El Poder de una Mirada

Autora: Rosario Alfaro Martínez

Cuando una persona logra mirarnos realmente, su mirada puede transformar nuestra vida, y sobre todo quitar de nosotros el sentimiento de soledad.

No se si han observado con detenimiento con qué personas nos relacionamos en nuestra vida. Por ejemplo, cuando vamos a un evento social y no conocemos a ninguno de los asistentes, empezamos a establecer contacto con algunas personas, pero no con todas. Generalmente nos acercamos a aquellos que nos observan, de hecho cuando alguien nos mira, no sólo que nos ve, sino que nos observa, logra llamar nuestra atención. Ya que una mirada tiene un gran poder, hay miradas “que matan”, miradas que nos provocan ternura, miradas lujuriosas por las que incluso nos sentimos desnudados, y hay miradas que logran traspasar nuestro corazón y hacernos sentir que estamos vivos.

De este último tipo de miradas es de las que hablaremos a continuación, de las que logran transformarnos, las que le dan sentido a nuestra existencia.

Estas miradas son de varios tipos. La primer mirada importante es la que tenemos nosotros mismos sobre nosotros. Cuando en la mañana observamos nuestro rostro en el espejo, que decimos: ¡Oh, que maravilloso soy!, o, ¡No por Dios, ya cambia estás terrible! ¿Cómo nos miramos a nosotros mismos? ¿cómo jueces?, rechazando y midiendo cada una de nuestras acciones, o quizá sobrevaluándonos, pensando que somos perfectos y no tenemos ningún error, lo mejor sería aceptarnos tal y como somos, ser auténticos, reconociendo tanto nuestros aciertos como nuestras limitaciones. Por eso es importante conocernos a nosotros mismos, es que la capacidad que tenemos de reflexionar, la ocupamos más seguido y que podamos con nuestros ojos físicos y con nuestros ojos espirituales mirarnos, pero hacerlo con amor y buscando la verdad.

De esta mirada hacia nuestro interior, tiene que salir también la visión que tenemos de los demás, es decir una segunda mirada. Dice un dicho que los ojos son el espejo del alma, así que muchas veces podremos mentirle a nuestros semejantes con nuestras palabras, pero no con nuestros ojos. ¿Cómo vemos a los demás? ¿qué pensamos de ellos? ¿los juzgamos? ¿cuánto realmente los conocemos? ¿bajo que lineamientos vemos a los demás?

A veces se nos olvida que lo que vemos en los demás, es en muchas ocasiones un reflejo de nosotros mismos, cuando alguien nos cae mal, por algún defecto en muchas ocasiones es porque este defecto también lo tenemos nosotros. El mandamiento de amar a los demás como a nosotros mismos, es muy importante, se puede decir que uno va de la mano del otro, amamos a los demás porque nos amamos a nosotros, porque cuando nos aceptamos a nosotros mismos, somos más capaces de aceptar a los otros, porque cuando nos amamos y nos conocemos podemos amar las mismas cualidades en los otros, en lugar de ver sólo nuestros defectos en los demás.

Nos volvemos mejores cuando amamos, cuando nos dejamos tocar por otros a través de su mirada, cuando salimos de nosotros mismos y vivimos un encuentro con otra persona. Sólo el amor realmente logra este profundo milagro e incluso nos hace sentir que pertenecemos a algo, que pertenecemos a alguien a quien libremente nos hemos donado. Es por eso que decimos que salimos de la soledad, porque descubrimos que así como hay algo más dentro de nuestra mirada, también podemos ver que hay algo más allá afuera.

Además esto nos hace tener contacto con nuestra dimensión trascendente, y podemos tener la certeza de que lo que somos va más allá del tiempo y del lugar que ocupamos ahora, porque necesitamos que esto que experimentamos, el ser humanos, no puede terminar, sino que debe de permanecer, pero para eso necesitamos tener una buena visión de nuestra vida. Saber que lo que miramos en nosotros y para nosotros es lo que podemos conquistar, si nuestra visión es lo suficientemente buena para construir relaciones con los demás, es decir si podemos mirar con ojos de amor y misericordia a los demás, podemos realmente dar miradas que transformen, miradas que puedan convertirnos y convertir a los demás en seres humanos plenamente reales, plenamente personas, plenamente vivos.

En la Biblia siempre me ha llamado la atención que el primer nombre que un ser humano le da a Dios es cuando Agar (la esclava de Sara con la que Abraham tuvo a Ismael), está en el desierto por que Abraham la corrió de su casa y tiene hambre y sed y Dios le habla y ella le responde: Tú eres el Dios que me ve, ese es el nombre que Agar le da a Dios, “el Dios que me ve”. Tal vez pensamos que Dios nos mira como un juez, que escribe incluso todos nuestros pecados, en una lista enorme, o que nos mira con desprecio, pero no es así, la mirada de Dios es la mirada más misericordiosa y cariñosa que pueda existir, si nos dejamos mirar por Dios si nos acercamos a Él y mejoramos nuestra relación con Él, podemos también vernos a nosotros mismos con sus ojos y ver a los demás como Dios los ve.

Deja que Su mirada transforme tu mirada y ojalá puedas devolver esa misma mirada a los demás, y ver a los otros a través de los ojos de Dios.

fuente: almas.com.mx

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¿Somos homofóbicos los cristianos católicos?

Existe un adagio que reza así: Jesús fue misericordioso con el pecador, pero intransigente con el pecado.  De hecho, en la cita del Evangelio de Juan 8, 1-11, en el encuentro con la mujer adúltera, el Señor le manifiesta su amor, misericordia, perdón.  Él no la juzga y mucho menos la condena.  Ella no es el mal, pues esa mujer es amada por el Señor.  Sin embargo, la perícopa del texto termina así: “Incorporándose Jesús le dijo: « Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? » Ella respondió: « Nadie, Señor. » Jesús le dijo: « Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 10-11).

Ahora bien, ¿de dónde viene ese “no peques más”?  ¿A qué pecado se refiere?  Evidentemente al de adulterio, el cual estaba claramente prohibido por el Decálogo: “No cometerás adulterio” (Ex 20, 14).  Jesús es todo amor y dulzura con la mujer, pero le exige corresponder a su amor renunciando al pecado de “adulterio”.  De tal manera que el amor no contradice la intransigencia contra el pecado, porque el pecado esclaviza al hombre y a la mujer.  Es precisamente por amor auténtico a los hombres, que el Señor exige el rompimiento con el mal.

El Señor es exigente con sus discípulos.  No les pide que intenten la perfección, sino que la alcancen: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48).  La perfección es lo que la Iglesia llama santidad.  Todos estamos llamados a la santidad, no a la mediocridad.  Es obvio que dicha perfección es un camino de toda la vida, en la cual debemos todos esforzarnos.  Todos tenemos debilidades pero estamos llamados a vencerlas.  Si caemos no es para quedarnos postrados, sino para levantarnos.

Ahora bien, el pecado se refiere a los actos contrarios a la naturaleza y dignidad de los seres humanos.  No es humano pecar, sino inhumano, porque contradice la naturaleza que Dios nos dio.  El pecado no nos hace más hombres sino menos hombres, pues nos esclaviza a nuestras pasiones y deseos desordenados.  Pero fijémonos, el pecado es el acto, no la tendencia.  El pecado no es “sentir” sino “consentir”.  Trataré de explicarme mejor.

Las tendencias pueden ser ordenadas o desordenadas.  Las tendencias ordenadas son aquellas que apuntan hacia la perfección del hombre, que están en armonía con su biología, su psicología y en vistas a su unión con Dios.  Las tendencias desordenadas, en cambio apuntan al desequilibrio, contradiciendo lo ordenado por la naturaleza y por Dios.  Dejarse llevar por las tendencias ordenadas lleva al hombre a la virtud, mientras que dejarse llevar por las tendencias desordenadas, llevan al ser humano al pecado.  Y todo pecado destruye, tarde o temprano al hombre.

Esta distinción es importante, porque las tendencias (aún las desordenadas) anteceden a los actos.  Todos los seres humanos, que nacimos con el pecado original, acarreamos a los largo de nuestras vidas tendencias ordenadas pero también desordenadas.  Mientras vamos creciendo en nuestro autoconocimiento, vamos palpando con mayor nitidez nuestras fortalezas (tendencias ordenadas) como nuestras debilidades (tendencias desordenadas).  Estas tendencias desordenadas a unos se les manifiesta en su carácter, en su tendencia a la vanidad, en un “amor” desordenado al dinero, en la misma orientación sexual.  Incluso los heterosexuales pueden manifestar tendencias desordenadas en su vida sexual, como la tendencia a lo pornográfico, la incontinencia sexual, etc.  Sin embargo, los hombres tenemos libertad, libre albedrío.  Nosotros decidimos lo que hacemos, no nuestras tendencias.  Por eso somos responsables de lo que hacemos, no de lo que sentimos.  Las tendencias nunca deben dominar al ser humano, sino su razón.  En virtud del libre albedrío, los hombres podemos trascender nuestras tendencias desordenadas, ordenándolas en los actos hacia un fin sobrenatural.

Un hombre que es irascible, por ejemplo, experimenta en su ser una tendencia desordenada.  Está llamado a dominar esa tendencia que le acompañará toda la vida, pero puede orientar su ímpetu hacia algo bueno y positivo.  Así lo hicieron grandes santos, como San Pablo o San Ignacio de Loyola, canalizando su pasión hacia el Reino.  El carácter y temperamento de estos hombres se dirigieron hacia un fin superior, porque tuvieron el coraje de subordinar su ímpetu hacia el Evangelio de Jesucristo.  Jesús ama al violento pero es intransigente con la violencia.

Un alcohólico anónimo, por poner otro ejemplo, reconoce que siempre tendrá la tendencia a beber desordenadamente.  Sin embargo en virtud de su libertad, es capaz de trascender esa tendencia desordenada y orientarla hacia una vida sobria.  Jesús ama al alcohólico, pero es intransigente con el alcoholismo.

Así, la tendencia homosexual, como atracción sexual hacia una persona del mismo sexo, no es pecado, pues antecede la decisión del individuo.  La tendencia homosexual, sin embargo, en cuanto tendencia lo es en sentido desordenado ¿por qué? porque está dirigida hacia un acto que es contrario a la finalidad de la sexualidad.  De hecho, la sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y la mujer, en la complementariedad de los sexos.  Esto es evidente tomando en cuenta la simple constitución anatómica de los individuos (creo que no hay que ser más explícitos).  Por lo tanto el acto homosexual es contrario a la naturaleza misma del acto sexual.  Entre las personas homosexuales no hay complementariedad física ni están orientados hacia la generación de la vida.  El acto homosexual es contrario a la naturaleza humana, contrario a la Ley Natural, contrario a la Ley de Dios.  Y esto es verdad objetiva, no lo podemos negar ni cambiar en virtud de una “misericordia” mal entendida, basada en meros sentimientos al margen del dictamen de la razón.

Por lo tanto hay que distinguir entre el acto homosexual y el hombre o mujer con tendencia homosexual.  La Iglesia Católica enseña que: “Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas.  No eligen su condición homosexual; ésta contribuye para la mayoría una auténtica prueba” (Catic 2358).

Para que un acto sea pecado es necesario consentir el acto.  Las personas con tendencia homosexual no consintieron su tendencia, por lo tanto, no pecan por sentir esa atracción.  Pero el Catecismo continúa diciendo: “Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza.  Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta” (Catic 2358).

Por lo tanto, es contrario a la enseñanza auténtica de la Iglesia discriminar a las personas con tendencia homosexual, sino que, por al contrario, estamos llamados a amar a estos hombres y mujeres con amor misericordioso.  Ellos necesitan sentirse queridos y respetados por nosotros, pues llevan sobre sus hombros un gran peso.  Ante esto el catecismo continúa diciendo: “Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si  son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz  del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (Catic 2358).

Es decir: las personas con tendencia homosexual pueden ser santos.  No están condenados por su tendencia, sino al contrario, esa tendencia puede ser su pase al Cielo, si aprenden a no dejarse dominar por ella.  Una persona con tendencia homosexual no está obligada, no está condicionada ni determinada a realizar actos homosexuales.  No es un títere manejado por sus impulsos, sino un ser humano llamado a la perfección cristiana como cualquier hijo de Dios.  La persona con tendencia homosexual puede vivir una vida casta, recta y ordenada.  De hecho, esa es la exhortación que hace la Iglesia a esos hombres y mujeres: “Las personas homosexuales están llamadas a la castidad.  Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Catic 2359).

Ahora bien, este número puede parecer duro para las personas homosexuales.  Pero si le quitamos al párrafo arriba citado la palabra “homosexuales” nos daremos cuesta que esa exigencia es para todos, veamos: “Las personas…están llamadas a la castidad.  Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana”.

Así pues, todos estamos llamados a la castidad, inclusive los casados los casados.  Pero ¿qué es la castidad?  “Castidad es la integración lograda de la sexualidad de la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual…la virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la totalidad del don” (Catic 2337).

“El hombre, de hecho, logra esta dignidad, cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (Catic 2339).

“Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal” (Catic 2349).  Esta última, exige de los esposos fidelidad.  Esa fidelidad no aniquila la tendencia sexual del cónyuge hacia otra persona, ya que por amor a su esposo (a) está llamado a no dejarse dominar por una tendencia natural que le llevaría a la infidelidad, ya la destrucción de su matrimonio y familia.  ¡Cuántos dramas familiares no conocemos por la falta de castidad de alguno de los cónyuges!  La castidad es vivir ordenadamente la sexualidad.

Así las cosas, queda claro que las personas homosexuales nunca son condenadas por la Iglesia.  La Iglesia, fiel a la enseñanza de la Sagrada Escritura enseña a amar a todos los hombres.  Pero siguiendo el ejemplo de Jesús, también es intransigente con el pecado.  Nunca se condena al pecador, pero sí se denuncia el pecado.  Y se condena al pecado por amor al hombre, quien está llamado a la perfección, a la santidad, a no ser esclavizado por ninguna tendencia.  Eso es la auténtica libertad.

El acto homosexual sí es pecaminoso.  La tendencia no en cuanto que ésta no se elige, en cambio el acto sí.  Sigue en pie lo que enseña el Apóstol pablo: “¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! vNi los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.  Y tales fuisteis algunos de vosotros.  Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor 6, 9-11).

Sin embargo, no seamos ingenuos.  Pablo no se refiere a personas con tendencias, sino a los que practican la idolatría, el adulterio, la homosexualidad, etc.  De hecho, cuando afirma que algunos de los cristianos corintios habían practicado esos pecados, nos hace pensar que su tendencia permanecía, pero sus acciones cambiaron.  Pablo al ser consciente que esas tendencias aún existen, no duda en exhortar a la fidelidad al Evangelio.

Los hombres deciden lo que hacen, las tendencias no.  Uno decide si se deja dominar por una tendencia o crece en la auténtica libertad dominando y orientando las tendencias.  La Iglesia, como Jesucristo está llamada a ser misericordiosa con el homosexual, pero intransigente con la homosexualidad, que esclaviza a tantos hombres y mujeres llamados a la alegría plenamente cristiana.  Somos más de lo que sentimos, somos lo que decidimos.

Pbro.  Lic.  Luis Alfonso Rebolledo Alcocer

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Síndrome de la abuela Esclava

Según Sara Arber y Jay Ginn, existe aparentemente la posibilidad en la vejez de las mujeres de ampliar sus roles más allá de lo que tradicionalmente realizaban (madres, esposas, trabajadoras asalariadas) por medio de su incorporación a actividades sociales, de ocio, etc. Sin embargo, en la práctica, las ancianas siguen estando más ocupadas que los hombres con las obligaciones domésticas y familiares, sobre todo si están casadas, de manera que tienen menos ‘tiempo libre’ que los hombres jubilados. Esto significa que no existe un cese de la acción productiva por parte de las mujeres, sino que en unos casos una prolongación o en otros, el cambio del tipo de actividad que desarrollaban.

Las diferencias que se producen en hombres y mujeres tienen que ver principalmente con sus historias de vida, el estatus que han adquirido, las experiencias vividas, etc., cada una y todas en conjunto pueden afectar las decisiones, planificación y ajustes al momento de jubilarse. Esto se ha visto reflejado en diversas investigaciones que sugieren que su escasa participación en la preparación para la jubilación está relacionada con los roles tradicionales de la mujer dentro de la sociedad de inferioridad, dependencia y pasividad.

En el caso de las abuelas, su rol de cuidadoras se extiende a la tercera generación, siendo un apoyo imprescindible para una gran cantidad de mujeres que se incorporan al trabajo asalariado sin la posibilidad de optar a instituciones como jardines de infancia o contratar una persona que cuide a los hijos e hijas en casa (obviamente también una mujer). Es así que más allá de los beneficios que la psicología otorga a una relación estrecha entre ambas generaciones (alianza, complicidad, afecto, etc.), la carga que están soportando estas mujeres mayores y su significativo aporte en tiempo de trabajo no está aún reconocido ni valorado como tal, dado que se asume que es el curso natural de cuidado que ya venían haciendo.

Esta situación está generando en muchas mujeres mayores una sobrecarga tanto física como emocional, la cual provoca una enfermedad denominada “Síndrome de la Abuela Esclava”

Este síndrome, investigado y nombrado como tal por el Dr. Antonio Guijarro en el año 2001, se refiere a los efectos somáticos y/o psíquicos que están experimentando las abuelas sometidas estrés, presentándose en forma frecuente y pueden llegar a ser graves, incluso potencialmente mortales. Es así que ha sido clasificado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como una manifestación de los malos tratos a la mujer.

En el primer estudio que se realizó (C.S.A.E “Cuestionario del Síndrome de la abuela Esclava”, Encarni Liñán 2003), se preguntó a quién se recurre para cuidar a los niños, siendo las abuelas maternas las principales encargadas de esa labor, tanto de forma ocasional como sistemática. Los motivos argumentados tienen relación con no contar con medios económicos, con los lazos afectivos, con la comodidad que significa y porque es gratis.

Así, muchas mujeres en la vejez continúan siendo productivas, a pesar de que se perciba en la sociedad de que su “vida útil” ya terminó y con un creciente deterioro en sus condiciones de vida, tanto por las bajas pensiones que reciben (cuando reciben) como por las tareas que deben seguir desempeñando mientras estén en condiciones físicas y emocionales para hacerlo.

Fuente: www.vejezyvida.com

(extracto)

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Ante el error sólo queda reconocer la falta

Por: Alejandro Lostanaunau

Muchas veces se dice que errar es humano y que perdonar es divino, pero ¿Cuántas veces no aceptamos en nuestra vida los errores, lo que hemos hecho mal?

¿Cuánta angustia acumulamos cuando nos reconocemos que simplemente nos hemos equivocado? Muchas veces por temor no decimos nada ante un error que pudo dañar a otras personas, quizá temíamos la reacción del afectado.

Pensemos bien las cosas, y reconozcamos nuestros errores, hacerlo nos hará ahorrar tiempo y en cierta manera desarmar a quien tengamos que rendir cuentas.

El otro día un amigo me comentaba que había cometido un error en su trabajo, pues no había hecho una cosa acertadamente. Esto al final había retrasado el proceso de producción de la empresa. Lo que hizo no fue otra cosa que reconocer su equivocación ante sus superiores y grande fue su sorpresa cuando se dio cuenta que tras la humildad demostrada surgía una nueva oportunidad.

La humildad es vivir en la verdad, es decir reconocer que nos hemos equivocado. La misma nos lleva a reconocer nuestra fragilidad y a desterrar de nuestro accionar la soberbia.

Si no hay humildad hay soberbia, creeremos entonces que estamos bien, que no nos podemos equivocar, que ya hemos llegado a la meta de la vida.

Nada de falsas perspectivas de uno mismo, reconozcamos nuestras faltas y demos el paso para seguir creciendo, porque el grande siempre se hace pequeño. No lo olvidemos.

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Pérdidas y Ganancias en la Adolescencia

Tânia Maria Borges

INTRODUCCIÓN

En primer lugar, me gustaría hacer la distinción entre adolescencia y pubertad. Son términos diferentes, pero estrechamente relacionados.

Pubertad viene del latín “pubes”, que significa vello. Es un proceso biológico que se caracteriza por el surgimiento de una actividad hormonal que desencadena los llamados “caracteres sexuales secundarios”, esto es, vello, barba, senos, menstruación, etc.

Adolescencia es un fenómeno psicológico y social. Por ser un proceso psicosocial, tendrá diferentes peculiaridades conforme el ambiente social, económico y cultural en que el adolescente se desarrolla.

La palabra “adolescencia” tiene un doble origen etimológico que caracteriza muy bien esta etapa de la vida. Ella viene del latín “ad” (a, para) y “olescer” (crecer), significando el “individuo apto para crecer”. Deriva, también, de “adolescer”, origen de la palabra adolecer.

Teniendo en consideración este doble origen etimológico, podemos pensar en esta etapa de la vida como: aptitud para crecer (en el sentido físico y psicológico) y para adolecer (en términos de sufrimiento emocional, con las transformaciones biológicas y mentales que acontecen en ese período de la vida). La adolescencia es un momento de intensa turbulencia. El adolescente está viviendo muchos lutos y pérdidas, entre las cuales:

- la pérdida del cuerpo infantil;

- la pérdida de la bisexualidad infantil;

- la pérdida de la dependencia de los padres.

1. LA PÉRDIDA DEL CUERPO INFANTIL

Acontece en la adolescencia inicial, aproximadamente entre los 9 y los 14 años. Es caracterizada, básicamente, por las transformaciones corporales y alteraciones psíquicas derivadas de este acontecimiento.

El adolescente vive la pérdida de un cuerpo infantil con una mente todavía infantil y con un cuerpo que se va a convertir adulto, que teme, desconoce y desea y que, probablemente, no corresponde al cuerpo que él idealizaba tener cuando adulto.

He aquí un gran conflicto que influye en el aprendizaje, en el humor, en la organización externa y en el cuidado con la higiene personal.

Frente a esta transformación, deseada por un lado y por otro, vivida como una amenaza y una invasión, el adolescente busca, muchas veces, un refugio regresivo en su mundo interno, dentro de sí mismo, en sus fantasías, devaneos y sueños, acarreando aislamiento y dificultades en el aprendizaje. Quien convive con él tiene la sensación de que “está lejos”, en el “mundo de la luna”. Muchas veces, sólo físicamente presente.

La desorganización que se encuentra en su ambiente externo – mochila escolar, cuarto, gavetas –puede reflejar como él vive internamente el cambio, la reestructuración de su esquema corporal.

Otras situaciones donde el adolescente revela su dificultad en lidiar con “la pérdida del cuerpo infantil” son las ropas viejas y, muchas veces, sucias, que rehúsa substituir por otras nuevas y limpias y, también, la resistencia que algunos demuestran en relación al baño, generando fricción con los papás. Entrar en el baño significa desnudarse y encarar, visualmente, con los cambios corporales, que, para él, todavía son conflictivas.

Una de las cosas que molestan, en este período, es la dificultad que tiene el adulto en lidiar con la transformación del hijo, acelerando el proceso con permisos inadecuados, haciendo con que el hijo se torne adolescente antes aún de ser púber. Por ejemplo, hoy vemos niños con 7-8 años, frecuentando fiestas nocturnas, con “juegos de luces”, o “de novios”, o usando ropas, maquillajes y bisutería de adolescentes o jóvenes.

Los papás, para no entrar en conflicto con el hijo, promueven este salto. La naturaleza no hace saltos. Todas las etapas son necesarias.

2. LA PÉRDIDA DE LA BISEXUALIDAD INFANTIL

La fecundación acontece en el encuentro óvulo-espermatozoide, el femenino y el masculino. Por tanto, somos “creación” de un hombre y una mujer. De esta forma, el niño desarrolla bisexualidad, esto es, vivencia en su personalidad aspectos masculinos y femeninos, en los juegos, en las bromas, etc. Con el desarrollo del cuerpo, de los caracteres sexuales secundarios, con el surgimiento de la menstruación, en las jovencitas, y de las primeras eyaculaciones, en los jóvenes, la definición de sexualidad adulta se impone a la bisexualidad.

En la pre adolescencia ocurre la formación de grupos homogéneos. El grupo de los chicos (el grupo de Toby) y el grupo de las chicas (el grupo de Lulú). Ellos se encuentran entre sí para la formación de la identidad masculina y femenina. Después, aproximadamente entre 13 y 14 años, el grupo se deshace y el interés se volta para el sexo opuesto.

3. LA PÉRDIDA DE LA DEPENDENCIA DE LOS PAPÁS

Una característica central de la adolescencia es la búsqueda de la independencia. Es un proceso doloroso tanto para el adolescente como para los papás. Estos sienten que están perdiendo los hijos. Aquellos programas que hasta entonces toda la familia hacía junta, ahora debe hacerlo sin el hijo adolescente. El interés se vuelve hacia el grupo. El adolescente también sufre la angustia de la pérdida. Oscila entre una actitud regresiva de “busca de consuelo” de los papás y la agresividad en relación a los mismos.

Esa ruptura con la familia es necesaria para que haya la transformación de vínculos: antes infantil y dependiente, para un vínculo ahora más maduro, más independiente y adulto. Es la búsqueda de definición de su identidad. Es como si él se dijese a sí mismo: “Oponiéndome a mis papás, me descubro como alguien con una identidad propia y no dependiente de ellos”.

La difícil prueba de los papás es que, para el adolescente conseguir esa independencia en relación a ellos es, muchas veces, “desvalorarlos”. Es un mecanismo de defensa por medio del cual él siente que se aleja “sin perder mucho”.

Es una etapa dura, pero necesaria para la definición de su identidad propia, para la construcción de un código personal de valores morales, para la adquisición de vínculos de relacionamiento maduros y adultos que lo prepara para la elección de una carrera profesional, para encontrar su vocación y para vivir relacionamientos interdependientes, esto es, con una capacidad de dependencia recíproca, de dar y recibir.

Al final de la adolescencia, hay el retorno a los papás, pero en una nueva relación, basada en la reciprocidad y no más en la dependencia, donde, inclusive, este hijo es capaz de asumir compromisos profesionales y mantenerse independiente, económicamente, de los papás.

4. EL LÍMITE QUE EDUCA

Para que la adolescencia transcurra de una forma saludable, es necesaria la definición de límites.

Limite es una palabra que, a veces, puede presentar una connotación negativa, como, por ejemplo, “represión”, “prohibición”, “humillación”. Sin embargo, límite significa la “creación de un espacio de protección, dentro del cual el niño o el adolescente podrá ejercer su espontaneidad y creatividad sin recelo y riesgos”.

La definición de límites es una demostración de amor y debe ser iniciada en los primeros días de vida del niño.

Cuando los papás introducen la palabra “no”, en el momento adecuado, están introduciendo en la vida de su hijo la frustración. Por tanto, establecer límites es enseñar al hijo a tolerar frustraciones, a lidiar con situaciones no solamente de victorias, sino también con la angustia, la pérdida, la espera.

Establecer límites es enseñar que tenemos derechos, pero también deberes; que vivimos en grupo, en sociedad y que, por lo tanto, el otro debe ser considerado y respetado.

Muchas veces, el adolescente desea hacer “apenas lo que quiere”. Establecer límites es usar la autoridad de papás para hacerles comprender que la vida no es sólo placer; existe, también, el deber. Y el gran arte de la vida es descubrir que el deber puede ser una elección de realización.

Algunos papás, en ocasiones, pueden no poner límites por ser más “cómodo”. Una vez establecidos los límites, necesitan tener la fuerza necesaria para soportar la turbulencia que los mismos crean. Proteger los hijos es natural y loable. Es un deber de los papás. El problema es sobreprotegerlos. No dejarlos crecer, haciendo por ellos aquello que ellos ya son capaces de hacer. Amar es darles oportunidad de crecer, de asumir responsabilidades por sus elecciones.

Cuando los hijos siguen su propio camino como personas realizadas, felices y maduras están dando un “certificado de competencia a los papás”, que consiguieron entender que ellos son personas únicas, irrepetibles y libres, que no les pertenecen, dotados de un potencial maravilloso, de todo lo que necesita para vencer en la vida, pues son hechos a la imagen y semejanza de Dios” y ellos, papás, son “compañeros de viaje” en esta maravillosa aventura que es VIVIR.

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El arte de rehacerse

“Resiliencia” es una palabra nueva en psicología, es la capacidad de resistir ante las contrariedades y rehacerse, adaptarse a las situaciones sin romperse, para mantenerse, y luego volver a la situación estable, óptima. Las personas tienen la posibilidad de sobreponerse a las crisis, y construir positivamente sobre ellas, aprovecharlas para hacer palanca sobre lo positivo que hay en algo malo, y moverlo. La “resiliencia” se aplicaba hasta hace poco a los cuerpos físicos como metales, para indicar la cualidad por la que se doblaban sin romperse y volvían a la situación original. Es la cualidad de las personas para resistir y rehacerse ante situaciones traumáticas o de pérdida. “Se ha definido como la capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores, de condiciones de vida difíciles y de traumas a veces graves” (Héctor Lamas). Recuerdo una película que muestra el re-hacerse de los pueblos de Irán después del terremoto de 1992, se titula “Y la vida continúa”. Bonito título.

Esto, como se ve, tiene interés para explicar cómo hay que resistir y hacer frente a las adversidades de la vida, desgracias de todo tipo, sin rompernos, “pues aunque nos doblemos al principio, después somos capaces de asumir los traumas padecidos y desarrollar recursos internos latentes de los que ni siquiera éramos conscientes (…) el mismo hecho desolador (una pérdida traumática y repentina de un ser querido, el diagnóstico de una enfermedad grave, un terrible revés económico) a unos les afecta de tal manera que no logran reponerse en meses y en años y les sume en una profunda depresión, llevándoles al abandono de sí mismos y al deterioro físico y psíquico, mientras que otros, pasados los primeros días, todo lo superan y no quedan afectados. Es más, algunos se sienten fortalecidos tras la superación del trauma y afirman que les ha servido como lección y experiencia práctica de cara al futuro” (Bernabé Tierno). No son tanto los hechos objetivos, sino la interpretación que sobre ellos se hace, lo que influye. En el estudio llevado a cabo por Fredrickson y colaboradores a partir de los atentados de Nueva York el 11 de septiembre de 2001, se encontró que la relación entre resiliencia y ajuste tras los atentados estaba mediada por la experimentación de emociones positivas. Así, se afirma que las emociones positivas protegerían a las personas contra la depresión e impulsarían su ajuste funcional. Se está hablando mucho de lo bien que va a la salud del alma y cuerpo la experimentación recurrente de emociones positivas, y que provocan a su vez emociones positivas en los demás, de forma que las redes de apoyo social se ven fortalecidas.

Las emociones son como respuestas subjetivas a lo que pasa, y esto influye en el organismo, donde más se refleja es en la expresión del rostro. Es un procesamiento y evaluación de la información recibida. Por eso pienso que se equivoca la psicología positiva cuando quiere reprimir todo sentimiento negativo. Simplemente hay que integrarlos, y educarlos. Pienso que la tendencia a la tristeza no es algo inhumano, y por tanto no hay que obviarlo, pues así como el dolor es la respuesta a un mal físico, o el remordimiento un síntoma de un mal moral, así también cuando el cuerpo no puede hacer frente a un dolor excesivo se desmaya, o el alma se deprime. La huida de la realidad es una solución pasajera, que tiene diversas formas: una es no pensar en el trauma, y esto lo aletarga en el tiempo, otras huidas son químicas como las pastillas, el alcohol o las drogas, pero también puede ser el sexo o el sentimentalismo de las telenovelas, pero para llegar a la solución, la forma de intervención no ha de ser la huida sino enfrentar al sufriente con su dolor, en cuanto le sea posible es decir cuando tenga los medios para poder superar aquello. Las madres dicen que a cada fiebre el hijo crece, también crecemos con el dolor y nos estamos reconduciendo, es por tanto humano el sufrimiento… Si bien es cierto que los traumas considerables nos hacen más vulnerables a infecciones, enfermedades cardiovasculares, estrés y depresiones, también lo es que una actitud de capacidad de encajar estos golpes hará que como las abejas extraen miel del tomillo, las personas sensibles suelen sacar ventajas y provecho de las circunstancias más adversas. A la larga, transforman las dificultades en oportunidades. No dependen de las circunstancias, sino que sean las que sean también en las experiencias de su infancia, etc., son arquitectos de su propio destino. Su optimismo vital les hace crecer ante el desafío cuando otros se achican y pierden el equilibrio interior, de los limones (amarguras de la vida) saben hacer limonada, están abiertos a la esperanza.

La resiliencia no es absoluta ni se adquiere de una vez para siempre, es una capacidad que resulta de un proceso dinámico y evolutivo que varía según las circunstancias, se sitúa en este contexto de psicología positiva. La gente agradecida valora lo que tiene, lo sabe valorar y es feliz aunque tenga menos, muchas veces el que tiene más cosas no vive, pensando en las que aún le “faltan”…

Además, si uno tiene fe, sabe que Dios nos ama y que no permitiría nada malo si no sabe sacar de aquello algo mejor, que todo es para bien, en el sentido de que Dios reconduce todo hacia nuestro bien, entonces, al saber que lo mejor siempre está por llegar, se puede luchar de manera mucho más profunda en este sentido positivo de la vida, y concretarlo en el aprendizaje de la resiliencia.

Llucià Pou Sabaté

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Masturbación

Por masturbación vamos a entender “la excitación voluntaria de los órganos genitales a fin de obtener un placer venéreo”, incluso sin llegar al orgasmo.

El fenómeno de la masturbación es común o frecuente desde el punto de vista estadístico, por lo que en muchos libros científicos se dice que es normal, pero esto no quiere decir que sea algo propio de la naturaleza humana. La masturbación suele tener el significado de fenómeno sustitutivo, intentando satisfacer así sus estímulos sexuales. Desde el punto de vista médico, generalmente no tiene consecuencias físicas, sin embargo debido a la angustia o ansiedad que se presenta en algunas de las personas que la practican se ha comprobado que pueden presentar algunos síntomas o malestares que si tienen repercusiones físicas, como eyaculación precoz, impotencia o frigidez, entre otros. Algunos psicólogos señalan que cuando la masturbación se convierte en un hábito tiene algunos riesgos como: el riesgo de quedarse en un estadio narcisista, excesiva genitalización del sexo, utilizarlo como evasión. Aclarando que es una acción desordenada, ya que al ser un acto individual y egocéntrico no corresponde a los requisitos de la sexualidad humana.

La masturbación genera en la persona una sexualidad egocéntrica, si la persona se masturba frecuentemente, disminuye su incentivo para salir al exterior, es decir, va perdiendo habilidad para relacionarse con otros y de diálogo. Se le llama también vicio solitario. Es un vicio que se adquiere y llega a ser esclavizante. Produce seres replegados sobre sí mismos. Daña el carácter, conlleva distracción de espíritu, inconstancia, apatía, complejo de culpa, sentimiento de derrota y debilita la voluntad. Puede incluso llevar a una obsesión erótica, a estar pensando y deseando lo sensual, y esto va llenando a la persona de un amargo sentimiento de insatisfacción y de vacío; además se va volviendo una persona cada vez más egoísta, encerrada dentro de sí misma en una sensación de fracaso e incapacidad para dominar sus instintos sensuales.

Desde el punto de vista psicológico podemos decir que no todo tipo de masturbación está dentro de las mismas circunstancias, podemos decir que hay diferencias en:

a) Para conocer su cuerpo: En la Adolescencia, sobre todo en varones después de presentarse la polución. Psicológicamente no pasa nada. Y es por corto tiempo.

b) Por Ansiedad: Bajo estrés, presión, exceso de estímulos visuales, ante pérdida afectiva.

c) Por Angustia y Baja Autoestima.

d) Por un trastorno psicológico que en realidad la masturbación es el síntoma y no el problema. Como en el caso de las parafilias.

Para poder evaluar la responsabilidad moral de una persona que se masturba es necesario confirmar varias cosas: “…Prescindiendo de hablar de los actos patológicos o de condiciones particulares de neurolabilidad, que pueden subjetivamente disminuir la imputabilidad,… resulta un comportamiento egocéntrico y contrario al sentido propio de la sexualidad, y por tanto ilícito.”

“Para emitir un juicio justo sobre la responsabilidad moral de los sujetos y para orientar la acción pastoral, ha de tenerse en cuenta la inmadurez afectiva, la fuerza de los hábitos contraídos, el estado de angustia u otros factores psíquicos o sociales que pueden atenuar o tal vez reducir al mínimo la culpabilidad moral.”

Podemos decir que “la psicología de quien se masturba es muy semejante a la del drogadicto… es una droga sensual.”

fuente: www.almas.com.mx

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¿Somos homofóbicos los cristianos católicos?

Pbro.  Lic.  Luis Alfonso Rebolledo Alcocer

Existe un adagio que reza así: Jesús fue misericordioso con el pecador, pero intransigente con el pecado. De hecho, en la cita del Evangelio de Juan 8, 1-11, en el encuentro con la mujer adúltera, el Señor le manifiesta su amor, misericordia, perdón. Él no la juzga y mucho menos la condena. Ella no es el mal, pues esa mujer es amada por el Señor. Sin embargo, la perícopa del texto termina así:

“Incorporándose Jesús le dijo: « Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? » Ella respondió: « Nadie, Señor. » Jesús le dijo: « Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más” (Jn 8, 10-11).

Ahora bien, ¿de dónde viene ese “no peques más”? ¿A qué pecado se refiere? Evidentemente al de adulterio, el cual estaba claramente prohibido por el Decálogo: “No cometerás adulterio” (Ex 20, 14). Jesús es todo amor y dulzura con la mujer, pero le exige corresponder a su amor renunciando al pecado de “adulterio”. De tal manera que el amor no contradice la intransigencia contra el pecado, porque el pecado esclaviza al hombre y a la mujer. Es precisamente por amor auténtico a los hombres, que el Señor exige el rompimiento con el mal.

El Señor es exigente con sus discípulos. No les pide que intenten la perfección, sino que la alcancen:

“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48).

La perfección es lo que la Iglesia llama santidad. Todos estamos llamados a la santidad, no a la mediocridad. Es obvio que dicha perfección es un camino de toda la vida, en la cual debemos todos esforzarnos. Todos tenemos debilidades pero estamos llamados a vencerlas. Si caemos no es para quedarnos postrados, sino para levantarnos.

Ahora bien, el pecado se refiere a los actos contrarios a la naturaleza y dignidad de los seres humanos. No es humano pecar, sino inhumano, porque contradice la naturaleza que Dios nos dio. El pecado no nos hace más hombres sino menos hombres, pues nos esclaviza a nuestras pasiones y deseos desordenados. Pero fijémonos, el pecado es el acto, no la tendencia. El pecado no es “sentir” sino “consentir”. Trataré de explicarme mejor.

Las tendencias pueden ser ordenadas o desordenadas. Las tendencias ordenadas son aquellas que apuntan hacia la perfección del hombre, que están en armonía con su biología, su psicología y en vistas a su unión con Dios. Las tendencias desordenadas, en cambio apuntan al desequilibrio, contradiciendo lo ordenado por la naturaleza y por Dios. Dejarse llevar por las tendencias ordenadas lleva al hombre a la virtud, mientras que dejarse llevar por las tendencias desordenadas, llevan al ser humano al pecado. Y todo pecado destruye, tarde o temprano al hombre.

Esta distinción es importante, porque las tendencias (aún las desordenadas) anteceden a los actos. Todos los seres humanos, que nacimos con el pecado original, acarreamos a los largo de nuestras vidas tendencias ordenadas pero también desordenadas. Mientras vamos creciendo en nuestro autoconocimiento, vamos palpando con mayor nitidez nuestras fortalezas (tendencias ordenadas) como nuestras debilidades (tendencias desordenadas). Estas tendencias desordenadas a unos se les manifiesta en su carácter, en su tendencia a a la vanidad, en un “amor” desordenado al dinero, en la misma orientación sexual. Incluso los heterosexuales pueden manifestar tendencias desordenadas en su vida sexual, como la tendencia a lo pornográfico, la incontinencia sexual, etc. Sin embargo, los hombres tenemos libertad, libre albedrío. Nosotros decidimos lo que hacemos, no nuestras tendencias. Por eso somos responsables de lo que hacemos, no d elo que sentimos. Las tendencias nunca deben dominar al ser humano, sino su razón.  En virtud del libre albedrío, los hombres podemos trascender nuestras tendencias desordenadas, ordenándolas en los actos hacia un fin sobrenatural.

Un hombre que es irascible, por ejemplo, experimenta en su ser una tendencia desordenada. Está llamado a dominar esa tendencia que le acompañará toda la vida, pero puede orientar su ímpetu hacia algo bueno y positivo. Así lo hicieron grandes santos, como San Pablo o San Ignacio de Loyola, canalizando su pasión hacia el Reino. El carácter y temperamento de estos hombres se dirigieron hacia un fin superior, porque tuvieron el coraje de subordinar su ímpetu hacia el Evangelio de Jesucristo. Jesús ama al violento pero es intransigente con la violencia.

Un alcohólico anónimo, por poner otro ejemplo, reconoce que siempre tendrá la tendencia a beber desordenadamente. Sin embargo en virtud de su libertad, es capaz de trascender esa tendencia desordenada y orientarla hacia una vida sobria. Jesús ama al alcohólico, pero es intransigente con el alcoholismo.

Así, la tendencia homosexual, como atracción sexual hacia una persona del mismo sexo, no es pecado, pues antecede la decisión del individuo. La tendencia homosexual, sin embargo, en cuanto tendencia lo es en sentido desordenado ¿por qué? Porque está dirigida hacia un acto que es contrario a la finalidad de la sexualidad. De hecho, la sexualidad está ordenada al amor conyugal del hombre y la mujer, en la complementariedad de los sexos. Esto es evidente tomando en cuenta la simple constitución anatómica de los individuos (creo que no hay que ser más explícitos). Por lo tanto el acto homosexual es contrario a la naturaleza misma del acto sexual. Entre las personas homosexuales no hay complementariedad física ni están orientados hacia la generación de la vida. El acto homosexual es contrario a la naturaleza humana, contrario a la Ley Natural, contrario a la Ley de Dios. Y esto es verdad objetiva, no lo podemos negar ni cambiar en virtud de una “misericordia” mal entendida, basada en meros sentimientos al margen del dictamen de la razón.

Por lo tanto hay que distinguir entre el acto homosexual y el hombre o mujer con tendencia homosexual. La Iglesia Católica enseña que:

“Un número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales instintivas. No eligen su condición homosexual; ésta contribuye para la mayoría una auténtica prueba” (Catic 2358).

Para que un acto sea pecado es necesario consentir el acto. Las personas con tendencia homosexual no consintieron su tendencia, por lo tanto, no pecan por sentir esa atracción. Pero el Catecismo continúa diciendo:

“Deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta” (Catic 2358)

Por lo tanto, es contrario a la enseñanza auténtica de la Iglesia discriminar a las personas con tendencia homosexual, sino que, por al contrario, estamos llamados a amar a estos hombres y mujeres con amor misericordioso. Ellos necesitan sentirse queridos y respetados por nosotros, pues llevan sobre sus hombros un gran peso. Ante esto el catecismo continúa diciendo:

“Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si  son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz  del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición” (Catic 2358)

Es decir: las personas con tendencia homosexual pueden ser santos. No están condenados por su tendencia, sino al contrario, esa tendencia puede ser su pase al Cielo, si aprenden a no dejarse dominar por ella. Una persona con tendencia homosexual no está obligada, no está condicionada ni determinada a realizar actos homosexuales. No es un títere manejado por sus impulsos, sino un ser humano llamado a la perfección cristiana como cualquier hijo de Dios. la persona con tendencia homosexual puede vivir una vida casta, recta y ordenada. De hecho, esa es la exhortación que hace la Iglesia a esos hombres y mujeres:

“Las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana” (Catic 2359)

Ahora bien, este número puede parecer duro para las personas homosexuales. Pero si le quitamos al párrafo arriba citado la palabra “homosexuales” nos daremos cuesta que esa exigencia es para todos, veamos:

“Las personas…están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana”

Así pues, todos estamos llamados a la castidad, inclusive los casados los casados. Pero ¿qué es la castidad?

“Castidad es la integración lograda de la sexualidad de la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual…la virtud de la castidad, por tanto, entraña la integridad de la persona y la totalidad del don” (Catic 2337).

“El hombre, de hecho, logra esta dignidad, cuando, liberándose de toda esclavitud de las pasiones, persigue su fin en la libre elección del bien y se procura con eficacia y habilidad los medios adecuados” (Catic 2339).

“Las personas casadas son llamadas a vivir la castidad conyugal” (Catic 2349).

Esta última, exige de los esposos fidelidad. Esa fidelidad no aniquila la tendencia sexual del cónyuge hacia otra persona, ya que por amor a su esposo (a) está llamado a no dejarse dominar por una tendencia natural que le llevaría a la infidelidad, ya la destrucción de su matrimonio y familia. ¡Cuántos dramas familiares no conocemos por la falta de castidad de alguno de los cónyuges! La castidad es vivir ordenadamente la sexualidad.

Así las cosas, queda claro que las personas homosexuales nunca son condenadas por la Iglesia. La Iglesia, fiel a la enseñanza de la Sagrada Escritura enseña a amar a todos los hombres. Pero siguiendo el ejemplo de Jesús, también es intransigente con el pecado. Nunca se condena al pecador, pero sí se denuncia el pecado. Y se condena al pecado por amor al hombre, uien está llamado a la perfección, a la santidad, a no ser esclavizado por ninguna tendencia. Eso es la auténtica libertad.

El acto homosexual sí es pecaminoso. La tendencia no en cuanto que ésta no se elige, en cambio el acto sí. Sigue en pie lo que enseña el Apóstol pablo:

“¿No sabéis acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios. Y tales fuisteis algunos de vosotros. Pero habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor 6, 9-11).

Sin embargo, no seamos ingenuos. Pablo no se refiere a personas con tendencias, sino a los que practican la idolatría, el adulterio, la homosexualidad, etc. De hecho, cuando afirma que algunos de los cristianos corintios habían practicado esos pecados, nos hace pensar que su tendencia permanecía, pero sus acciones cambiaron. Pablo al ser consciente que esas tendencias aún existen, no duda en exhortar a la fidelidad al Evangelio.

Los hombres deciden lo que hacen, las tendencias no. Uno decide si se deja dominar por una tendencia o crece en la auténtica libertad dominando y orientando las tendencias. La Iglesia, como Jesucristo está llamada a ser misericordiosa con el homosexual, pero intransigente con la homosexualidad, que esclaviza a tantos hombres y mujeres llamados a la alegría plenamente cristiana. Somos más de lo que sentimos, somos lo que decidimos.

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Aprender a Vivir

Atrapados por la modernidad la familia vive hoy momentos cada vez más difíciles y muy especialmente en lo relativo a las relaciones familiares que el padre y la madre sostienen con sus hijos adolescentes y jóvenes, donde la base fundamental es la convivencia, los valores vivenciados en la familia por los cónyuges, la vida fraternal en un marco de mucha comunicación, yo diría que una comunicación sin límite, desde los hechos más triviales hasta la intimidad, cosa que no resulta nada fácil de llevar al cabo.

 

Hace unos días un matrimonio se acercó a mí para comentarme que hace ya varias semanas su hija universitaria estaba manteniendo relaciones amistosas con una chica, también universitaria y que estaba cambiando sus hábitos familiares de buena y sana convivencia.  La chica ha cambiado mucho, se ha vuelto silenciosa, cuida celosamente su celular, habla casi en secreto cuando recibe una llamada y se separa de la familia para responder un mensaje, no comenta nada y se pone muy nerviosa cuando le preguntan por su amiga, no dice a dónde va y el hogar se ha convertido en dormitorio y lugar para asearse, entra y sale sin decir a dónde va, se siente molesta y agresiva cuando le piden sus padres que los tome en cuenta, que comparta con ellos sus aventuras juveniles.

 

Cuando la conducta de un hijo cambia de manera radial, todos perdemos la confianza y las relaciones familiares que habían mantenido la unidad y la confianza familiar centrada en la comunicación y los valores se ven desquebrajados y entra en una etapa de ansiedad y angustia familiar.  Hoy uno de los problemas contemporáneos que está enfrentando la familia es verse atacada en sus valores y la forma sutil de amistad de personas que inducen a nuestros hijos con mil artimañas hacia otros caminos que rompen la identidad y desubican a los jóvenes.

 

Esta extraordinaria chica, estudiante universitaria, de magníficas calificaciones y un comportamiento sano y positivo, muy cercana a sus padres, está siendo atrapada por otra chica ocultamente lesbiana, o como se dice hoy, con preferencias sexuales distintas, quienes esconden sus preferencias sexuales disfrazadas de amistad y mucha comprensión hacia las chicas que atraen su interés, dándoles afecto y atrapándolas en un comportamiento muy liberal frente a una sociedad impositiva que no permite, según ella expresar libremente sus sentimientos homosexuales, como arañas tejen una enredadera afectiva en las chicas hasta atraparlas, hacerlas dependientes de sus criterios y separándolas de sus familias.  Por otra parte la víctima, sin darse cuenta, pero sintiéndose muy rara y confusa no es capaz de abrir su corazón y sus sentimientos a sus padres, ocultando así la relación en la que está a punto de perder su identidad sexual y caer en las garras de la homosexualidad, disfrazada de amistad y rompiendo así todos los vínculos de sinceridad y confianza que los padres construyeron desde su más tierna infancia.

 

Como padres tenemos la obligación de no creer, de vigilar, de desconfiar y cuidar la integridad de nuestros hijos e hijas de este desastroso mal que cada día cobra más víctimas inocentes y llena de sufrimiento y dolor a toda la familia y a la sociedad, no nos hagamos de la vista gorda, no seamos complacientes ni tengamos miedo, abramos los ojos y cuidemos que las amistades de nuestros hijos e hijas mantengan la distancia emocional, afectiva, corporal y moral.  No guardemos silencio, busquemos ayuda y orientación para ayudar a nuestros hijos y evitar sí grandes dolores.

Rodolfo G. Huerta.

 

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La Voz de Dios

¿Lo escuchas? Pon atención…estás enfrente del mar, las olas hacen un sonido muy peculiar, continuo, rítmico; las hojas de los árboles o las palmeras al moverse también encuentran eco al contacto con el viento; el viento al revolotear las hojas caídas emiten un sonido inconfundible; si estás enfrente de una montaña aguza el oído, podrás escuchar cómo caen algunas ramas, la fuerza del viento se manifiesta… y si llueve, las gotas al caer si son tenues o recias nos dan una idea de cuánto tiempo se prolongará la tormenta, ¿escuchas los truenos?, todo esto es el sonido de la vida, la voz de Dios.

En la naturaleza todo tiene un propósito, el cielo, las plantas, los ríos, mares o animales no son sólo adornos, son formas de vida que nos atraen y nos hacen sentir la presencia de Dios, ¿quién al mirar una hermosa puesta de sol desde nuestras hermosas playas no puede menos que agradecer al Creador tanta belleza?

Hace unas semanas en la comunidad de San Manuel, municipio de Popolnah, pudimos ser testigos de cómo unos niños con toda la sencillez de sus escasos años se admiraban de la Creación, ¿la escena?  Recostados ambos para mirar el cielo, en el pequeñísimo atrio de su capilla mientras sus padres estaban dentro, eran las 8 de la noche y su diálogo era simple: ¿oyes ese ruido?, ¿qué será?, ¿una lechuza?, ¡mira, allí arriba! –en tanto apuntaba al cielo con su dedito- ¡cuántas estrellas!…  Y ¡la luna, está enorme!… con preguntas o afirmaciones parecidas siguió la conversación y al final uno le pregunta al otro ¿cómo te llamas?

La maravilla de filosofar no es ajena a ninguna persona, ni tampoco exige de estudios previos para comprender el entorno, basta la sensibilidad, tener los ojos bien abiertos para mirar la verdad que se descubre ante nosotros.

El admirarse de lo que está a nuestro alrededor nos lleva a reflexionar ¿cómo es que está allí si nosotros no lo hemos hecho?, además no sólo está sino que tiene un orden natural infalible, la luna sale siempre por las noches, el sol en el día, los árboles crecen con las raíces hacia abajo, cuanto más profundas, árboles más firmes y robustos, la lluvia proviene siempre de las nubes, las montañas siempre miran al cielo y un largo etcétera de cosas que independientemente del lugar en dónde nos encontremos siempre se dan de igual forma.

¿Quién pues es el que da la vida?  Dios.  La respuesta es simple y categórica, no somos sólo el producto casual y sin sentido de la evolución.

¿Te has preguntado alguna vez cuál es la razón de tu existencia?  Si todo lo que nos rodea tiene un propósito, ¡cuánto más el ser humano!

El hombre tiene algo que lo distingue del resto de la creación, su capacidad de amar, pues ha sido hecho a imagen y semejanza de Dios.

Nuestro principal propósito en la vida es justamente ese: amar.

Por el amor hombre y mujer se unen y son co-creadores con Dios para una nueva vida, así nacen los padres, los abuelos y hermanos en una comunidad dónde somos amados y aprendemos a amar.  Nuestra vida deja huella, es trascendental y nuestras acciones y decisiones tienen efectos en nosotros y en los que nos rodean, por ello es importante que nuestras decisiones sean correctas y estén encaminadas al bien común.

La vida es un derecho, que se goza cuando nacemos, y que se protege desde antes de nacer.  La maternidad es un bello proceso que siempre debe involucrar al hombre, vivir la paternidad y acompañar a la mujer en el embarazo es una responsabilidad que además fortalece el vínculo que le da verdadero significado a la unión, no es un asunto “únicamente” de la mujer cómo se nos quiere hacer creer, cuando se oye hablar del “derecho a decidir”.

La vida, el don más preciado que cualquiera puede tener no es propiedad de ninguna persona, nadie puede disponer de la vida de otro.

Escuchemos la voz de Dios…que se manifiesta siempre que queramos oír, ya sea cuando escuchemos la naturaleza o bien a través de la infantil voz de dos pequeños que son capaces de admirarse con la vida que está a nuestro alrededor.

Por Ivette Laviada

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