Aprender a Vivir (156)

Hace unos días cruzó por mi camino un padre muy preocupado por la relación que tiene con sus dos hijas y un hijo en edades adolescentes y juveniles: – ya no sé cómo hacerle, no me hacen caso, creo que he perdido la autoridad, su mamá no me apoya en lo que digo, me siento muy mal por lo que está pasando en mi familia,- dijo el hombre consternado.

He aquí algunas consideraciones que los padres y madres debemos hacer  para reflexionar y tomar muy en serio el ejercicio y santo deber de ejercer la autoridad en la familia.  La autoridad es un servicio y para servir con autoridad es necesario tener un buen prestigio.  La autoridad se mantiene y se recobra por el prestigio y ¿cómo se tiene prestigio con los hijos?

La respuesta es sencilla, en términos generales.  El prestigio se tiene, sobre todo por el modo de ser, de comportarse, de convivir, de acompañar, de servir, ¡UY QUÉ CARÁCTER!  Con  mí papá no se puede hablar, o se enoja, o no te hace caso, o te quiere confesar, se mete en todo y al finar siempre me regaña.  Nada más nos dice qué hacer pero él no hace nada, es bueno para hablar pero no para hacer…

¿Qué tan  bueno es el prestigio que usted tiene como padre, como madre?

La reflexión es: ¿qué clase de prestigio tiene usted en la familia?  ¿Qué clase de prestigio le hace usted a su cónyuge?  Hemos de aprovechar cada momento de la vida familiar para ganar prestigio puesto que depende del prestigio que usted tenga con sus seres queridos para que se le reconozca la autoridad.

El gran servicio que los padres hacemos a los hijos con la autoridad se fundamenta en el prestigio que celosamente vamos construyendo, tejiendo  finamente en todas las actividades familiares y que los hijos van reconociendo como valor.  El papá visto como un hombre trabajador, nunca dice malas palabras, es muy comprensivo y exigente, siempre ha sido muy coherente en su actuar, hasta en las actividades más sencillas se gana prestigio, jugando, divirtiéndose, haciendo apostolado juntos, su seriedad en los asuntos familiares, las buenas relaciones con su cónyuge.

Si realmente deseamos cumplir con el servicio de la autoridad a los hijos, hemos de preocuparnos y ocuparnos por ganar prestigio; incorporando a nuestra vida mejores formas de ser, mejores conductas, mejores actitudes y poco a poco convertirnos en mejores padre, hombres y mujeres  prestigiosos espirituales, morales, sociales; lo que somos hace que ellos nos obedezcan, reconozcan nuestra autoridad como un servicio en bien de su vida.

Debe subrayarse aquí el papel de mutua ayuda entre los cónyuges.  Es doble: ayudarle al otro a ver sus aciertos y sus fallos en las diferentes características de autoridad-prestigio; aprovechar toda ocasión para fomentar el prestigio del otro cónyuge.  Esta potenciación de la autoridad del otro se puede hacer destacando, con naturalidad, un detalle del buen modo de proceder, etc., en esas conversaciones privadas con cada hijo, que debieran ser frecuentes.  De un modo sugerente: -“Te has fijado en …?  Y, de inmediato pasar a otra cosa.

Trabajemos diariamente en ganar prestigio con nuestros hijos y será más fácil ejercer la autoridad.

Por Rodolfo G. Huerta

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Aprender a Vivir

Atrapados por la modernidad la familia vive hoy momentos cada vez más difíciles y muy especialmente en lo relativo a las relaciones familiares que el padre y la madre sostienen con sus hijos adolescentes y jóvenes, donde la base fundamental es la convivencia, los valores vivenciados en la familia por los cónyuges, la vida fraternal en un marco de mucha comunicación, yo diría que una comunicación sin límite, desde los hechos más triviales hasta la intimidad, cosa que no resulta nada fácil de llevar al cabo.

 

Hace unos días un matrimonio se acercó a mí para comentarme que hace ya varias semanas su hija universitaria estaba manteniendo relaciones amistosas con una chica, también universitaria y que estaba cambiando sus hábitos familiares de buena y sana convivencia.  La chica ha cambiado mucho, se ha vuelto silenciosa, cuida celosamente su celular, habla casi en secreto cuando recibe una llamada y se separa de la familia para responder un mensaje, no comenta nada y se pone muy nerviosa cuando le preguntan por su amiga, no dice a dónde va y el hogar se ha convertido en dormitorio y lugar para asearse, entra y sale sin decir a dónde va, se siente molesta y agresiva cuando le piden sus padres que los tome en cuenta, que comparta con ellos sus aventuras juveniles.

 

Cuando la conducta de un hijo cambia de manera radial, todos perdemos la confianza y las relaciones familiares que habían mantenido la unidad y la confianza familiar centrada en la comunicación y los valores se ven desquebrajados y entra en una etapa de ansiedad y angustia familiar.  Hoy uno de los problemas contemporáneos que está enfrentando la familia es verse atacada en sus valores y la forma sutil de amistad de personas que inducen a nuestros hijos con mil artimañas hacia otros caminos que rompen la identidad y desubican a los jóvenes.

 

Esta extraordinaria chica, estudiante universitaria, de magníficas calificaciones y un comportamiento sano y positivo, muy cercana a sus padres, está siendo atrapada por otra chica ocultamente lesbiana, o como se dice hoy, con preferencias sexuales distintas, quienes esconden sus preferencias sexuales disfrazadas de amistad y mucha comprensión hacia las chicas que atraen su interés, dándoles afecto y atrapándolas en un comportamiento muy liberal frente a una sociedad impositiva que no permite, según ella expresar libremente sus sentimientos homosexuales, como arañas tejen una enredadera afectiva en las chicas hasta atraparlas, hacerlas dependientes de sus criterios y separándolas de sus familias.  Por otra parte la víctima, sin darse cuenta, pero sintiéndose muy rara y confusa no es capaz de abrir su corazón y sus sentimientos a sus padres, ocultando así la relación en la que está a punto de perder su identidad sexual y caer en las garras de la homosexualidad, disfrazada de amistad y rompiendo así todos los vínculos de sinceridad y confianza que los padres construyeron desde su más tierna infancia.

 

Como padres tenemos la obligación de no creer, de vigilar, de desconfiar y cuidar la integridad de nuestros hijos e hijas de este desastroso mal que cada día cobra más víctimas inocentes y llena de sufrimiento y dolor a toda la familia y a la sociedad, no nos hagamos de la vista gorda, no seamos complacientes ni tengamos miedo, abramos los ojos y cuidemos que las amistades de nuestros hijos e hijas mantengan la distancia emocional, afectiva, corporal y moral.  No guardemos silencio, busquemos ayuda y orientación para ayudar a nuestros hijos y evitar sí grandes dolores.

Rodolfo G. Huerta.

 

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