Todo el trabajo que la Iglesia hace para anunciar al mundo el Evangelio recibe el nombre de EVANGELIZACIÓN. En (EN14) se nos remarca que “la gracia” y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda es Evangelizar, ella existe para Evangelizar. Pero aunque la misión de evangelizar es única, sin embargo, los bautizados, Pueblo de Dios, desconocemos que en el “interior de la Iglesia hay tareas y actividades diversas” (RM31) para llevar a cabo esa Evangelización.
Las diferencias en cuanto a la Misión de la Iglesia, nacen de las diversas circunstancias en las que éstas se desarrollan; por eso es que se comprende la necesidad de una “Misión Ad Gentes” (Hacía las gentes) más allá de nuestro territorio parroquial y Diocesano dónde aún la Iglesia no se ha hecho presente. Así como “La Actividad o Atención Pastoral” (misión Ad Intra) que tiende a formar a las personas y Comunidades ya establecidas. Esto nos hace descubrir que es impensable crear barreras entre la Pastoral y la misión Ad gentes (RM 34).
Si leemos el Evangelio de Marcos, nos encontramos como mandato final de Jesucristo con estas palabras: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. (Mc 16,15). Un mandamiento que entraña una grave obligación, porque la salvación la ha condicionado Dios a la fe y al bautismo, ya que sigue diciendo Jesús: El que crea y se bautice, se salvará; pero el que se resista a creer, se condenará.
Por lo mismo, la Iglesia se encuentra ante un deber ineludible: evangelizar. La predicación del Evangelio, la Fe y el Bautismo están de tal manera entrelazada que no se pueden separar. Sin predicación, no hay fe; sin fe no hay bautismo; sin bautismo no hay salvación.
¿Qué debe hacer entonces la Iglesia, qué debe hacer cada comunidad cristiana, qué debe hacer cada bautizado? Ser instrumentos fieles en la mano de Jesucristo para llevar a todos el misterio de la salvación, continuando la misión que el mismo Jesucristo trajo al mundo recibido del Padre, y para la cual lo llenó el Espíritu Santo.
Nos queda claro entonces, por qué hay que asumir conscientemente el llamado que la Iglesia nos hace, de ser DISCIPULOS – MISIONEROS? Es el Señor quien elige y llama a los discípulos, no por sus cualidades personales, ni siquiera las morales. Es la gratuidad de su elección la razón de nuestra presencia aquí en la comunidad eclesial. Ser discípulo es un don de Dios, que consiste no sólo en aceptar una doctrina, sino en adherir a la Persona de Jesús, e incorporarse por Él a la obediencia filial al Padre y a la docilidad al Espíritu Santo (cf. Heb 5,8-10), porque en la revelación, “Dios invisible, movido por el amor, habla a los hombres como amigos, trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía” (Dei Verbum, 2).
El discípulo misionero ha de ser un hombre o una mujer que hace visible el amor misericordioso del Padre, especialmente a los pobres y pecadores.
Jesús Al llamar a los suyos para que lo sigan, les da un encargo muy preciso: anunciar el evangelio del Reino a todas las naciones (cf. Mt 28, 19; Lc 24, 46-48). Por esto, todo discípulo es misionero, pues Jesús lo hace partícipe de su misión al mismo tiempo que lo vincula a Él como amigo y hermano. De esta manera, como Él es testigo del misterio del Padre, así los discípulos son testigos de la muerte y resurrección del Señor hasta que Él vuelva. Cumplir este encargo no es una tarea opcional, sino parte integrante de la identidad cristiana, porqué… O VAS O ENVIAS O AYUDAS A ENVIAR.
Por Pbro. José Fco. Basto Aguilar, Director Diocesano de OMPE
Comisión Diocesana De Animación Misionera
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