esté con ustedes”. Este saludo era frecuente en Palestina, y todavía lo es hoy entre los judíos; pero Jesús no les desea la paz como la desea la gente, ni les da la paz que el mundo puede dar. Jesús les da su paz, la verdadera paz, que es el fruto de la victoria sobre el pecado y la injusticia. La paz es Jesús mismo resucitado, la cosecha de aquel grano de trigo que cayó en tierra y murió en la cruz y fue sepultado.

Jesús les muestra sus llagas para que comprueben la identidad de su persona y vean que es el mismo que fue crucificado. Todo el Evangelio es la gozosa proclamación de esa identidad: “Jesús es el Señor”. En la alegría de los discípulos se cumple la profecía de Jesús.

Los discípulos de Jesús han de continuar la obra de su Maestro. Jesús los envía al mundo lo mismo que él fue enviado por el Padre. La misión de los discípulos, la predicación del Evangelio, no es posible sin la fuerza del Espíritu Santo.

“Después…, sopló sobre ellos”. El gesto de Jesús encuentra su antecedente en el Génesis 2,7, cuando se dice que Dios exhaló su aliento sobre el rostro de Adán y éste comenzó a vivir. El aliento es signo del Espíritu. También ahora comienza una nueva creación y una nueva vida. El Espíritu que reciben los Apóstoles es el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús en el Jordán antes de comenzar su vida pública y su predicación, es el “dedo de Dios” con el que se enfrentó victoriosamente contra el enemigo de Dios y de los hombres. Este es el Espíritu que ha de acompañar a los Apóstoles para que puedan cumplir su misión de evangelizar el mundo.

No es posible vivir sin el perdón de Dios y el perdón entre los hombres, sin aspirar a una reconciliación universal. El Evangelio es ‘Evangelio de Reconciliación’ y el Espíritu es la fuerza para predicar el Evangelio y para cumplirlo.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., mayo 2010. notasarquidiocesis@gmail.com, www.criterio.org.mx

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La Ascensión del Señor (Comentario Bíblico Dominical)

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los Apóstoles 1, 1-11

En mi primer libro, querido Teófilo, escribí acerca de todo lo que Jesús hizo y enseñó, hasta el día en que ascendió al cielo, después de dar sus instrucciones, por medio del Espíritu Santo, a los apóstoles que había elegido. A ellos se les apareció después de la pasión, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo y durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios.

Un día, estando con ellos a la mesa, les mandó: “No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”.

Los ahí reunidos le preguntaban: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?” Jesús les contestó: “A ustedes no les toca conocer el tiempo y la hora que el Padre ha determinado con su autoridad; pero cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra”. Dicho esto, se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos. Mientras miraban fijamente al cielo, viéndolo alejarse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: “Galileos, ¿qué hacen allí parados, mirando al cielo? Ese mismo Jesús que los ha dejado para subir al cielo, volverá como lo han visto alejarse”.

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Entre todos los autores del Nuevo Testamento, nadie como San Lucas puede ser llamado un historiador. El es el único evangelista que se propuso expresamente continuar su narración en una segunda parte, el libro de los Hechos de los Apóstoles, para informarnos de la manera como se propagó el Evangelio entre los gentiles y a partir de los judíos. Con todo, Lucas no pretendió nunca escribir una historia según el sentido que damos hoy a esta palabra. Ya en su Evangelio, Lucas presenta la vida de Jesús como una ascensión o subida al cielo. Igualmente, al principio de los hechos hace un resumen de toda la actividad de Jesús para culminar con el misterio  de la Ascensión, que es, al mismo tiempo, el punto de partida de la misión de la Iglesia hasta que el Señor vuelva “sobre las nubes del cielo”.

Lucas dedica su segunda obra al mismo Teófilo a quien dedicó su primera. De acuerdo con una antiquísima tradición que se remonta al siglo II, el autor escribió ambas obras en Acaya (Grecia), poco después de la muerte de San Pablo (a.66-67) y, desde luego, antes del año 80.

He aquí la única noticia bíblica que poseemos sobre el tiempo que duraron las apariciones pascuales de Jesús. Lucas entiende estas apariciones como “pruebas” para los discípulos de que su Maestro sigue viviendo. La proclamación evangélica es el anuncio de que Jesús, crucificado y muerto bajo Poncio Pilato, vive hoy  y está sentado a la diestra de Dios Padre; de que Jesús es el Cristo, el Señor resucitado. Por eso Lucas concede una importancia excepcional a las “pruebas” de la Resurrección, de las que la mayor es la Ascensión, que el autor describe como un hecho visible.

El tiempo de las apariciones fue un tiempo de instrucción. El Señor habla a sus discípulos del Reino de Dios, no de la organización de la Iglesia; pero sí de la misión de predicar el Evangelio a todo el mundo una vez ellos reciben el Espíritu Santo. El Reino de Dios no es la Iglesia, aunque ciertamente la predicación del Reino de Dios implica la existencia de la Iglesia misionera. El Reino de Dios que Jesús predicó después de su bautismo en el Jordán y de recibir solamente el Espíritu, se inaugura con la Ascensión a la diestra del Padre y  sólo puede comprenderse a partir de la Resurrección y con la luz del Espíritu que será derramado sobre los Apóstoles.

Los discípulos de Jesús siguen atrapados en los viejos prejuicios del mesianismo judío, meramente político y temporalista. Y es que aún no han sido bautizados con Espíritu Santo. Lucas se propone demostrar en su libro de los Hechos cómo se cumplió esta promesa de Jesús, cómo el Evangelio se propagó hasta el fin de la tierra, comenzando por Judea. Después de la Ascensión se abre, entre la primera y la segunda venida del Señor, un paréntesis para la misión de la Iglesia. Jesús ha concluido su obra, ha llegado el momento preciso para que la Iglesia comience la suya, tome la Palabra, la proclame y la cumpla en el mundo.

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SEGUNDA LECTURA

De la carta del apóstol San Pablo a los efesios 1, 17-23

Hermanos: Pido al Dios de nuestro Señor  Jesucristo, el Padre de la gloria, que les conceda espíritu de sabiduría y de reflexión para conocerlo.

Le pido que les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento, cuán gloriosa y rica es la herencia que Dios da a los que son suyos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para con nosotros, los que confiamos en él, por la eficacia de su fuerza poderosa.

Con esta fuerza resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, por encima de todos los ángeles, principados, potestades, virtudes y dominaciones, y por encima de cualquier persona, no sólo del mundo actual sino también del futuro.

Todo lo puso bajo sus pies y a él mismo lo constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, y la plenitud del que lo consuma todo en todo.

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San Pablo construye su texto según el estilo y el esquema propio de una oración litúrgica de petición. Comienza invocando al Padre, a quien van a parar todos nuestros ruegos y que el principio de nuestra salvación y de la luz necesaria para conocerla. El primer predicado que se atribuye a Dios asegura el carácter cristiano de esta oración, el segundo (“Padre de la gloria”), se elige en vistas a la petición que se va a hacer. La “gloria” (ka bod) es la manifestación de la vida divina. Para Pablo, la vida divina se manifiesta eminentemente en la resurrección de los muertos y, sobre todo, en la de Jesús.

San Pablo pide a Dios Padre que dé a los efesios “espíritu de sabiduría y de revelación” para conocer: a) la esperanza a la que han sido llamados, b) la riqueza de gloria que el Padre da en herencia a los santos, y c) la grandeza de su poder, que se manifestó en la resurrección de Jesús y ahora opera en ellos hasta que resuciten a semejanza del Señor. Es decir, pide sabiduría y revelación para comprender todo el misterio de la salvación en Jesucristo: la vocación de la que ya han sido objeto, la herencia que aún han de recibir y el poder de Dios que sigue actuando en los creyentes; el pasado y el futuro, la memoria y la esperanza, puestos al día y en el día que hizo y hace Dios con su poder. Pide que en ese día el Dios de Nuestro Señor Jesucristo, Padre de la gloria, se manifieste dando vida a los que creen en él por su Hijo.

Esta revelación progresiva hasta que Dios consume en nosotros la obra que ha comenzado, no es posible sin que sean iluminados “los ojos del corazón”. El corazón es el centro de la persona, que sólo puede comprender si se abre amorosamente a la Verdad. Por lo tanto, la fe no es un acto exclusivamente intelectual  y teórico, sino también un acto de amor personal eminentemente práctico. Sólo el que ama y, consiguientemente, hace la verdad, puede conocer la Verdad.

La exaltación de Cristo es contemplada en una doble perspectiva, cósmica y eclesiológica. Cristo es la cabeza del universo entero y, como tal, ha sido dado a la Iglesia. La comunidad cristiana, numérica y sociológicamente insignificante en el Asia Menor, deberá resistir toda tentación de desaliento y tomar conciencia de su posición real en el mundo y de su significado universal. Pues Cristo, su cabeza, es también la cabeza del universo. De la Iglesia hace el autor dos afirmaciones: que es el cuerpo y la plenitud (“soma” y “pleroma”) de Cristo. Cristo es la cabeza  que sobresale del cuerpo, exaltado sobre el cuerpo que da vida y gobierna a la Iglesia. Es el Señor de la Iglesia. Y ésta es la “plenitud” de Cristo. No en el sentido de que la Iglesia venga a completar a su cabeza y sea plenitud para Cristo, sino más bien en tanto la plenitud de la Iglesia viene de Cristo, que es el que lo acaba y perfecciona todo en todos.

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EVANGELIO

Del Santo Evangelio según San Lucas 24, 46-53

En aquel tiempo, Jesús se apareció a sus discípulos y les dijo: “Está escrito que el Mesías tenía que padecer y había de resucitar de entre los muertos al tercer día, y que en su nombre se había de predicar a todas las naciones, comenzando por Jerusalén la necesidad de volverse a Dios para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de esto. Ahora yo les voy a enviar al que mi Padre les prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto”.

Después salió con ellos fuera de la ciudad, hacia un lugar cercano a Betania; levantando las manos, los bendijo y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo. Ellos, después de adorarlo, regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios.

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Jesús ha cumplido su misión, pero su obra ha de fructificar en la salvación de todos los pueblos. Por eso es necesario que los Apóstoles, sus enviados, anuncien el Evangelio a todas las naciones, comenzando por Jerusalén. Aquellas naciones que escuchen el Evangelio y respondan a la llamada de conversión, se salvarán.

Los apóstoles serán testigos de cuanto han visto y oído, en especial de la muerte y resurrección de Jesús.

Para que puedan realizar eficazmente su misión, Jesús les enviará “lo que el Padre ha prometido”, el Espíritu Santo, cuya venida sobre todo el pueblo ya habían anunciado los profetas.

San Lucas concluye su Evangelio narrando concisamente la Ascensión de Jesús. Si no es más prolijo en detalles, se debe a que tiene ya previsto escribir otro libro para continuar su relato donde ahora lo deja (primera lectura de hoy).

La subida de Jesús  al cielo está descrita según la visión antigua del universo. Pero el autor no está interesado en el hecho como un acontecimiento visible, y mucho menos en confirmar la cosmovisión de su tiempo, sino tan sólo en lo que significa realmente la “prueba” o “signo” de la Ascensión; que Jesús retorna definitivamente a la posesión de la “gloria” que le pertenece. Que Jesús, muerto y resucitado, es hoy el Señor que ha triunfado sobre el pecado y la muerte, que ha tomado posesión del universo y lo ha reconciliado con el Padre. Los textos más antiguos coinciden todos en asociar íntimamente la ascensión de Jesús a los cielos con su muerte y resurrección.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., mayo 2010. notasarquidiocesis@gmail.com. También se puede consultar estos comentarios en www.criterio.org.mx

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6º Domingo de Pascua de Resurrección (Comentario Bíblico)

PRIMERA LECTURA

Del libro de los Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29

En aquellos días, vinieron de Judea a Antioquía algunos discípulos y se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban de acuerdo con la ley de Moisés, no podrían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; al  fin se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más fueran a Jerusalén para tratar el asunto con los apóstoles y los presbíteros.

Los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la comunidad cristiana, juzgaron oportuno elegir a algunos de entre ellos y enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Los elegidos fueron Judas (llamado Barsabás) y Silas, varones prominentes en la comunidad. A ellos les entregaron una carta que decía:

“Nosotros, los apóstoles y los presbíteros, hermanos suyos, saludamos a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia, convertidos del paganismo. Enterados de que algunos de entre nosotros, sin mandato nuestro, los han alarmado e inquietado a ustedes con sus palabras, hemos decidido de común acuerdo elegir a dos varones y enviárselos, en compañía de nuestros amados hermanos Pablo y Bernabé, que han consagrado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, quienes les trasmitirán, de viva voz, lo siguiente: ‘El Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponerles más cargas que las estrictamente necesarias. A saber: que se abstengan de la fornicación y de comer lo inmolado a los ídolos, la sangre y los animales estrangulados. Si se apartan de esas cosas, harán bien’. Los saludamos”.

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El presente texto nos informa sobre una cuestión de capital importancia histórica en la que se decidió la suerte del cristianismo como movimiento mundial. Mientras los discípulos de Jesús en la comunidad de Jerusalén seguían fuertemente vinculados a la Ley de Moisés y a las tradiciones judías, los cristianos de la comunidad de Antioquia no se consideraban ya obligados a la circuncisión y a la observancia de viejas leyes y tradiciones de Israel. Este espíritu de libertad, imprescindible para que el Evangelio pudiera propagarse entre las gentes, no podía ser tal que significara una ruptura con el Antiguo Testamento. De ahí que la tensión entre la novedad cristiana y la tradición judía planteara un problema tanto más urgente cuanto más avanzada la misión evangelizadora entre los pueblos del Asia Menor. El conflicto inevitable entre las dos tendencias y mentalidades (la helenista y la judaizante) se puso de manifiesto en Antioquia. Allí se encontraron frente a frente, de una parte, Pablo y Bernabé, que habían recorrido el mundo de los gentiles predicando el Evangelio y, de otra, un grupo de judaizantes que habían bajado de Jerusalén para exigir a todos el sometimiento a la circuncisión. Pablo se muestra aquí ya como el paladín de la “libertad de los hijos de Dios” y se opone enérgicamente a las pretensiones de aquellos a quienes más tarde llamaría “falsos hermanos”.

Pero el conflicto debía resolverse en Jerusalén. Era preciso salvar la comunión con aquella comunidad en la que se encontraban las “columnas de la Iglesia”. De ahí que Pablo y Bernabé, delegados por la comunidad de Antioquia, suban a Jerusalén. No van solos, llevan toda su experiencia misionera  y toman consigo a Tito, un discípulo de Pablo procedente de la gentilidad y es de suponer que no fueran tampoco con las manos vacías y que llevaran el fruto de una colecta realizada para socorrer a los pobres de Jerusalén. En Jerusalén encontraron la oposición del grupo de los judaizantes, cristianos procedentes en su mayoría del fariseísmo; pero también la comprensión de Pedro y de Santiago.

Merece destacarse la participación de todos en el debate y en la solución del problema. Es la comunidad entera, y no sólo los “apóstoles y presbíteros”, la que elige sus delegados para llevar la carta a la comunidad de Antioquia y comunicar la resolución tomada. Este documento va dirigido expresamente a los hermanos de Antioquia y a las comunidades fundadas por ellos en Siria y en Cilicia. No obstante, Pablo haría público este documento en otras partes. En él la Iglesia se confiesa comunidad dirigida por el Espíritu Santo y no quiere imponer más cargas legales que las imprescindibles.

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SEGUNDA LECTURA

Del libro del Apocalipsis del apóstol San Juan 21, 10-14. 22-23

Un ángel me transportó en espíritu a una montaña elevada, y me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra preciosa, como el de un diamante cristalino.

Tenía una muralla ancha y elevada, con doce puertas monumentales, y sobre ellas, doce ángeles y doce nombres escritos, los nombres de las doce tribus de Israel. Tres de estas puertas daban al oriente, tres al norte, tres al sur y tres al poniente. La muralla descansaba sobre doce cimientos, en los que estaban escritos los doce nombres de los apóstoles del Cordero.

No vi ningún templo en la ciudad, porque el Señor Dios todopoderoso y el Cordero son el templo. No necesita la luz del sol o de la luna, porque la gloria de Dios la ilumina y el Cordero es su lumbrera.

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Un ángel muestra al Vidente la “esposa del Cordero”, la “ciudad santa” que descienda del cielo como una corona de triunfo para los elegidos. Esta ciudad santa o Jerusalén celestial se contrapone a la “gran prostituta”, a Babilonia, que es la ciudad del Anticristo. El Vidente nos ofrece su primera impresión: la ciudad santa es como un jaspe traslúcido, resplandeciente como un foco de luz.

Seguidamente la describe de fuera adentro, comenzando por las murallas. Estas tienen cuatro muros en cuadro. En cada uno de sus lados hay tres puertas, y en cada puerta un ángel que la custodia. En las doce puertas figuran grabados los doce nombres de las tribus de Israel y en sus fundamentos respectivos los nombres de los doce Apóstoles. Es claro que esta ciudad simboliza al verdadero Israel de Dios, a la Iglesia fundada sobre el testimonio apostólico.

En el interior de la ciudad santa, lo más notable es que no hay templo alguno. Mientras en la Jerusalén terrena el templo ocupaba el lugar central y señalaba la misteriosa presencia de Dios en medio de su pueblo, en la Jerusalén celestial, Dios mismo y su Cordero son el templo; es decir, Dios se muestra cara a cara y no ya a  través de símbolos sagrados. Por tanto, todos los habitantes de la Jerusalén celestial pueden gozarse de la divina presencia y nadie necesita ya la mediación de los sacerdotes.

El desvelamiento de Dios y del Cordero, la inmediatez de su presencia,  es la causa de que toda la ciudad se encuentre profusamente iluminada. No hay en ella, pues, sol y luna que la alumbre,  no es necesario. Jesús, enviado a la tierra como “luz del mundo”, muestra al fin todo su esplendor, toda su gloria divina.

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EVANGELIO

Del Santo Evangelio según San Juan 14, 23-29

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y haremos en él nuestra morada. El que no me ama no cumplirá mis palabras. La palabra que están oyendo no es mía, sino del Padre, que me envió. Les he hablado de esto ahora que estoy con ustedes; pero el Consolador, el Espíritu Santo que mi Padre les enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo cuanto yo les he dicho.

La paz les dejo, mi paz les doy. No se la doy como la da el mundo. No pierdan la paz ni se acobarden. Me han oído decir: ‘Me voy, pero volveré a su lado’. Si me amaran, se alegrarían de que me vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean”.

*** *** ***

Jesús promete que se manifestará a sus amigos, a quienes le amen y guarden su palabra. Entonces Judas, no el traidor sino el hermano de Santiago y que es conocido también con el nombre de Tadeo, le dice: “Señor, ¿qué ha sucedido para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?”. Enredado en los prejuicios de un mesianismo temporal y triunfalista, Judas manifiesta su incomprensión y su extrañeza al escuchar unas palabras de Jesús que le parecen un cambio de su programa. Y Jesús responde saliendo al paso de la falsa opinión de Judas y subrayando que su anunciada venida presupone la fe activa de sus discípulos, también que se trata en primer lugar de una venida y manifestación invisible y en el interior del creyente. Tal venida y tal presencia permanente de Jesús y del Padre en el corazón de los creyentes, se distingue tanto de una manifestación pública del Mesías al mundo como de la “parusía” sobre las nubes al fin de los tiempos.

Quien no ama a Cristo y guarda sus palabras, no ama al Padre y rechaza la Palabra. Ese queda excluido de la íntima experiencia de Dios y de su enviado Jesucristo. El mundo incrédulo no sabe nada de esta venida íntima del Señor y de la visita de Dios. Por eso Jesús no se manifiesta a todo el mundo hoy por hoy, sin que esto suponga que deje de hacerlo cuando vuelva con poder y majestad para juzgar a todos los hombres. Mientras tanto, el Señor se manifiesta a los suyos y vive, con el Padre, en sus discípulos.

Jesús es el mensaje y el mensajero del Padre, el Profeta y la Palabra de Dios, la Verdad y el Maestro que la enseña. Jesús ya ha dicho a sus discípulos cuanto tenía que decirles, y se ha comunicado a ellos. Pero los discípulos de Jesús aún no han comprendido todo lo profundo de la verdad de Dios. Cuando se vaya Jesús, el Padre les enviará al Paráclito (el Abogado y Consolador) para consolarles de la ausencia de su Maestro e inaugurar una presencia nueva, íntima y espiritual, de la Verdad y de quien la enseña. Pero entonces el Espíritu Santo, el Paráclito, no enseñará a los discípulos de Jesús nada nuevo, aunque sí les introducirá en el pleno conocimiento de la Verdad y les recordará cuanto ya han escuchado del Maestro. Por la fuerza del Espíritu, el Padre pronunciará la Palabra; y el Padre, el Hijo y el Espíritu habitarán por la fe en la comunidad de Jesús y en cada uno de sus discípulos.

Jesús se despide con una fórmula usual, pero que adquiere pleno sentido en sus labios; más aún, que trasciende el simple sentido humano. Jesús les da la paz, pero no como la da la gente, ni tan siquiera la paz que la gente puede dar. Jesús da su paz, y él mismo es la Paz. Jesús, al dar la paz se da a sí mismo y, en él, da también al Padre y al Espíritu Santo. Pues Jesús y el Padre son “uno”, y el Espíritu que envía el Padre en nombre de Jesús es también el espíritu del Señor Jesús.

Jesús recuerda a los suyos que ya les ha hablado de su ausencia, pero también de su nueva presencia. Por tanto, deben ser animosos y no tener miedo.

Se dice que el Padre es mayor que Jesús sólo en tanto Jesús, como enviado del Padre, se hace hombre para manifestar quién es el Padre a los hombres. Pero en la Resurrección y en la Ascensión de Jesús se muestra a los creyentes quién es Jesús ante el Padre, se muestra que Jesús es el Hijo de Dios e igual al Padre.-Presbítero Doctor Manuel Ceballos García.- Promotor Diocesano de la Pastoral Bíblica.-Mérida, Yuc., mayo 2010. notasarquidiocesis@gmail.com. También se puede consultar estos comentarios en www.criterio.org.mx

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